El jardín de las amapolas

La izquierda es muy propensa a estas floraciones, sobre todo en la ‘esquinita’ comunista, que lleva sobre sí la tendencia irrefrenable a la división.
Amapolas
Amapolas
EFE

Cada cierto tiempo en el calendario político florecen las amapolas. Y como suele ocurrir después del milagro de esas manchas rojas que nacen hasta en el picón de lava, desaparecen. La izquierda es muy propensa a estas floraciones, sobre todo en la ‘esquinita’ comunista, que lleva sobre sí, como si fuera un gen maldito, la tendencia irrefrenable a la división.

Cuando nació ‘Podemos’ de una alquimia elaborada por profesores de sociología y políticas, sobre las muestras en ‘placas de Petri’ de aquellas mareas de descontentos e indignados que recorrieron espontáneamente las calles de la España plural y diversa, y mostraban airadamente su enfado con los recortes que atacaron los cimientos del ‘estado de bienestar’, ordeñando a la clase media para salvar a una banca, ya conté la verídica historia de los ‘abuelos canarios de Podemos’. Recipiente en el que se mezclaron frustrados de todas las ideologías, llamados a filas por dirigentes de diversa procedencia, todos minoritarios, que confiaron en el principio económico, que no político, de que ‘muchos poquitos hacen un muchito’.

Se equivocaron, aquello fue un espejismo que no duró. Comenzó el divisionismo, el fracaso en la gestión del día a día, porque el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, pero las calles se hacen con alquitrán, las aceras con baldosas… y todo ello con buenos gestores. No basta con aprobar planes de viviendas, ayudas sociales o limpieza… si luego los papeles amarillean en los archivadores. Al final el experimento estalló, y sus restos se esparcieron en otros espacios políticos, incluido el nacionalismo burgués.

UPC tenía componentes teóricamente incompatibles entre sí: africanistas, asamblearios, comunistas de distintas ramas, y hasta hojas, cristianos, autonomistas, autodeterministas, federalistas… En fin, un potaje.

Carolina Bescansa fue quizás la primera de los fundadores, con Íñigo Errejón, que tuvo ojo clínico, ese don de algunos médicos para diagnosticar con una mirada que capta los síntomas. El 25 de octubre de 2017 la socióloga y politóloga gallega diagnosticó la enfermedad que habría de afectar gravemente al invento: “Me gustaría que Podemos le hablase más a los españoles y no solo a los independentistas”.

Además hay un tema no menor sino, como diría Rajoy, mucho muy mayor: la devoción por los estados fallidos del populismo dictatorial latinoamericano. Venezuela, Cuba, el México de López Obrador, la Nicaragua de Ortega y señora, un esperpento infernal... Todo esto pesa.

La memoria del pasado no puede impedir caminar hacia la Europa de las libertades y el progreso. El PSOE se convirtió en alternativa de poder cuando Felipe González purgó al marxismo y a los congresos asistían como padrinos los líderes de la socialdemocracia que había contribuido decididamente al progreso y la estabilidad europea.

Un nuevo proyecto ideológico viable no se sustenta solo en las palabras. La ferrolana Yolanda Díaz ha tenido una revelación: un nuevo proyecto para España, pero que va mucho más allá de la clásica ’esquinita de la izquierda. Lo dice una comunista orgullosa de serlo. Y eso está muy bien. El PCE apostó por la reconciliación nacional y fue clave para el éxito de la Transición. Pero la propia historia reciente prueba que ese intento no es nuevo, y que siempre ha fracasado por una explosión a babor. Ha sido el desierto de Izquierda Unida y de los diversos grupos que un día la mística de la lucha logró unir.

Pero está encima la cuestión nacional. El PCE era el Partido Comunista de España, no el Partido Comunista del Estado. Muchos electores comunistas piensan en clave netamente española, sea republicana – sin olvidar que una república es inviable sin una derecha que la apoye- autonómica avanzada o federal, que al final son sinónimos.

Ada Colau no entra en ese esquema. Su ambigüedad calculada ha sido el secreto de su éxito en Cataluña. Pero no conviene olvidar que el apoyo a las tesis separatistas ha ido cayendo desde que Pedro Sánchez aplicó una táctica ‘ibuprofeno’ que bajara la inflamación soberanista y del 1-O. El ex ministro Salvador Illa ha sido un actor principal: ha dado confianza y seguridad a los que a fuer de catalanistas también son constitucionalistas, y viceversa.

El famoso acto de las cinco políticas estrellas del universo podemita, de cualquiera de sus planetas, satélites o asteroides en Valencia, la ministra y vicepresidenta segunda Yolanda Díaz, la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, la portavoz de Más Madrid en la Asamblea regional Mónica García, la vicepresidenta valenciana Mónica Oltra, y la líder del partido de Ceuta Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía, Fátima Hamed Hossain… será poco más que una foto para el recuerdo. En todo caso beneficiaría a un proyecto de Díaz que consiga atrapar votos moderados y alejados de experimentos que la mayoría social actual, no la de hace cuarenta años, considere arriesgados. Incluso los empleados en Erte, los emprendedores y las pymes que las pasan canutas, los cientos de miles de interinos, los pensionistas…. saben de qué factores depende la economía.

Hasta VOX se ha dado cuenta y ya está modulando sus mensajes: “queremos ser- ha dicho uno de sus dirigentes- el partido de los banqueros pero también el de su chófer”. El problema es que esa doctrina era la del franquismo, con su Verticato, aquella ‘Organización Sindical’ piramidal del Partido Único por la Gracia de Dios que unía a la Patronal y a los Sindicatos en el abrazo del oso. Y aunque el franquismo haga bulla, es más el ruido que el cerebro.

Las nuevas ‘cepas’ que están apareciendo en la izquierda, diga lo que diga el experto en fracasos Iván Redondo, cuyo ego no cabe en un estadio, no harán por ahora presidenta a Yolanda pero sí, si se unen y lanzan mensajes creíbles y tranquilizadores de avance, pueden ayudar a reeditar el gobierno de coalición. Incluso el movimiento territorial de la España vaciada podría favorecer al componente socialista: el AVE acaba de llegar a Galicia, por fin; también en Extremadura se mueven las traviesas; la instalación ‘desconcentrada’ de nuevos organismos estatales en provincias despobladas es un cambio comprobable de tendencia. Como me decía un madrileño de Segovia: “casi todos procedemos o venimos de un pueblo y sufrimos el abandono que nos obliga a migrar…”

La derecha asimismo lo tiene complicado. Isabel Díaz Ayuso, dirigida por MAR, su Rasputín y ventrílocuo, no ha sabido digerir su asombroso éxito en las autonómicas madrileñas y le disputa la primogenitura al líder del partido, Pablo Casado; acosado desde otro ángulo por otra mujer, Cayetana Álvarez de Toledo.

La suerte para el presidente del PP es la nula empatía de esta intelectual que, al decir de quienes la conocen, sencillamente desentona entre los ‘teodorines’ y no se rebaja a la altura de los demás mortales.

Todo esto en medio de las causas de corrupción que caen como una granizada a lo Filomena sobre Génova 13. Ni la consigna de que “ya está todo dicho sobre ello”, ni la fábrica de ‘agit-prop’ que llena las redes sociales, ni los medios amigos que siempre tienen la mano extendida con la palma hacia arriba, el altruismo según en qué ambientes es una estupidez, logran sepultar el escándalo encadenado. Que es, con perdón para los palmeros, como el volcán de Cumbre Vieja, que cuando parece que va a acabar revienta otra vez con inusitada fuerza. Todo indica que habrá paseíllos por los banquillos para rato.

Por si todo esto fuera poco, no se cumplen las profecías de Casado. Europa no solo no recela de los proyectos españoles sino que los ha valorado con nota . Ursula von der Leyen ha anunciado oficialmente que la UE librará otros 10.000 millones de euros Next Generation para la reconstrucción pos pandemia. El ABC, queriendo echar una mano, ha desmentido los bulos anteriores: muchos de los proyectos ya están en marcha…. Como se había acordado con Bruselas.

Si el castillo de naipes marcados lo tira el viento del norte, los dos próximos años serán de obras y cintas en todo el país. Y muchos de los temores levantados sobre las dudas de la deuda y la falsedad de la buena marcha del gigantesco plan de ayudas europeas, que tiene a España como uno de sus principales beneficiarios, irán desapareciendo.

Eso sí: Sánchez necesitaría tirar por la borda todo el lastre radical, sea el de Bildu o el de lo separatistas catalanes. Y disminuir la influencia del PNV.

Pero claro, Yupi no existe. ¿O sí…?