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20/06/2019 07:34 CEST | Actualizado 20/06/2019 07:34 CEST

El mar imperecedero que se alza invicto

Sabíamos que habíamos perdido nuestra batalla, antes incluso de nacer.

Jairo Daz / EyeEm via Getty Images
Una ola, en Santa Cruz de Tenerife. 

Debo reconocer que nos hicieron así. Simplemente nacimos. Pero no en el lugar equivocado, sino con el número del DNI ya impreso antes de ser concebidos. Como la marca del ganado que el dueño aplaca en el lomo del animal. Así fue como nos empezaron a llamar los hijos de, los hijos de los migrantes, los hijos de los proletarios, los hijos de los pobres, los hijos de los barrios, los hijos de. Nos hicieron partícipes de un fracaso que cosecharon otros. Los mismos que hoy en día salen a defendernos del mismo caos que han creado.

Nos hicieron así, sin más. Alguien tenía que ser la carne de cañón. Nadie nos preguntó qué queremos ser y dónde queríamos ir. Sin embargo, alguien tenía que vivir con su dolor a cuestas, incuestionable. Nos crearon con la vergüenza ajena a rastras. Nos hicieron avergonzarnos de nosotros mismo, que nos temiésemos, que no nos quisiésemos -tenían el sistema a sus pies y podían articular cualquier mecanismo que cumpliese con sus objetivos. Nos hacían sonrojar o sentirnos mal. Si teníamos hambre, aunque el estómago estuviese levando en armas contra nosotros mismos, debíamos decir que no. Aunque luciésemos en nuestras rodillas el color del corazón de las espigas, debíamos ser fuertes, tragarnos las lágrimas y decir que no. Los niños no lloran, nos decían. Nos hicieron vivir con el sentimiento de culpa, a nosotros, los hijos de, a los hijos de los obreros, a los hijos de los derrotados, a los hijos de los sin nadie, de los débiles, de los atroces, de los enemigos del pueblo.

Recuerdo que a aquellos que pertenecíamos a ese nutrido grupo de perdedores, se nos inclinaba la cabeza cuando oíamos hablar a los otros, a los con, a los con casa, a los con padres, a los con familia, a los con vidas, a aquellos que sí iban a la escuela, al instituto, a la universidad. Les veíamos salir desde sus casas, triunfantes, con sus carpetas nuevas, con su flamante carné de conducir, con sus coches nuevos, mientras que a nuestras zapatillas de deporte les teníamos que poner cera de vela en la suela para que el agua de la lluvia no nos mojase los calcetines. Siempre acaecía lluvia sobre la ciudad. Decíamos. Éramos sus hijos. Lo sabíamos, porque no teníamos techo donde resguardarnos. La calle entera salía a recibirnos, mientras naufragábamos entre su asfalto, entre sus calles, entre el mar imperecedero que se alzaba invicto ante nuestros ojos.

Sabíamos que habíamos perdido nuestra batalla, antes incluso de nacer.

Sabíamos que no pertenecíamos a ese grupo selecto de elegidos, porque nadie nos invitó a aquel banquete. No éramos como ellos. No vestíamos como ellos. No pensábamos como ellos. Nuestro color de piel no era como el de ellos.

En nuestro rincón más íntimo sabíamos que habíamos fallado. Sabíamos que habíamos perdido nuestra batalla, antes incluso de nacer. Nos acobardamos. Asentíamos con nuestra cabeza. Sabíamos que estábamos destinados a ser la pata de la mesa que hoy cojea y a día de hoy aún tenemos que ir pidiendo perdón por un pecado que no hemos cometido. Y sin embargo aprendimos que este máster lo pagábamos nosotros, con la sangre en nuestras arterias palpitándonos, dejándonos la piel entre las calles, con el corazón en la boca proclamando día a día pan, justicia y trabajo. Aunque no lo consiguiésemos, aunque no estuviese hecho para nosotros.

 

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