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24/10/2020 10:41 CEST | Actualizado 24/10/2020 10:41 CEST

El estado del mercado del arte... ¿muerte y destrucción?

De entre los artistas sufrirán especialmente los más jóvenes, porque en épocas de crisis el mercado se vuelve conservador.

Manu Villena

No hay nada más democrático que el pánico. Es una sensación que nos hace iguales y nos convierte en masa, como tan bien describiese Canetti. El pánico justifica todo y es transversal, es decir, todos podemos usarlo como excusa, desde la cumbre de la pirámide social a la base, y estamos sumidos ahora mismo en el pánico global de una pandemia que está colocando términos de la historia económica como “depresión” sobre capas y capas de incertidumbre.

Todos los sectores de la economía hemos reaccionado de la misma manera, pero el nuestro se precipitó anunciando el futuro. Recuerdo, al inicio de la pandemia, una oleada de críticos visionarios adelantando el fin de una época, delimitado por el colapso de las ferias de arte. Era un tren al que subir por muchas razones. La primera era que el pánico era aún más intenso que hoy, luego estaba el hecho de que las ferias se fueron cancelando en cascada y, finalmente, somos un sector proclive a abrazar el Apocalipsis. Sobre estos tres pilares se difundió la idea de que el mercado del arte estaba, poco más o menos, acabado.

Las ferias empezaron a hacerse online, una forma de salvar los muebles en la que no creo. La compra de una obra de arte es una experiencia que va mucho más allá del hecho de la posesión física, hay un fuerte componente lacaniano en la gestión del deseo por conseguir una obra de arte que no se puede satisfacer en las redes. 

No van a desaparecer, pero no todas podrán sobrevivir. De las 220 citadas arriba no serán competitivas ni la mitad, pero eso no aniquilará el sistema, hará más fuertes a las que queden.

El primer error, desde mi punto de vista, de los visionarios apocalípticos es considerar que el mercado del arte son únicamente las ferias. Desde ese punto de vista reduccionista, ciñéndonos a las cifras, podríamos pensar que todo se juega en las subastas, pero tampoco es así. Las ferias han visto un auge inaudito, pasando de 68 a 220 en diez años según las cifras de la crítico (y promotora ferial) Elizabeth Dee. Es un dato espectacular que deja ver cómo las estructuras complejas y poderosas de una feria han capitalizado un flujo de obras de arte que no ha variado en una proporción semejante. Es decir, no han potenciado de una manera tan brutal las ventas, solo han canalizado esas operaciones. El resultado es diverso e interesante: las ferias, gracias a su componente social y mediático, han potenciado la visibilidad, legitimado a miles de artistas y reduciendo márgenes en las operaciones de las galerías. El resultado es beneficioso siempre y cuando se acuda a la feria adecuada, claro. Al igual que la pieza de Maurizio Cattelan The wrong Gallery, una puerta que no conduce a nada, también existe la feria equivocada, que no reporta ventas ni imagen. No todo es ARCO, Frieze o Art Basel, hay otros mundos, aunque estén en este.

El mercado en el año 2000 era distinto al de hoy. Pensemos que en aquellas fechas había en España no menos de 30 revistas de arte que sobrevivían de la publicidad. Las había sólidas y prestigiosas, como Lápiz o Exit, y luego una escala que llegaba a publicaciones más modestas, como Cavecanem, de la que fui editor junto a mi socia Carolina Parra. Todas encontrábamos mercado en la publicidad que daban las galerías, interesadas en mostrar determinada obra o potenciar a tal artista. Hoy eso no existe. Las galerías apenas pagamos publicidad y no pasan de diez las revistas de arte en España impresas en papel, casi todas en una situación complicada. Hoy se logra visibilidad a través de las redes. Primero fuimos a Facebook, luego a Twitter, hoy a Instagram y mañana a Tiktok. Y en las ferias, claro.

Hace diez años las ferias funcionaban. En todas se vendía, el mercado estaba en alza y las galerías peleábamos por estar presentes. Hoy no es así, el mercado se contrajo y se estabilizó, definiendo un perfil y un proceso diferente, pero la importancia de las ferias sigue siendo tal en el mercado que las galerías podemos llegar a querer estar presentes incluso no vendiendo o perdiendo dinero. Justificamos ese déficit con la visibilidad alcanzada, con el trabajo en red o con tal contacto. Es todo cierto, pero el que haya un río no significa que sigamos siempre su cauce, porque nos lleva al mar, y tal vez no queramos estar allí.

Esta pandemia, sumada a la crisis en la que seguimos sumidos, debería ser una ocasión para replantear los términos en los que se mueve el mercado, y habría que empezar por las ferias. 

De entre los artistas sufrirán especialmente los más jóvenes, porque en épocas de crisis el mercado se vuelve conservador.

No van a desaparecer, pero no todas podrán sobrevivir. De las 220 citadas arriba no serán competitivas ni la mitad, pero eso no aniquilará el sistema, hará más fuertes a las que queden. Es algo que va a ocurrir también a las galerías. Se va a producir una selección natural igual al resto de sectores productivos. Por mucho que amemos el arte y lo consideremos algo distinto (que lo es) estamos hablando de inercias económicas tan sencillas como el hecho de que las empresas que estuviesen tocadas antes de esta anunciada depresión no podrán durar mucho tiempo. El músculo financiero será definitivo pero también la capacidad de generar un nuevo modelo. La galería de arte no ha cambiado en más de dos siglos prácticamente en nada, más allá de que tenemos una ventana en Internet, un hecho no menor pero que no altera el proceso capitalista a pequeña escala que suele suponer una de nuestras empresas.

El nuevo contexto, si todo sigue así, estará compuesto por menos ferias, menos galerías pero más poderosas, menos coleccionistas pero más poderosos, los mismos museos y más artistas. Ellos van a ser los grandes perdedores de esta situación. Las galerías que puedan hacerlo cerrarán y la escena se contraerá dejando menos posibilidades para exponer y, en definitiva, vender arte. De entre los artistas sufrirán especialmente los más jóvenes, porque en épocas de crisis el mercado se vuelve conservador. Las grandes firmas seguirán siendo demandadas en galerías y subastas pero ni en unas ni en otras encontrarán fácilmente los emergentes espacio. 

La conclusión es que el futuro es gris, no negro, que hay un espacio entre apocalípticos e integrados, que todo va a ser más difícil pero también que es el momento de cambiar el sistema, de optimizar una estructura que necesita que seamos propositivos con el modelo de feria, de galería, de revista, incluso de artistas siempre en el contexto del mercado, no olvidemos que el arte y el mercado del arte son cosas distintas. Finalmente creo que, como sector, deberíamos lanzar un mensaje de solidez que no estamos transmitiendo en España. Vencer ese pánico para explicar que, si hemos resistido estos diez años resistiremos los siguientes y los que vengan después. 

NUEVOS TIEMPOS