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28/10/2020 11:28 CET | Actualizado 28/10/2020 11:28 CET

El futuro de la Conferencia sobre el futuro de Europa

La UE quiere hablar de su futuro. Y quiere hacerlo cuanto antes. Principalmente de los retos a los que se enfrenta. Uno de ellos es a nivel de comunicación.

Vincent Kessler / Reuters
Imagen de archivo de Guy Verhofstadt y Jean-Claude Juncker.

Con una pandemia que lleva al límite la paciencia de los ciudadanos, unos líderes centrados en la búsqueda de culpables y una clase política que -en gran parte- ha caído (como borregos) en el juego macabro planteado por los populistas hace años, el proyecto europeo tiene un marco ideal para marcar la diferencia. Una oportunidad única para demarcarse de la tragedia política colectiva que vivimos y mostrar su madurez y valía.

La Conferencia sobre el Futuro de Europa es una buena idea, siempre que la entendamos como un primer paso a una renovación real. Siempre que podamos dejar de lado la confusión que genera desde antes de arrancar. Siempre que la ciudadanía sea capaz de olvidarse de las tres ‘conferencias intergubernamentales sobre el futuro de Europa’, la ‘Convención sobre el futuro de Europa’, los ‘Diálogos Ciudadanos’, o la ‘Consulta sobre el futuro de Europa’. Algunas dejaron reformas. Otras, desesperación. Igual en la Conferencia sobre el futuro de Europa podríamos hablar también sobre el futuro de las conferencias sobre el futuro de Europa.

La realidad es que sólo una de ellas acabó en tratado. Y uno nuevo no entra en los planes de casi nadie. Los propios países lo dejaron claro cuando decidieron que era un buen momento para lanzar esta conferencia. El Tratado de Lisboa ofrece un marco de acción importante que no se ha utilizado en su plenitud. Eso debería centrar el debate. Un ejercicio de autocrítica en el que subrayar qué funciona, pero, sobre todo, lo que no. Un camino que lleve a un plan concreto para la Europa de este nuevo mundo. Sin tabúes ni líneas rojas. Discutir de todo y de todos. 

En el mundo de la inmediatez, las propuestas que no ofrecen un resultado inmediato no despiertan excesivo interés. Esta “batalla” de la silla es, además, incomprensible para la ciudadanía.

Pero las buenas ideas despiertan el pánico en las plantas nobles de los Estados miembros. Les vale eso de “hablar de todo” siempre que se les permita “no escuchar nada”. Y mientras, algún que otro palo en las ruedas, no se vayan a pensar desde las instituciones europeas que esto va a funcionar cómo ellos quieran…

Y así, la elección del presidente de la conferencia sigue estancada. Una figura quasi honorífica, de limitadas competencias, pero sin la que no se puede arrancar. ¿Los candidatos? Los de siempre. Si has crecido en los 90, son lo que Antic, Floro, Toshack y Capello eran a los banquillos libres. Los ‘Míchel’ de la primera década del Siglo XXI. Con la enorme diferencia de que, a ellos, sí los conocía la audiencia. Mientras los líderes deciden si Verhofstadt, Thorning-Schmidt, Grybauskaitė, Stubb o Letta… la ciudadanía se pregunta quién demonios son Verhofstadt, Thorning-Schmidt, Grybauskaitė, Stubb o Letta. Todos ellos muy respetables y respetados, pero con un perfil público limitado fuera de algunos círculos

Sea quien sea, la diferencia en cuanto a funcionamiento de la conferencia será mínima. El daño que provoca el bloqueo desde el punto de vista de comunicación, no es tan pequeño. El Parlamento Europeo propuso a su candidato: Verhofstadt. Algunos Estados miembros lo rechazaron. Y la frustración la verbalizó el eurodiputado Pascal Durand con su “estoy llorando”.

En el mundo de la inmediatez, las propuestas que no ofrecen un resultado inmediato no despiertan excesivo interés. Esta “batalla” de la silla es, además, incomprensible para la ciudadanía. Por su parte, los países, celosos de una UE que pueda ocupar espacios mediáticos fuera de su control, parecen encantados. 

La Conferencia sobre el futuro de Europa puede marcar la diferencia y que el proyecto europeo entre en su edad madura alejándose de la polarización del debate público.

Y es que, desde el prisma de la comunicación, los Estados miembros no se fían de las instituciones europeas.

El inmovilismo que reinó prácticamente hasta 2014, ya no existe. El letargo comunicativo institucional de antaño, alentado desde los estados (y que encontró aliados importantes dentro de las instituciones europeas), se ha esfumado. Un escenario que favorecía la narrativa nacional de “la culpa es de Bruselas” -sin oposición ni batalla- y que convirtió en mantra las dos grandes excusas de la UE para no comunicar mejor. La primera: “hacer poco ruido para no enfadar a los gobiernos”. La segunda: “ay, los medios que no nos hacen caso…”. Pero las redes sociales han puesto frente al espejo a la comunicación institucional de la UE. Ofrecen un entorno en el que Comisión y Parlamento, incluso sin querer, puedan hacer ruido. Y en el que, nos guste más o menos, los medios de comunicación no marcan la totalidad de la agenda informativa. Favorecido por los cambios en el consumo y producción de la información y por el “periodismo de declaraciones”, las redes son una oportunidad para la UE y para esta Conferencia sobre el futuro de Europa. Siempre que sean capaces de no confundir tecnicismos con eufemismos, ni cercanía con estupidez. Siempre que sean capaces de no confundir comunicación institucional, con producción masiva de eslóganes vacíos. 

La Conferencia sobre el futuro de Europa puede marcar la diferencia y que el proyecto europeo entre en su edad madura alejándose de la polarización del debate público. O se puede convertir en un ejercicio de propaganda en el que los sospechosos habituales alejen (sin quererlo, con toda su buena intención) a la UE de la gente y dé más gasolina a movimientos políticos populistas sin escrúpulos. La valentía -o la falta de ella- de las propias instituciones europeas, inclinará la balanza. 

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