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21/11/2021 10:50 CET | Actualizado 21/11/2021 10:50 CET

El consentimiento psíquico del socialismo

“Hacer las cosas mejor” es, ante todo, una creencia en el progreso y el cambio como constantes históricas.

Reuters.
Cornel West.

Hace unas semanas asistí a un coloquio online dirigido por Cornel West, célebre teólogo y activista político estadounidense. Entre los invitados al evento, un economista crítico que ha impartido clases durante décadas en las universidades de Yale y Massachussets, Richard D. Wolf, al comentar las tendencias reformistas de las socialdemocracias que se están articulando a escala global, especialmente alrededor de la noción transversal de sostenibilidad, aludió a una sencilla denominación de lo que él entendía como el propósito del socialismo contemporáneo. El significante que construyó para distinguirlo fue el de “hacer las cosas mejor”.  

De modo que, dentro de la economía de mercado, el socialismo cumpliría con una función correctora, aunque luego esta quede sesgada por los oponentes como algo más o menos radical o revolucionario por atentar contra el sentido común hegemónico. No voy a entrar en una genealogía histórica de la ideología. Lo que llamó mi atención es el valor simbólico a la vez que ilusorio que contiene el mensaje de “hacer las cosas mejor”: un sostén que abre una posibilidad de ser-en-el-mundo tanto en nuestra conciencia como en el lenguaje del inconsciente. Así que ese modo de hablar acerca de unas ideas políticas se convierte en una forma de relación entre el principio de placer y el principio de realidad que estructura la manera que tenemos de funcionar en la sociedad. 

Como personas, parafraseando a Freud, la conducta y costumbres que asimilamos se orientan primariamente a la gestión del placer por un lado (lustprinzip) y del displacer por otro (realitätsprinzip). Este segundo elemento significa la evitación que aprendemos para no ser víctimas de todo aquello que nos causa dolor o que nos hace sufrir, pero también hay una renuncia, en el sentido de ser capaces de soportar los momentos de penuria cuando estos nos alcanzan. Y siempre lo hacen. 

El socialismo implica una pedagogía; por tanto, es el principio de realidad el que prevalece por definición (dado que lo que afirma es un tipo de adaptación al medio). En el movimiento que este logra producir en el juego de las emociones hay dada una lógica bien sencilla: uno debe estar dispuesto a sacrificar un parte del placer en el presente, recibiendo con ello más cantidad de displacer, a cambio de esperar en el futuro un plus por la porción de la que eres privado. Ahí yace una idea antigua: la esperanza. La diferencia entre el socialismo y la religión estriba en el momento de goce. En la segunda se espera que haya un sentido para la muerte, mientras que para el primero es la vida material quien asume la deuda contraída (el reino tiene que hacerse carne tantas veces como haga falta). De ahí que uno espere que, todavía estando vivo, finalmente recibirás lo que anhelas. La insatisfacción para estos casos, si no se cumple con las promesas, se propaga sin remisión como un fuego en el bosque. 

Entonces, ¿por qué hablo de consentimiento? Solo cabe que nos permitamos creer en aquello en lo que creemos. Hay una causa que nos lleva hasta la creencia. Y ese es un territorio menos conocido y familiar para la mentalidad política. La ciencia nos da un sentido seguro: la demostración de las cosas. Bajo ese andamiaje se entendería que todos los oprimidos deberían abrazar un tipo de ideología socialista como poco. Sin embargo, no es una ley absoluta que se cumpla para todos los supuestos, del mismo modo que personas de otras condiciones sociales se sienten atraídos hacia los valores humanistas que encarna este pensamiento. Iría más allá, pues incluso tanto aquellos que se consideran conservadores como agnósticos sufren pellizcos incómodos que les empujan a desinhibir sus deseos y conversar con su propio fantasma socialista (valdría decir también lo contrario). 

“Hacer las cosas mejor” es, ante todo, una creencia en el progreso y el cambio como constantes históricas. Por lo tanto, queda reconocido un peso o magnitud negativa: todo lo que se pierde por el camino y que se sabe que nunca se logrará recuperar ni alcanzar (pero en el fondo daría lo mismo pues igualmente se consiente que la creencia permanezca viva aunque no haya coherencia). El placer está ahí:  en poder soportar la realidad a la vez que se produce la sustracción. Una paradoja que no es fácil de digerir porque no permite una demostración exacta. La idea de sostenibilidad, por ejemplo, es una metáfora de esta relación psíquica en la que el principio de realidad parece que es el que domina la situación (los datos que avalan la necesidad de una transformación cultural y económica) pero, en realidad, continúa estando bajo la batuta del principio de placer, pues facilita que la renuncia siga reproduciéndose y con ello que el inconsciente colectivo obtenga un goce difícil de explicar: gozar por lo que no se logra y lo que siempre nos falta.

El socialismo de “hacer las cosas mejor” es un cifrado de esta contradicción que nos hace estar como estamos. Por ello, tiene que ver menos con lamentarse por las adversidades por las que el mundo nos hace pasar e intentar actuar para corregirlo, y bastante más con entender que hay algo útil tanto en la idea de esperanza como en la de renuncia: no para que el mundo funcione, sino para que no explote. La reelaboración final quedaría así: de consentir que las cosas no exploten.

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