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27/11/2020 13:50 CET | Actualizado 27/11/2020 13:50 CET

El factor tiempo

El machismo y su violencia están presentes en la sociedad de manera continuada e invisible.

artisteer via Getty Images

En el año 2013, la entonces directora de la OMS, Margaret Chan, afirmó que “la violencia de género es un problema de salud de dimensiones epidémicas”. Hoy ya sabemos lo que es una epidemia y una pandemia, pero una gran parte de la sociedad continúa sin saber lo que es la violencia de género y lo que significa.

Los dos elementos básicos que definen una pandemia son el territorio afectado y el tiempo en el que se produce esa afectación, un tiempo reducido que presenta el problema con una evolución aguda, y genera dificultades en la respuesta por el factor sorpresa que lo acompaña. 

La pandemia por la covid-19 ha afectado a día de hoy a unos 60 millones de personas, y la violencia de género en las relaciones de pareja, según la prevalencia dada por la OMS, en la actualidad afecta unos 70 millones de mujeres, solo en la pareja, sin contar otras formas de violencia de género como, por ejemplo, la mutilación genital femenina, con 200 millones de mujeres y niñas mutiladas y 3 millones de nuevos casos cada año, o los matrimonios forzados con más de 650 millones de casos en el momento actual.

Y lo terrible de la situación es que lo que define esta violencia, que es su presencia histórica, es considerado como un factor menos grave respecto a un problema que evoluciona de forma aguda, como sucede con la pandemia. Está claro que ese carácter sorpresivo es un factor de gravedad, pero lo es por la falta de respuesta, no por su significado, puesto que si hubiéramos tenido un tratamiento y una vacuna, el problema de la covid-19 se habría resuelto en poco tiempo.

No tiene sentido que ante una realidad tan grave y objetiva como la violencia de género la conciencia crítica de la sociedad sea tan baja

La presencia continuada de la violencia de género a largo de la historia debe ser tomada como un factor de mayor gravedad, puesto que demuestra la existencia de toda la injusticia social que ha creado el machismo, así como la connivencia y complicidad con ella por no haber hecho lo suficiente para erradicarla. Más bien ha ocurrido lo contrario, y siempre se han buscado argumentos para justificarla o minimizarla, como ahora ocurre con el “negacionismo”.

Un ejemplo de esta construcción es el bajo nivel crítico de la sociedad y el diferente posicionamiento de hombres y mujeres ante la violencia de género.

No tiene sentido que ante una realidad tan grave y objetiva como la violencia de género, con 1.074 mujeres asesinadas en 17 años y 37 niños y niñas en siete, con más de la mitad de las mujeres (57’3%) habiéndola sufrido junto al silencio y la invisibilidad, la conciencia crítica de la sociedad sea tan baja. En el barómetro del CIS de del mes de octubre el porcentaje de población que incluye la violencia de género entre los problemas graves tan sólo es del 0’6%. Y si nos acercamos a lo que ven hombres y mujeres comprobamos que es completamente diferente, pues sólo el 0’4% de los hombres la consideran entre los problemas graves, mientras que las mujeres lo hacen en el 0’8%. Es decir, el doble de mujeres la ven grave respecto a lo que perciben los hombres.

¿Es que los hombres no viven la misma realidad?, ¿es que la gravedad de los hechos sólo la miden por cómo les afecta a ellos?, ¿es que no ven tan grave que otros hombres maltraten para que todos mantengan sus privilegios?

El machismo y su violencia están presentes en la sociedad de manera continuada e invisible

Todo ello demuestra, una vez más, la construcción machista de la violencia de género y cómo son muchos los hombres que están detrás de ella, bien como beneficiarios directos o como receptores de sus consecuencias. Si no fuera así, habría muchos más hombres posicionados directamente en contra de ella y a favor de la igualdad, y habría más hombres que, aun sin posicionarse, verían la gravedad de una violencia que asesina cada año a 60 mujeres.

Cuando los problemas se caracterizan por la presencia continuada no hay distancia posible en la que refugiarse. En esas circunstancias la estrategia no puede ser aislarlos en los contextos particulares donde aparecen, porque cada uno de esos contextos solo es el lugar donde se presenta en un determinado momento, puesto que la causa está en todos lados, en cualquier lugar. 

Tenemos el ejemplo cercano con la pandemia y el virus de la covid-19, que se ha convertido en un elemento más de nuestra realidad. Ante la presencia continuada el abordaje debe ser global, reduciendo los factores de riesgo en distintos contextos, pero no limitándonos a ellos. Por dicha razón, la prevención pasa por esa triple recomendación basada en la distancia social, en el  lavado de manos ante el posible contacto con el virus, y en el uso de la mascarilla ante la posibilidad de que se pueda producir un contagio desde las fuentes de infección.

El machismo y su violencia está presente en la sociedad de manera continuada e invisible, y como no hay un elemento que sea capaz de acabar con él de forma inmediata, debemos adoptar medidas que impidan el “contagio” similares a las de la pandemia, hasta reducirlo y hacerlo desaparecer.

El tiempo siempre ha sido el aliado del machismo para integrar dentro de la normalidad lo que en cada momento histórico se presentó como una cuestión grave y aguda

La distancia social se corresponde con la educación, la crítica y las campañas que impiden desde lejos que las estrategias machistas, con toda su parafernalia revestida de normalidad, puedan llegar hasta la cercanía de las personas y causar esa infección en forma de control y violencia. La mascarilla es equivalente a la conciencia crítica y permite mantenerse al margen del maltratador y de sus redes que normalizan la violencia a través de los mitos del amor romántico y de todos los estereotipos que minimizan, justifican y presentan como parte de la relación lo que son estrategias de control. Y el lavado de manos es la respuesta ante el contacto con la realidad infectada por el machismo. Un lavado de manos que exige dejar atrás ese contacto por medio de la separación, de la denuncia, y de la atención profesional. 

De ese modo, con educación, conciencia crítica y separación, que serían los equivalentes a la distancia social, la mascarilla y el lavado de manos de la pandemia, también se reducirá el número de casos de violencia por 100.000 habitantes y el número de machistas por metro cuadrado.

El tiempo siempre ha sido el aliado del machismo para integrar dentro de la normalidad lo que en cada momento histórico se presentó como una cuestión grave y aguda. Y ahora no es diferente.

Dentro de dos años, según nos dicen, habremos recuperado las referencias anteriores a la pandemia, pero el machismo continuará si no hacemos algo más para erradicarlo. Pongamos “distancia, mascarillas y agua” también contra el machismo, o sea, educación conciencia y atención, y lo conseguiremos.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.