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06/04/2020 14:50 CEST | Actualizado 06/04/2020 14:54 CEST

El día después

No podemos confiarnos ni caer en la ingenuidad de que, de manera natural, la sociedad post coronavirus será una sociedad más justa.

GABRIEL BOUYS via Getty Images
Silueta de una mujer con una máscara en Madrid. 

En 1983 se estrenó en Estados Unidos El día después, un largometraje de Nicholas Meyer que conmocionó al mundo entero. Fue la película más vista en televisión hasta esa fecha: más de cien millones de espectadores. Contó con toda crudeza y realismo las consecuencias sobre la población de una guerra nuclear entre las dos grandes potencias de aquella época, Estados Unidos y la Unión Soviética. Se prohibió verla a los niños, en Europa se estrenó en salas de cine y tuvo un impacto potentísimo sobre los gobernantes de aquel entonces, de tal manera que se afirma que los acuerdos de no proliferación de armas atómicas que se produjeron más tarde no hubiesen tenido lugar sin los efectos que esta película tuvo en determinados dirigentes de Estados Unidos. Hoy todo aquello forma parte de un pasado algo nebuloso, pero fue el clima en el que los niños de esa época nos criamos. La amenaza de una guerra nuclear total era una realidad con la que se tenía que convivir.

Hoy, cuando aún estamos en medio de la batalla sanitaria contra el COVID-19, se escucha insistentemente entre tertulianos variados, analistas e incluso en las reuniones de amigos -ahora a través de algún sistema de teleconferencia- que el mundo va a cambiar, que nada volverá a ser igual, que cuando volvamos a nuestra ‘vida normal’ todo será diferente, que aprenderemos la lección, que valoraremos más cuestiones como la sanidad pública, a los hombres y mujeres de determinados empleos u oficios hoy mal remunerados y poco considerados, pero que están siendo los héroes de esta pelea, que pondremos en otra escala de valor a la ciencia, la investigación y los científicos… En definitiva, que nuestro “día después” nos va a traer un mundo mejor que el que dejamos cuando nos recluimos en nuestras casas. Sin embargo, la historia nos enseña que esto puede ser así o no. 

Lo que suceda después, el mundo que construyamos luego, no será mejor de modo natural o por decantación. Tenemos buenos ejemplos de cómo tras grandes crisis mundiales, en realidad el mundo que nos encontramos luego fue mucho peor en términos de convivencia o de valores humanos que el que se pudo imaginar o desear por algunos cuando la crisis les golpeaba del modo más duro. Dicho de otro modo: nada nos garantiza un tiempo mejor. Dos ejemplos. El auge de los fascismos y totalitarismos en Europa de los años 30 del siglo XX fue, entre muchas otras cosas, una de las salidas posibles al mundo post Primera Guerra Mundial y post salida a la gran depresión tras el crack económico y financiero de 1929. Las sociedades occidentales pudieron andar hacia otros mundos posibles, aprender de los errores y abrir un tiempo nuevo y mejor y, en cierto modo, algunas lo hicieron, pero otras escogieron el peor de los caminos. Nuestros abuelos no eran menos inteligentes que nosotros, ni menos combativos con determinados posicionamientos, ni menos cultos, ni menos formados. No caigamos en simplificaciones. Sencillamente, el camino para gestionar una crisis social, económica y humanitaria tras un gran cataclismo puede deslizarse hacia posiciones ultraconservadoras y totalitarias a toda velocidad porque el temor, la incertidumbre y la caída de los paradigmas en los que hemos construido nuestra vida hacen que la reacción colectiva derive hacia soluciones que parecen sencillas, con discursos poco elaborados, que requieren poca reflexión y que conectan emocionalmente de un modo directo con el miedo atávico del ser humano a lo desconocido. Otro ejemplo más reciente fue la gestión del escenario que se derivó tras la crisis financiera del año 2008 ocasionada por la caída de Lehman Brothers. La mayoría de los analistas, politólogos y tertulianos diversos del momento vaticinaron, como ahora, que el mundo iba a cambiar, que lo haría en el sentido de que habríamos aprendido la lección y que la caída de Lehman Brothers que se pandemizó e hizo caer el sistema financiero internacional nos llevaría a un escenario en el que volveríamos a posiciones en las que la desregularización del mercado se entendería como un error. También al regreso de la intervención del Estado en la economía como un factor de garantía en el aseguramiento de control de los desmanes propios del capitalismo sin control y que, en ese escenario, los posicionamientos socialdemócratas se impondrían al ultraliberalismo que se había estado acomodando desde los años 80 en las economías mundiales. No obstante, la realidad fue otra muy distinta. La salida se zanjó con el sometimiento de las sociedades y economías más castigadas por la crisis a unas recetas totalmente alejadas de posibles teorías socialdemócratas o, sencillamente, posiciones de defensa del sector público y del estado del bienestar. Se profundizó en la precarización de los mercados laborales, se sometió a los países y a las administraciones públicas a un régimen de austeridad para salvar al sector financiero que destruyó los servicios públicos y dejó el estado del bienestar en el armazón y, por primera vez posiblemente desde los grandes cataclismos sociales y políticos del siglo XX, aparecieron en las sociedades occidentales trabajadores pobres. Se demonizó lo público. Sobraban administraciones, empleados públicos y representantes políticos. Paradójico que precisamente el adelgazamiento de lo público y la retirada del Estado del control del sistema financiero estuviera en el origen de la crisis, mientras al tiempo se le responsabilizaba de la misma y se le endosaban sus consecuencias. El escenario poscrisis, ‘El día después’ del crack financiero de 2008 nos trajo a Donald Trump, Boris Johnson, Salvini o Bolsonaro. Dejó un mundo sin el legado de Barack Obama o Lula da Silva. 

No podemos confiarnos ni caer en la ingenuidad de que, de manera natural, la sociedad post coronavirus será una sociedad más justa.

Vemos, por tanto, dos ejemplos de crisis profundas cuyas salidas, en un caso, derivaron hacia regímenes políticos totalitarios y un sistema de libertades inexistentes y, en otro caso, hacia un modelo social y económico que sometió a los más vulnerables a una tortura social cuyas consecuencias aún estamos pagando.

Por tanto, no podemos confiarnos ni caer en la ingenuidad de que, de manera natural, la sociedad post coronavirus será una sociedad más justa, con mejores recursos públicos para los sectores más vulnerables, con una sanidad pública mejor dotada o con una escala de valores diferente. Nada nos garantiza que eso pase, y es así por algo que resulta sencillo de explicar y que ya hemos visto en esas otras crisis en las que el mundo cambió a peor: en el modelo socioeconómico, el cambio no puede producirse sin una profunda revisión, sin resetear el sistema. Eso conlleva, necesariamente, un reparto diferente de la riqueza y de los recursos y, obviamente, un modelo donde la ciudadanía obtenga un mayor control de lo que pasa, algo que solo puede darse por medio del refortalecimiento de lo colectivo, es decir, de lo público. Y es justamente donde lo colectivo, lo público, se ha retirado donde se han generado los grandes negocios. En ese escenario, las élites financieras, las grandes corporaciones y los grupos de interés no solo tratarán de impedirlo, sino que jugarán duro para que el nuevo escenario no ponga en peligro todo un sistema que ahora consolida un statu quo que puede saltar por los aires si la ciudadanía termina por elegir un modelo de sociedad poscrisis distinto. Esas resistencias, de hecho, ya se están produciendo adelantándose a lo que pude suceder. Recordemos: el dinero siempre va por delante. Un ejemplo que explica bien esto lo tenemos en que, desde hace décadas, esos grandes intereses han logrado imponer su idea de que no solo lo público es menos eficiente que lo privado y que, por lo tanto, los Estados deben limitarse poco más que a vigilar fronteras e imprimir moneda, sino que han impuesto su idea de que un sistema de impuestos que redistribuya mejor la riqueza y garantice financiar unos servicios públicos como la sanidad con un mínimo de eficacia era un grave error, una especie de atraco a la ciudadanía. “El dinero mejor en los bolsillos de los ciudadanos”. Faltaba añadir la segunda parte: más en los de unos que en los de otros. 

Hoy vemos las consecuencias de la falta de recursos públicos y de la privatización masiva de determinados servicios en la gestión de esta crisis sanitara. Estas corporaciones, grupos de interés, etcétera poseen, además, herramientas muy potentes para hacer que su mensaje cale. Ya lo han hecho en el pasado. Un vistazo al panorama de algunos de los más importantes grupos de comunicación del mundo y quiénes son sus propietarios reales no nos deja muchas dudas al respecto. Esos mantras nos los han repetido una y otra vez hasta que las clases medias y trabajadoras lo terminaron por hacer suyo. Ese discurso hasta ahora ha triunfado y pelear contra él ha sido clamar en el desierto. Ha sido una idea sencilla e imbatible. 

Lo que nadie niega es que al final de la crisis sanitaria vendrá una crisis socioeconómica de una profundidad aún desconocida.

Pero ahora que una crisis como la del coronavirus ha demostrado con toda la crudeza que necesitamos más recursos públicos para tener una sanidad que no entre en colapso o para que nuestros científicos estén mejor dotados para investigar frente a amenazas como esta, el mantra comienza a desvanecerse. Los grandes intereses corporativos y financieros son muy conscientes de ello. Resulta obvio que, efectivamente, la ciudadanía puede salir de sus casas cuando acabe el confinamiento con la idea de que ese nuevo modelo social y la salida a la crisis que vendrá después del último contagio no puede volver a ser la de la austeridad, la precariedad y el desmantelamiento de lo público. Pero no, no será suficiente. En el “día después”, como siempre, las fuerzas sociales entrarán en conflicto. Dependerá de que la conciencia social de lo que ha pasado no decaiga cuando dejemos el confinamiento que efectivamente el tiempo que viene sea mejor y más justo. 

Lo mismo ocurre en cuanto al modelo político. Veremos cuánto ha cambiado y cuánto cambiará nuestra realidad cuando la pandemia esté controlada, pero lo que nadie niega es que al final de la crisis sanitaria vendrá una crisis socioeconómica de una profundidad aún desconocida. Por eso, ambos factores pueden ir unidos. De hecho, seguramente lo harán. El panorama después del huracán se avecina muy difícil y complicado. Nadie se atreve a decir por cuánto tiempo; es difícil saberlo. En el tiempo que nos lleve resetear el sistema, si es que esa es la salida que elegimos, habrá una gran parte de la población en una situación de enorme vulnerabilidad que alcanzará, además, a distintos sectores y niveles socioeconómicos. La incertidumbre será enorme, el caldo de cultivo perfecto para que, como en la época de entreguerras y de la Gran Depresión del siglo XX, las pulsiones de retrocesos en libertades se presenten como una salida razonable. Será, además, un escenario post pandemia en el que se corre el riesgo de que las democracias occidentales y sus ciudadanos decidan sacrificar libertades en aras de un mayor control que evite nuevas situaciones de riesgo sanitario en el futuro. En esto, la tecnología se va a presentar como un excelente aliado de quienes  defiendan un modelo político basado en más control y menos libertades. Será, además, un escenario propicio para extender un mensaje totalitario al más puro estilo. Por ello, también en este plano, en el de la elección del modelo sociopolítico, nada ni nadie nos garantiza que ‘El día después’, que ese tiempo nuevo sea un tiempo mejor. Dependerá de nosotros. 

 

Gustavo A. Matos Expósito es presidente del Parlamento de Canarias y presidente de la Conferencia de Asambleas Legislativas Regionales de la UE.

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