‘El hombre almohada’, un thriller gore que hace muchas preguntas

Una obra sobre interrogatorios policiales que va dejando, o sembrando, dilemas en las cabezas de los espectadores.
Elenco de 'El hombre almohada', una fotografía proporcionada por los Teatros del Canal.
Elenco de 'El hombre almohada', una fotografía proporcionada por los Teatros del Canal.

Se estrena en los Teatros del Canal El hombre almohada. Un cuento de terror o gore gótico situado en un futuro cercano. Un futuro distópico y dictatorial. Obra que le valió a Martin McDonagh, el guionista y director de Tres anuncios a las afueras, reconocimiento, premios y popularidad, es decir, el favor del público y la profesión teatrales en Londres y en Nueva York.

Por eso no es de extrañar que en el montaje que se acaba de estrenar se recurra a un director conocido y siempre eficaz para la taquilla como es David Serrano. Y a rostros populares y apreciados por el público. En este caso los de Belén Cuesta y Ricardo Gómez que ponen cuerpo y cara a los dos hermanos que protagonizan la función.

Acompañados por dos actores populares para y admirados por los teatreros como son Manuela Paso y Juan Codina, que interpretan a dos policías. Lo que hace que en escena se produzca un choque de escuelas y de épocas en la forma de decir y de estar sobre las tablas. Un choque posiblemente más apreciable para los expertos que para el público, al que seguramente le atrapará la historia y los relatos que se cuentan en ella más que cualquier otra cosa.

Una historia en la que Katurian es una escritora de cuentos de terror en la que siempre se abusa y se asesina de forma truculenta a los niños. Una cualidad, la de escribir y hacerlo bien, que surgió del experimento científico al que la sometieron sus padres de pequeña. Escritora que vive con Michal, su hermano, una persona con discapacidad intelectual al que ella cuida y protege desde que sus padres desaparecieron.

El caso es que empiezan a encontrarse niños asesinados siguiendo los modus operandi de los cuentos de Katurian. Por este motivo, la policía sospecha de ella, que para sobrevivir tiene que trabajar en un matadero, y del hermano, que piensan que es cómplice.

A partir de aquí, se asistirá a los brutales interrogatorios para esclarecer la verdad y al careo entre hermano y hermana. En ambas situaciones se contarán, analizarán estos terroríficos relatos. Incluso, alguno llega a representarse.

Relatos que, se crea o no, resultan fascinantes, en el sentido que lo son las películas Frankenweenie, La novia cadáver, Pesadilla antes de Navidad, Sweeny Todd, La leyenda del jinete sin cabeza y los poemas del libro La melancólica muerte del chico Ostra, todas pertenecientes al universo de Tim Burton. Cuyo espíritu no solo está en el texto sino también en la forma en la que se representa el cuento La niña Jesús en escena, un cuento que atrapa tal y como está contado.

Historias de abusos infantiles que no solo suceden en la ficción. Sino que, sin tanta truculencia, pero con el mismo dolor, también ocurren y han ocurrido en la vida de los personajes. Lo que condiciona sus reacciones, sus necesidades y sus intenciones en este tema.

Así, una obra que parece, en principio, hablar de la ficción, de sus límites de la representación, de su influencia en lo qué se hace y cómo se hace, de lo que puede ser escrito y cómo, de lo que debe ser preservado independientemente de lo que cuente, va derivando sobre un dilema moral.

El que plantea el hombre almohada, el protagonista de uno de los cuentos que da título a la obra, a sus víctimas. ¿Deben los niños que van a tener una vida tan desgraciada como Katurian describe en sus relatos vivir dicha vida o se les debe ofrecer la muerte antes para evitar tanto sufrimiento? Y, de ese sufrimiento, ¿se deben preservar los relatos por muy bien escritos que estén o es mejor hacerlos desaparecer? Y, si se preservan ¿cuánto tiempo es necesario mantenerlos escondidos en la oscuridad burocrática antes de hacerlos públicos?

Así, este aparente thriller gótico de interrogatorios policiales —que sucede en una comisaría que parece más un almacén abandonado que otra cosa— va dejando, o sembrando, esos dilemas en las cabezas de los espectadores. Lo hace sin que se den cuenta, pues estarán entretenidos con la historia. Preguntas como ¿cómo acabar con la pederastia?, ¿cómo se hace justicia en estos delitos?, ¿cuál es el castigo que merecen los pederastas?, ¿se debe contar y cómo?, y los que relatan o fantasean con toda esa atrocidad ¿qué castigo se merecen? ¿Deben hacerse desaparecer sus relatos y novelas?

Las respuestas que se dan en esta obra pueden ser demoledoras. Pero, cuando se llegue al final, no se debe olvidar que la historia sucede en una sociedad distópica y totalitaria. En la que no hay derechos ni ganas de hacerlos valer, practicarlos, ejercerlos.

Respuestas que podrían no tener sentido o no deberían tenerlo en sociedades democráticas en las que se respeten dichos derechos. Donde lo importante no sería ser de izquierdas o derechas sino el que las cosas se hagan bien. Cumplan la función para la que fueron hechas, preservar a los seres humanos. Igual que Katurian, la protagonista, defiende que los escritores no deberían ser ni de derechas ni de izquierdas, sino que su acción política, es decir, pública consiste en ser buenos escritores y escribir bien, hacer buenos cuentos que no cuentos buenos, bienintencionados. Escribir tan bien como está escrita esta obra, que es más que un simple cuento.

Teatros sorprendentes