El dilema del prisionero en la pareja

La lucha de poder es un clásico en las relaciones, y no sólo en las de pareja.

Una de las cosas que más me gusta de esta profesión es que te obliga a viajar teniendo que hacer paradas en cada mirador, y contemplar el paisaje. Me explico:

Cuando viajamos, lo normal, es que queramos llegar cuanto antes a nuestro destino. Yo creo que esto es también un símil de cómo vivimos, sin pararnos a mirar, por falta de tiempo, de energía o simplemente de ganas.

El trabajo como terapeuta te obliga a tener que detenerte en muchas vidas. Y esto, es maravilloso.

Cuando digo que aprendo mucho de mis pacientes no es por postureo, ocurre que en consulta se dan muchas situaciones que te hacen pensar y plantearte cantidad de cosas (incluso de ti mismo/a).

Así fue el caso de Rosa y Manuel, dos personas que llegaron a mi consulta para hacer terapia de pareja, hace cosa de un año y cuya historia, con su permiso, te voy a contar.

La historia de Rosa y Manuel

Manuel y Rosa llegaron a mi consulta en cctubre del año pasado. Actualmente han aprendido a convivir y disfrutar de su relación, con sus más y sus menos, como cualquier otra pareja sana.

Sin embargo, no eran estas las condiciones en que se presentaron. Venían enfadados, muy enfadados. El uno con la otra, y la otra con el uno.

A veces en terapia los motivos por los que se acude no están del todo claros, o el paciente no sabe muy bien qué le sucede. Este no era el caso, ellos tenían perfectamente ubicado el problema: los celos.

La relación se encontraba inmersa en un continuo bucle de reproches, conductas de control, hipervigilancia, tensión y agresividad, y un largo étc. Ambos se habían conocido teniendo pareja, y pareciese que tras hacer finalizado sus anteriores relaciones y hubiesen decidido estar juntos, los dos hubiesen pensado: Si se lo hizo a su anterior pareja… ¿quién me dice que no me lo hará también a mí?

Aquella situación era insostenible, y me resultaba imposible poder tener una conversación de a tres medianamente cordial. De manera que decidí citarles de forma puntual, por separado.

“La lucha de poder es un clásico en las relaciones, y no sólo en las de pareja.”

Durante aquellas citas individuales con cada uno de ellos, les pregunté abiertamente: ¿quieres engañar a tu pareja?

Ambos me dijeron que no, y me resultó una respuesta muy sincera. Pero espera, lo mejor está por llegar:

Yo sabía, porque ambos lo habían revelado durante la primera sesión conjunta, que habían pillado a la otra parte teniendo alguna conversación por Whatsapp, susceptible de ser sospechosa de engaño. De modo que les pregunté por estas conversaciones y que significado tenían, si sobre el papel no decían tener deseo de engañar a su pareja.

Tanto Rosa como Manuel me dieron una respuesta muy similar, y era algo así: Yo no quiero hacerlo, pero si él/ella me engaña, yo no me voy a quedar atrás.

En la siguiente sesión decidí hacer con ellos un juego que se llama El dilema del prisionero.

El dilema del prisionero plantea una problemática, dentro de lo que en psicología social se llama, la teoría de juegos.

Se plantea una situación hipotética donde la policía ha arrestado a dos sospechosos por un crimen. La policía no sabe a ciencia cierta quién de los dos ha sido el asesino, de manera que les propone un trato:

  • Si ambos confiesan, los dos irán 6 años a la cárcel.
  • Si uno confiesa pero el otro se declara inocente, el culpable irá 10 años a la cárcel y el otro saldrá libre.
  • Si ambos se declaran inocentes, ambos irán a la cárcel un solo año.

Cada una de las partes debe jugársela y dar una respuesta sin poder hablar con él otro. Si hemos entendido bien el juego, si ambas partes deciden confiar y cooperar, pueden minimizar los riesgos. Si por el contrario, desconfían de su compañero/a, lo más probable es que intenten salvarse a sí mismos.

La respuesta al juego

Ellos eligieron declararse inocentes ambos e ir, por tanto, un año a la cárcel. Sin embargo, la respuesta al ejercicio es lo de menos.

No tuve ni que construir una moraleja del mismo, ambos entendieron perfectamente que en su relación no estaban cooperando, sino compitiendo. Recuerdo perfectamente cómo entendieron lo que tenían que responder, y lo realmente importante, que no estaban siendo capaces de hacerlo en la vida real. Lo supe por sus rostros llenos de vergüenza.

La lucha de poder es un clásico en las relaciones, y no sólo en las de pareja. Es quizás la forma de vínculo patológico que con más frecuencia me encuentro cuando evalúo por qué una relación no funciona bien.

“Ellos eligieron declararse inocentes ambos e ir, por tanto, un año a la cárcel.”

El miedo a perder y el miedo a la traición hace que saquemos el animal que llevamos dentro, que quiere por todos los medios, marcar su territorio. Es natural y primitivo, por eso yo no me atrevería a culparles de su reacción inicial.

Sin embargo, si algo nos diferencia respecto al mundo animal, es la capacidad para educar a nuestro instinto.

Ese instinto que nos lleva a competir en vez de colaborar y compartir. Que nos convierte, como les pasaba a Rosa y Manuel, en prisioneros de nuestra propia relación.

Si tuviese que dar una idea rápida de qué convierte una relación en patológica, diría que es aquella donde alguno de los miembros, sino los dos, no contempla la idea de que la mejor manera de retener a la otra persona a su lado es hacerla crecer.

Si dar alas supone perder, es algo que no funciona bien.