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03/05/2020 10:31 CEST | Actualizado 03/05/2020 10:31 CEST

El miedo nuestro de cada día

La tristeza también se contagia.

Carlos Alvarez via Getty Images
Gran Vía de Madrid

Me despierto temprano. He tenido pesadillas. Lo sé porque el miedo se ha quedado aquí conmigo. El corazón agitado. Siento como si todavía estuviera cayéndome a un abismo. Ese es un sueño recurrente desde que empezó la cuarentena. Que me caigo. Me levanto de la cama. No sé cuándo estoy. Ahora todos los días se parecen tanto. Dará igual que sea martes, jueves o domingo. Salgo de la habitación cargando todo el peso de un lunes por la mañana. Preparado para enfrentarme a lo peor. Enciendo la televisión. Siguen las malas noticias. Y no solo en España, donde la situación ha mejorado mucho, sino también en Perú. Ahora vivo entre ambos países. Me preocupa el aquí y el allá y viceversa. Me da ansiedad no saber cuándo recuperaremos la vida en Madrid. Me da ansiedad que mi familia esté tan lejos y que no pueda hacer nada para cuidarlos. Me preparo el café con ideas negativas en la cabeza. ¿Qué pasaría si alguien que quiero se enfermara? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que decidieran avisarme? Seguro recibiría una llamada de la persona más calmada. Quizás mi hermana o mi hermano. Esa voz al otro lado del móvil trataría de contarme la versión para niños de la historia, para no asustarme. Con una cucharilla le doy dos vueltas al café. Trato de calmar mi cabeza. No quiero seguir por el camino del miedo porque sé que me llevará a un lugar muy oscuro. No quiero ponerme en un escenario peor, uno en el que no pueda despedirme de las personas que más quiero. Necesito tomarme ese café y sacudirme las ideas negativas. Escapar de mis pesadillas de una vez. No caer en el abismo. 

K se despierta y sale de la habitación. Quizás ella nunca sepa todo el bien que me hace simplemente verla ahí, tirándose al sofá con su pijama rosado, el pelo revuelto, la cara contenta. Debería decírselo más seguido. Debería decírselo más seguido a todas las personas que me hacen sentir menos solo. A mis amigos del colegio, por ejemplo. Últimamente discuto muy seguido con ellos por WhatsApp. Peleamos por cualquier tontería y luego nos perdonamos con audios y memes. Y al día siguiente otra vez lo mismo. Sabemos que el culpable de todo es el estrés de estar encerrados. De no saber qué pasará. Varios de ellos tienen hijos. No puedo imaginar la preocupación de un padre. Cuando nacieron mis sobrinos, no podía dormir por el temor de que les pasara algo. Que se cayeran de la cuna o se arrojaran por una ventana. Es lo más cerca que he estado de ser padre. 

Detrás de cada cifra que vemos en las noticias hay una historia que probablemente no conozcamos nunca.

Le preparo también un café a K. Pronto ella tendrá que teletrabajar y yo tendré que inventarme alguna ocupación para pensar en cosas menos tristes. La cuarentena nos ha convertido en dos planetas que habitan y orbitan en un pequeño espacio de 45 metros cuadrados. Dos cuerpos que juegan al viejo sistema de traslación y rotación, acercándose, haciéndose compañía, pero sin colisionar. Sincronizados como bailarines. Si K está en la habitación, entonces yo cojo mis cosas y voy a la sala/cocina/comedor/oficina/lavandería del piso que hemos alquilado en Madrid. Así y viceversa. Creo que lo estamos haciendo bien. Cada uno en lo suyo. En un rato ella encenderá la portátil y será mi hora de orbitar por ahí. Hacer algo, lo que sea que me distraiga. Menos escribir. Eso no. Se me hace muy difícil escribir así. Solo comenzar este post me está tomando días. Prefiero escapar de aquí mientras miro una película o leo un libro que no trate de pandemias. Tengo varios libros conmigo. Me los traje desde Lima. Un idiota que no sabía que en Madrid existen bibliotecas gratuitas. Un idiota que cruza el Océano Atlántico con la obra completa de Franz Kafka, las memorias de Bryce Echenique y una antología de entrevistas a Vargas Llosa. Pagué 100 dólares de sobrepeso y casi me rompo la espalda cuando cargué la maleta. Ahora los invoco a todos. Los necesito a todos. Leer, leer, leer y negar la realidad. 

Esta mañana me gustaría olvidar, aunque sea por un momento, que allá afuera están muriendo miles de personas. Que sus familias se quedan devastadas porque no lograron despedirse. Detrás de cada cifra que vemos en las noticias hay una historia que probablemente no conozcamos nunca. Me siento afortunado y a la vez avergonzado. Si fuera mejor persona no debería ni siquiera sentarme a escribir esto. Tampoco compartirlo por redes sociales. Son demasiados pensamientos amargos para soportarlos. No se lo digo a K porque a veces hay que desayunar las penas solo. La tristeza también se contagia. Prefiero que sea ella quien me cuente algo, cualquier cosa, y dejar que su alegría me cure lentamente mientras el café hace efecto. Doy un sorbo largo a la taza. En las noticias españolas están hablando de los niños. Ellos ya pueden dar paseos. Una niña de la mano de su padre aparece en la imagen. Lleva dos trencitas que cuelgan a los lados de la cabeza y mira a la cámara, nos mira a todos, con los ojos más alegres que hay. La niña está sonriendo detrás de su pequeña mascarilla. La veo y también sonrío. Me da fuerzas. Ya me voy sintiendo mejor. Un poco mejor. Esto se me irá pasando y, en unas horas, cuando por fin amanezca en Lima, llamaré a casa. Dará lo mismo si es martes, jueves o domingo. Sé que allá siempre habrá alguien que responda.