El hombre con el que tuve una aventura falleció y no supe qué decirle a mi marido

¿Le debería decir una mujer a su marido lo mucho que le duele la muerte de un examante?

“Dios mío, ha muerto”, susurré para mí.

Estaba pasando una noche tranquila en casa con mi marido cuando me enteré de la muerte repentina de un hombre con el que había mantenido una aventura de cuatro años en secreto.

“¿Estás segura?”, me preguntó mi marido, preocupado por el tsunami emocional que sentía que se cernía sobre nuestro hogar feliz.

“Eso... Eso creo. Su empresa acaba de publicar una nota de prensa”, respondí.

Estaba conmocionada.

Me faltaban las palabras y meneaba la cabeza, tratando de pensar en cómo sentir la pérdida de un hombre al que se supone que no debería haber amado.

Retrocedí mentalmente a aquella época, pocos meses después del final de mi primer matrimonio, espoleada por la creencia descarada de que como a mí me habían puesto los cuernos, ahora me había ganado el derecho de hacerlo yo.

La historia de mi aventura es la típica: un romance de oficina con un hombre que ya tenía una relación oficial muy pública. Nuestra relación secreta estaba llena de miradas furtivas en la sala de juntas y un lenguaje encubierto con indirectas que solo él y yo entendíamos. Hubo momentos robados en los pasillos del trabajo y noches pasadas en la seguridad de mi hogar o del suyo. Falsas comidas de empresa, luego falsas cenas de empresa, reuniones de trabajo a la hora del desayuno y viajes de empresa para escapar de miradas curiosas durante el fin de semana.

“Me faltaban las palabras y meneaba la cabeza, tratando de pensar en cómo sentir la pérdida de un hombre al que se supone que no debería haber amado”

Pronto empezamos a dejarnos ver juntos en público, en el cine, de compras de Navidad o comiendo juntos sin un ordenador ni un montón de documentos entre nosotros para disimular lo que realmente pasaba. No poníamos excusas ni dábamos explicaciones cuando nuestros compañeros de trabajo, amigos e incluso familiares nos miraban con suspicacia. Sentía una ligera vergüenza y algo de arrepentimiento, pero desaparecían en cuanto pensaba en pasar un rato más con él.

“En realidad me da igual si se entera de lo nuestro”, me dijo una noche mientras veíamos una película tumbados y vestidos con sudaderas y calcetines de lana durante la primera nevada del año. Quise creerle. Necesitaba tanto (demasiado) de él que me permitía ignorar la frialdad que debía tener una persona para decir algo así.

“Espera y verás cómo te sientes cuando se entere”, conseguí responderle.

Me moví cuidadosamente entre esas declaraciones de amor (o de lo que yo pensaba que era amor) y los momentos desagradables en los que yo estaba sola y él estaba con ella, cuando era consciente de que yo era “la otra”, una participante voluntaria de su infidelidad.

Y entonces, una noche me llamó para decirme que su relación había terminado.

“¿En serio?”, murmuré.

“En serio”, afirmó.

“No poníamos excusas ni dábamos explicaciones cuando nuestros compañeros de trabajo, amigos e incluso familiares nos miraban con suspicacia”

Sigo sin saber qué le dijo exactamente, si llegó a enterarse de mi existencia o si simplemente le dijo: “Quiero a otra mujer”. Quizás puso fin a la relación sin decirle por qué. Tal vez fue ella quien cortó. No era mi relación y sentía que no tenía derecho a preguntar. Y, aun así, yo había desempeñado un papel crucial en la ruptura y me pesaba enormemente.

Después de eso, tanto él como yo supimos que algo había cambiado y que esos sentimientos juguetones y lujuriosos que antes compartíamos se habían transformado en emociones fangosas difíciles de leer. Una clase de amor confuso. ¿Es el amor capaz de provocar unas heridas tan persistentes? Seguramente no siempre es tan simple y limpio, ¿no? ¿No hay espacio al mismo tiempo para lo simple y lo complicado, lo doloroso y lo apacible?

Pese a todo, le quería. No podía dejar pasar el hecho de que le había mentido a su esposa y le había puesto los cuernos conmigo. Es más, yo no solo se lo había permitido, sino que le había ayudado a hacerlo. Me atormentaba lo que habíamos hecho y cómo lo habíamos hecho y temía que por ello ya nunca pudiéramos tener nuestra propia relación sana e inmaculada.

Me vi en la encrucijada de reunir el coraje de atreverme a empezar una relación real con él o cerrarle la puerta a su sonrisa, su voz, sus palabras y su tacto. Nuestra aventura siguió de forma intermitente durante varios años mientras buscábamos sin éxito la absolución por lo que habíamos hecho mientras tratábamos de mantener una relación honesta con otras personas.

“Le había mentido a su esposa y le había puesto los cuernos conmigo. Es más, yo no solo se lo había permitido, sino que le había ayudado a hacerlo”

Y entonces, hace ocho años, conocí a un hombre que me impactó. Me maravillaba lo que decía, cómo me trataba y lo mucho que se esforzaba por ser una persona buena, amable y cariñosa. Había conocido a un hombre que hacía que todos mis pensamientos y deseos giraran en torno a él ―y solo él― y eso me aterró. No sabía si era capaz de serle fiel después de todo lo que había hecho y cómo había sido mi vida durante tanto tiempo.

Pero el amor que sentía por ese nuevo hombre era tan intenso que supe que era lo que quería y que tenía que hacer un esfuerzo por cambiar mi forma de vida. Y lo hice. Ese hombre increíble se convirtió en mi marido y le he sido completamente fiel en los años que hemos compartido hasta ahora.

Mi aventura forma parte de lo que soy y no se me ocurría otro modo de ofrecerle mi corazón a mi nuevo amor que compartir hasta el último pedacito de mí. Eso implicó contárselo todo, incluidos esos rincones oscuros de mi corazón que guardaban espacio para otro hombre, y él me escuchó y aceptó lo que había hecho y quién era, y eso me hizo amarlo todavía más.

La vida que hemos compartido ha sido maravillosa y feliz y mis miedos de que mi aventura pasada amenazara nuestra relación han acabado siendo infundados.

“Mi marido me escuchó y aceptó lo que había hecho y quién era, y eso me hizo amarlo todavía más”

Pero entonces me enteré de la muerte de mi antiguo amante y no supe qué hacer. Aunque no habíamos estado juntos ni en contacto desde hacía años y yo estaba completamente enamorada de mi marido y dedicada solo a él, mi corazón sufrió con la noticia.

Me estuve preguntando si debía decirle a mi marido cuánto me había afectado la muerte de este hombre. ¿Haría eso una pareja fiel? ¿Le debería decir una esposa a su marido lo mucho que le duele la muerte de un antiguo amante? Estaba claro que no iba a volver a acostarme con él, porque estaba muerto, pero ¿qué implicaba que me estuvieran superando estas emociones? ¿Estaba siéndole infiel por lo que sentía? ¿Qué es lo que convierte en infiel a una persona?

Exhausta por mi duelo solitario y secreto, le pedí opinión a un amigo sacerdote y me dijo que estaba en la “noche oscura del alma”.

“Estoy hecha un lío”, le dije. ”¿Cómo supero algo de lo que siento que no debo hablar, y mucho menos con mi marido?”.

Pasaron los meses, pero mi duelo secreto se negaba a abandonarme y a mí me costaba entender por qué me sentía así todavía y por qué lo sentía tan intensamente. ¿Significaba que seguía enamorada de ese hombre, o peor, que no amaba a mi marido?

“¿Qué implicaba que me estuvieran superando estas emociones? ¿Estaba siéndole infiel por lo que sentía?”

Acabé confesándole lo que sentía a mi tía favorita. Ella trabajaba en el hospicio y confiaba en que sus experiencias allí le hubieran enseñado algo con lo que ayudarme a aliviar mi sufrimiento.

“El amor que sentiste entonces es una historia, una historia muy bonita”, me dijo. “Piensa en la sensación de pérdida que sientes cuando terminas de leer un libro que te ha gustado. No cierras el libro y dejas de pensar en él para siempre. Permanece en tu interior y te hace ser quien eres”.

“Permanece en mi interior y me hace ser quien soy”, repetí para grabarme la frase en mi mente. Vale. ¿Y quién soy?, me pregunté. ¿Y en el fondo soy fiel o infiel?

Quería ser una persona fiel. Quería ser una esposa fiel. Aun así, estremecida por el profundo sufrimiento que sentía por el otro hombre, me preocupaba que, por buenas que hubieran sido mis intenciones, hubiera cimentado mi matrimonio sobre una base inestable de sentimientos sin resolver.

A lo largo de todo este tiempo, solo había una persona con la que de verdad deseaba hablar. Solo había un hombre que me conociera de forma tan íntima, completa y correcta que si conseguía contarle lo que sentía, me ofrecería la claridad y el alivio que necesitaba de forma instantánea.

Aún pasaron seis meses más de confusión y duelo en soledad después de hablar con mi tía cuando por fin reuní el coraje para hablarlo con mi marido.

“Me preocupaba que, por buenas que hubieran sido mis intenciones, hubiera cimentado mi matrimonio sobre una base inestable de sentimientos sin resolver”

“Creo que todavía me afecta su muerte”, admití. “Y no sé qué hacer”.

“¿Estás segura de que no estás intentando sentirte conectada de nuevo a él?”, me preguntó mi marido. “¿Estás segura de que no se trata de que solo quieres decir: ‘Yo también lo conocía, y mejor que casi todos los demás’?”.

“Es que lo conocía”, le espeté.

“Solo digo que tengas cuidado de que tus emociones no se alimenten de un deseo oculto de melodrama”, respondió con calma.

Esas no eran la clase de palabras tiernas que esperaba recibir de él. Su respuesta no buscaba hacerme recordar entre lágrimas a mi examante ni el tiempo que habíamos pasado juntos. En lugar de eso, me estaba dando espacio para reflexionar sobre lo que estaba sintiendo ―y el motivo― con la esperanza de que recompusiera mi espíritu compungido. Básicamente me estaba diciendo: “Llora esta pérdida, pero intenta comprender qué es lo que piensas que perdiste cuando te enteraste de la muerte de este hombre”.

No era lo que quería oír, pero sí lo que necesitaba.

Cuando alguien muere, lo lamentamos, pero lo que de verdad echamos de menos son los gestos, palabras, historias y experiencias que compartimos con ellos. Podemos acabar confundiendo el significado personal que asociamos a su presencia (cómo nos afectó o nos cambió esa persona) con la propia persona. Reconocer esa diferencia y ser capaz de llorar la pérdida, recordar y honrar esas historias y experiencias y el impacto que tuvieron es importante, y en cuanto mi marido me ayudó a comprender eso, mi sufrimiento comenzó a evaporarse y todo cambió.

“Cuando alguien muere, lo que de verdad echamos de menos son los gestos, palabras, historias y experiencias que compartimos con ellos”

Una vez amé a un hombre en secreto y esa relación no funcionó y no era sostenible en el tiempo. Cuando murió, pensé que tenía que lamentar de nuevo la pérdida de lo que tuvimos, por disfuncional y problemático que fuera. La verdad nada sentimental es que ya había llorado su ausencia física y emocional de mi vida cuando pusimos fin a nuestra aventura ocho años atrás.

También me di cuenta de que dudar de la capacidad y la voluntad de mi marido para gestionar esta maraña de emociones significaba que estaba dudando de nuestro matrimonio y eso sí que me hizo sentirme infiel. Vale que no había cometido ninguna infidelidad física, pero pensar que había algo que no podía contarle a mi marido me parece un terreno mucho más peligroso.

He aprendido que, en lo que respecta a nuestros secretos, si logramos encontrar la manera de ser honestos con nosotros mismos y con la gente a la que amamos y hablar abiertamente de los errores que hemos cometido, podremos encontrar el camino hacia la redención y la expiación. Al compartir mis pensamientos y preocupaciones sobre el amor, por complicados e incómodos que resulten, descubrí que era capaz de guiarme por los pilares de mi matrimonio: compasión, empatía, humildad y amabilidad, y eso lo es todo para mí. Es más, todo eso me recordó lo afortunada que soy de estar casada con un hombre increíble que me ama incondicionalmente y quiere lo mejor para mí independientemente de los desafíos que tenga o tengamos que afrontar.

Al final, pude superar el dolor por la muerte de un amor secreto recurriendo al hombre al que le había prometido fidelidad y no puedo estarle más agradecida.

Kate Gilgan es escritora, madre y aventurera. A Kate y a su marido Michael les encanta descubrir el mundo con sus dos hijos pequeños, ya sea en la costa o en Bali.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.