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29/01/2021 08:41 CET | Actualizado 29/01/2021 08:50 CET

El hombre gris sobre un fondo negro

Elogio de la política estoica.

Europa Press News via Getty Images
Salvador Illa, ya ex-ministro de Sanidad.

“Demócrata es aquel que admite que el adversario puede tener razón... y acepta reflexionar sobre sus argumentos. La modestia es saludable para las repúblicas en todas las ocasiones” (Albert Camus, en ‘Combat’).

Salvador Illa se ha ido finalmente del negro de la pandemia y el populismo al ruido electoral de Cataluña. No lo ha hecho de ‘tapadillo’ ni por la puerta de atrás, como algunos aseguran, porque hace un mes que su candidatura es pública y objeto de controversia política e incluso de condena moral. Se ha ido tan discretamente cómo llegó, ahora como un candidato gris y serio frente al ruido del Procés, precisamente cuando dentro y fuera de Cataluña y de España se vislumbra el principio del fin del populismo.

Hoy no se puede saber si la candidatura de Salvador Illa es o no un acierto, el tiempo lo dirá. De lo que no hay ninguna duda es de que el rechazo frontal y las maniobras exageradas de sus oponentes son un clamoroso error. Lo han situado en el centro del debate político y de la campaña.

Hace ya un año, llegó a un ministerio que para muchos carecía de contenido, hasta el punto de que uno de los socios de gobierno lo rechazó. No es cierto si se tiene en cuenta sus competencias en planificación, investigación, personal, productos farmacéuticos, inspección.. y sobre todo después de la ministra Carcedo, que ¡oh paradoja! impulsó contenidos fundamentales como la recuperación de la sanidad universal, la limitación de los copagos o la ley de eutanasia.

Los de siempre se preguntaron ¿qué hace aquí un filósofo y no un médico con experiencia de gestión sanitaria, de salud pública y de pandemias?

En apenas semanas, Illa se encontró con un ministerio transversal que se convertía en el eje del gobierno de coalición al frente de la lucha contra una pandemia letal. Los de siempre se preguntaron ¿qué hace aquí un filósofo y no un médico con experiencia de gestión sanitaria, de salud pública y de pandemias? Precisamente los mismos que anteriormente nunca se preguntaron nada cuando sus ministros no eran sanitarios pero eran de los suyos.

Muy pronto se vio que la elección de un filósofo no iba tan desencaminada. Desde un primer momento algunos atribuyeron el origen de la pandemia al virus chino, al feminismo e incluso la ideología de un gobierno socialcomunista. Más tarde, se denunció el estado de alarma como golpe de estado encubierto dentro de una turbia estrategia eugenésica. En realidad, más que un debate sanitario se trataba de un debate de filosofía política sobre la naturaleza de la política, la forma de gobierno y sus condiciones de legitimidad, cuando no una elaboración delirante lindando la psiquiatría, para la cual tampoco estaba de más un filósofo estoico.

Un filósofo sereno y prudente ante la adversidad de la pandemia y que con la premisa del que sabe que no sabe nada de pandemias (ni falta que le hace al ministro político), ejerció con modestia rodeándose de los técnicos de su ministerio a los que, en correspondencia, ha defendido en la persona de Fernando Simón frente a los embates de los negacionistas primero, pero también de los adversarios políticos, e incluso de los expertos neutrales después, que de todo eso ha habido y aún hay.

En un principio cometió el reiterado error, compartido en todo el occidente desarrollado, de la complacencia y del exceso de confianza ante el cisne gris de la pandemia. Una catástrofe tan probable como increíble, sobre todo en un país con una sanidad pública que se consideraba de las más avanzadas. No fue capaz de ver hasta que punto la salud pública seguía en mantillas, como consecuencia del boicot de una década a la ley de salud pública, y la sanidad estaba convaleciente de la herida de los recortes.

Por decisión del gobierno cayó en la trampa de un mando único que nunca lo fue, ya que siempre estuvo compartido, sobre todo, en una epidemia global. No solo con los organismos internacionales, con otros sectores como la industria y la tecnología sanitaria, sino sobre todo con las comunidades autónomas, algunas de las cuales se declararon en rebeldía. Tampoco lo pudo ejercer por las limitaciones en recursos humanos, presupuestos y capacidad de gestión de un ministerio de Sanidad que por abandono de décadas se había convertido en un cascarón vacío.

Con ello, el gobierno le sirvió en bandeja a la oposición las acusaciones del colapso de la cadena de suministro, de los EPIS y los test propio de la globalización neoliberal que se repiten recientemente ante cada epidemia, como también de las limitaciones y de la picaresca de las compras y contratos, inherente a las situaciones límite.

Asumió solidariamente los errores de comunicación del conjunto del gobierno, que recurrió a parapetarse en la ciencia para unas decisiones que solo podían ser políticas y luego al aval de una llamada comisión de expertos, que no era otra cosa que el lógico respaldo técnico y científico de la estructura de la administración. Nada más y nada menos.

Aguantó de nuevo con estoicismo la crítica de la oposición política y mediática

Sufrió con estoicismo la resistencia del barrio de Salamanca y su denuncia del confinamiento con la ruina de España por bandera. Como después la resistencia y la acusación de parcialidad en las fases de la desescalada y finalmente la desbandada de algunas CCAA para salvar el turismo.

A raíz del decreto de nueva normalidad asumió otra vez el error y la responsabilidad del gobierno al confundir los deseos con la realidad de la pandemia. La de salvar una temporada turística luego desahuciada. También del armisticio y el enfrentamiento con la Comunidad de Madrid.

Luego le vino encima una Comisión parlamentaria exprés sobre la reconstrucción que frustró las expectativas y dejó un mal sabor de boca: el reproche de los expertos y la exigencia de una evaluación de la gestión de la pandemia. Con ello, se enconó la pelea frente a los salubristas de la casa, entre clínicos, sociedades científicas y epidemiólogos. Se cebó la bomba de la infodemia.

Más tarde, aguantó de nuevo con estoicismo la crítica de la oposición política y mediática, tanto a la tardanza en la compra conjunta de vacunas como luego a una supuesta precipitación en la aprobación del documento técnico y el consenso para la estrategia de vacunación, y ahora, los problemas del contrato firmado por la UE con las compañías farmacéuticas y el retraso en la administración por parte de algunas CCAA.

A pesar de todo se empeñó en sucesivos intentos de co-gobernanza, primero con el plan de respuesta temprana, las actuaciones coordinadas y la gestión autonómica de testeo y aislamiento de contactos, finalmente desbordada como consecuencia de los recortes, cuando no por el desmantelamiento de la atención primaria.

Una co-gobernanza luego consolidada con el plan de respuesta ante la segunda ola y el nuevo decreto de alarma: un experimento de nueva cogobernanza en marcha, al que los de siempre han llamado el harakiri del Congreso de los diputados. Una curiosa renuncia al control que consiste en las preguntas, interpelaciones semanales, la comparecencia mensual del ministro, la del Presidente cada dos meses, a las que se suman los consejos interterritoriales habituales de los miércoles.

Finalmente, ya en la tercera ola, aguantó el sambenito injusto de haber pretendido salvar la Navidad, cuando con la excepción de una mínima flexibilidad, mantuvo las restricciones a la movilidad y los aforos, y de nuevo apareció el mantra del confinamiento domiciliario de los expertos como única alternativa.

Pero lo que más dolió fue sin duda la carta de despedida del fuego amigo, con la crítica por su incomparecencia parlamentaria en periodo extraordinario. Una andanada injusta que precipita la lógica competitiva de la campaña electoral, aunque sea a costa de cuestionar la lealtad de los socios a la que es la principal tarea de gestión del gobierno: la lucha contra la pandemia. Un verdadero dislate. En resumen, el intento frustrado de un mando único sin aparato ministerial, de una salud pública en mantillas, con el habitual colapso del mercado en la cadena de suministros, el estrés del sistema sanitario y la beligerancia deslegitimadora y desestabilizadora de la oposición. Una labor de coordinación difícil, en especial con quién no la acepta y se declara en rebeldía, y una experiencia inédita de co-gobernanza en un modelo autonómico con una perspectiva federal.

Pero, sobre todo, queda la amargura del rastro negro del dolor y el luto de una pandemia inacabada en la que, con más aciertos que errores, el ministro Illa intentó denodadamente, con rigor y con modestia, evitar lo peor. Illa representó también con su gesto serio y contrito el dolor austero y la solidaridad de la sociedad española con los afectados y con las víctimas.

Ahora, el secretario de organización ha asumido disciplinadamente cambiar la amargura de la pandemia por la incertidumbre de la campaña de las elecciones en Cataluña. Quién sabe si después de la agitación populista lo que necesita Cataluña y España es una política de estoicos.