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21/06/2019 18:56 CEST | Actualizado 21/06/2019 18:56 CEST

El imposible ministerio de 'por favor' a Iglesias

El grupo dirigente de Podemos cree que la España real es esa parte mínima que aplaude en mítines y asambleas.

Europa Press News via Getty Images
Pablo Iglesias. 

El líder podemita comenzó a cerrarse las puertas en un gobierno de izquierda presidido con Sánchez cuando no apoyó la investidura del secretario general del PSOE en 2016 abriendo así de par en par las puertas a un remolón Mariano Rajoy. Muchos socialistas confirmaron sus aprehensiones, como me comentó un viejo republicano: “nada bueno puede salir de donde ha salido este chico”. 

El ‘coletas’, como le llaman los propios y los ajenos en lenguaje coloquial, siempre se ha declarado comunista y revolucionario en tiempos de socialdemocracia, liberalismo (del sano, no el que aumenta el colesterol) y pragmática moderación.

Tras la aparente resurrección del socialismo democrático en Europa, sobre todo gracias a los resultados conseguidos en España en las últimas elecciones generales y europeas, Madrid ha vuelto al núcleo de decisión de los 28, que serán pronto 27. Sánchez se ha situado, con Merkel y Macron, en primera línea, y esto se reflejará, sin duda, en un mayor peso en las instituciones comunitarias. 

Es una gran oportunidad para la socialdemocracia europea, por supuesto para el PSOE, y para los españoles. Una gran ocasión para ‘Marca España’. Estar, a su vez, en el centro  de las decisiones de la Unión Europea, tiene otras muchas ventajas añadidas: mayor peso político internacional en todos los planos: el político y geopolítico, desde luego, pero también el económico. 

La reciente firma por parte de la ministra de Defensa, Margarita Robles, con sus correspondientes de Alemania y Francia para el proyecto del nuevo avión de combate europeo, apunta –dicho en términos exclusivamente civiles– en la buena dirección, sobre todo en los inciertos tiempos trumpianos que llenan de estupor e incertidumbre a los Aliados. 

En la realidad, además de en las apariencias, Pablo Manuel Iglesias Turrión es enemigo de casi todo lo que para la Europa democrática y moderada, a fuer de realista, constituye las líneas maestras de la arquitectura política del continente tras la II Guerra Mundial. Eso no quiere decir que la UE actual sea perfecta, ni mucho menos, porque es obvio que no lo es, como se ha podido comprobar tanto en la gestión de la Gran Recesión, que ha aumentado la brecha social: los ricos son más ricos y los pobres más pobres, como en el desapego de la ciudadanía.

El grupo dirigente de Podemos cree que la España real es esa parte mínima de España que aplaude en mítines y asambleas.

Así, el nacionalismo y el populismo han ido tomando posiciones en especial en la crisis y tras la crisis. Pero la mayor parte de los europeos, la inmensa mayoría, no quiere cambiar el sistema UE por otro sistema revolucionario y de libertades limitadas. Esta es la línea del socialismo europeo. Y Podemos por ahora no camina en ese sentido, sino en el opuesto, tanto en los temas mayores como en los aparentemente ‘menores’, que no lo son porque son muchos. 

Pablo Iglesias e Irene Montero, y su cada vez más reducido círculo de influencia, han ido perdiendo credibilidad social y, como consecuencia, peso político. Eso, como se ha visto, se acaba traduciendo en votos perdidos. 

Por una parte han cometido numerosos y encadenados errores tácticos y estratégicos de bulto. Por ejemplo, el episodio de haber cortocircuitado un gobierno de izquierda al no apoyar la primera investidura de Sánchez; pero por otro lado al mantener un discurso antisistema total, de doble lenguaje. 

El apoyo, sea moral o espiritista al régimen bolivariano de Chávez y Maduro, el respaldo a las ‘okupaciones’, un delito ilegalizable que traía de los nervios a la exalcaldesa de Madrid, la magistrada Manuela Carmena; el control y, mutatis mutandis, la censura y el dirigismo de los medios de comunicación, tanto públicos como privados, en clamorosa contradicción con el significado de la libertad de prensa en las democracias avanzadas de hoy; la constante defensa del separatismo, sea catalán, vasco, gallego, canario o cartagenero, el sofisma de que votar es legal, como dicen los políticos catalanes presos por haber dirigido un ‘alzamiento’ que en la práctica vino a ser un intento de torcer por métodos ilegales la voluntad del Estado representada en la Constitución, cosa a la que también se le llama ‘golpe’… todo esto es incompatible con lo que representan los partidos constitucionalistas, que son aquellos, y solo aquellos, que acatan la Constitución tal cual es hasta que se reforme por los métodos que ella misma indica. 

El problema es que el grupo dirigente de Podemos, o al menos una parte, pero la que retiene todo el poder interno tras sucesivas purgas y deserciones, cree que la España real es esa parte mínima de España que aplaude en mítines y asambleas de devotos enmiendas a la totalidad del sistema.  

Porque, y eso está a la vista, elección tras la elección, la inmensa mayoría de los españoles vota por mejorar el sistema pero no quiere salirse del sistema. El sistema tiene imperfecciones, cierto; pero una cosa es corregir las imperfecciones y otra cosa es crear las condiciones para una revolución que implante una ‘constituyente del poder popular’ y los grandes expresos cubano-bolivarianos. 

¿En verdad pensaba que era posible que un antisistema confeso pudiera sentarse como vicepresidente en el Consejo de Ministros y al mando del CNI?

Pablo Iglesias e Irene Montero, y su cada vez más reducida corte de los milagros – porque hay que creer en los milagros para pensar en serio que el futuro de España está en una Revolución Pendiente a la bolchevique con unas gotas de edulcorante tropical- no hablan para la España mayoritaria. Esa es la clave de su declive.

A veces parece que en vez de la estrategia del ajedrez, que es la única válida en política, practican la del parchís, que está al albur de cómo se mueva un dado en el interior del cubilete. 

Cuando en enero de 2016 Pablo Iglesias le exigió a Sánchez que lo hiciera vicepresidente, y controlar el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), la RTVE , y los ministerios de Educación, Sanidad y Seguridad Social, Defensa, Interior y Exteriores (manda carallo)... ¿en verdad pensaba que era posible que un antisistema confeso pudiera sentarse como vicepresidente en el Consejo de Ministros y al mando del CNI y los medios públicos de comunicación, Interior, Defensa y la Diplomacia…?

Aunque él no haya recapacitado en eso (y por lo visto, así sigue desde su dacha de Galapagar), aquella incontinencia verbal, aquél endiosamiento,  encendió las luces rojas de alarma en España, y en Europa y en la OTAN. Los servicios de inteligencia españoles no empiezan y acaban en España... La presencia en las áreas de interior y defensa de ministros o secretarios de Estado y Directores Generales procedentes de la estructura orgánica y política podemita implicaría de inmediato, con altísima probabilidad, la aplicación de filtros en  el suministro internacional al Gobierno español de información sensible.

‘Podemos’ tiene que madurar, pero no en plan Maduro, sino en el diametralmente  opuesto. De momento tiene muchas amistades ‘proactivas’ peligrosas. Y, en fin, parece que por ahora tiene casi imposible estar en un gobierno de coalición, o de cooperación, o de compasión, o de ‘por favor’, porque no comparte plenamente los grandes temas de Estado, los ‘intocables’ constitucionales de la democracia española.

El Gobierno viviría en una crisis permanente, diaria; nadie frenaría la verborrea incendiaria y las boutades típicas de quien cree que el mundo de fuera es el que le rodea y aplaude, cada vez con más desgana, sus ensoñaciones ‘lumpen’. Mientras no salga de su círculo cerrado, del grupo de alquimistas de la Universidad que no hacen sus ensayos sociales con gaseosa, de los revolucionarios a las bravas,  de los frustrados, los okupas, el ‘lumpenproletariado’, en la cruel definición que hizo Marx, de los fan de la balcanización, de los frikis ‘antitodo’, que un día votan comunista y otros extrema derecha...va a seguir autoexcluyéndose. 

Por eso el PSOE se niega a tener al enemigo (del sistema) dentro de la casa, sentado en el Consejo de Ministros.

Hace unos meses, en Recoletos, me sorprendió un enorme cartel en un kiosko de prensa y variedades: ‘Espinete no existe’, proclamaba. Y es verdad, pensé. Y tampoco las hadas madrinas, las brujas buenas, los Reyes Magos o papá Nöel. 

Por eso el PSOE se niega a tener al enemigo (del sistema) dentro de la casa, sentado en el Consejo de Ministros. Me decía un periodista madrileño: “¿Te imaginas las ruedas de prensa alternativas los ‘viernes sociales’?”. Quien sí se las imagina es el presidente y toda la plana mayor del PSOE, que buscan estabilidad en una oportunidad excepcional, donde España se juega el presente y el futuro, donde lo imperativo es el pacto y no una subirse a una montaña rusa. 

 

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