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06/09/2020 09:10 CEST | Actualizado 06/09/2020 09:10 CEST

El neorrealismo italiano: la vanguardia cinematográfica del imperio romano

Nunca antes, y nunca después, el cine se parecería tanto a la vida, sin importar todas las sombras que se ocultan tras su pátina de brillo y esplendor.

Ahora que nos encontramos inmersos en pleno Festival de Cine de Venecia (en puridad, la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica della Biennale di Venezia) no está de más recordar que hubo un tiempo en que el cine italiano representaba el epicentro de la cinematografía mundial. Como un nuevo imperio romano, Italia se convirtió en eje central de la vanguardia artística, en una conjunción astral sin parangón que reunió bajo el mismo abrigo a decenas de artistas del más elevado nivel intelectual. 

Pensar en ello ahora asusta y aun da vértigo, máxime si se tiene en cuenta que hace años que no se ha vuelto a dar una aproximación similar en ningún país del mundo, con la excepción, aunque leve y muy lejana, del Irán de Abbas Kiarostami, Asghar Farhadi y Jafar Panahi. 

Desde mediados de los años cuarenta hasta mediados de los cincuenta, el cine italiano llegó a la cúspide de la brillantez, con una propuesta cinematográfica imposible de inscribir en ningún movimiento, salvo el de corriente alterna. El neorrealismo era pura vanguardia expresada con orgullo y honradez, apelando a la realidad como bandera y a la gente de a pie como protagonista. Nunca antes, y nunca después, el cine se parecería tanto a la vida, sin importar todas las sombras que se ocultan tras su pátina de brillo y esplendor. 

Hacía media centuria que la Escuela de Brighton había llevado a cabo sus primeras aproximaciones realistas, con sus ambientes y temáticas costumbristas, si bien el resultado era menos cinematográfico, más amanerado; también quedaba lejos la corriente documental que el neorrealismo no buscaba. Porque no pretendían mostrar la realidad, sino crear ficción con base real. Y lo consiguieron, sus cintas emocionaron por cercanas, sus personajes se querían sin ninguna dificultad y empatizar con la situación, cualquiera que mostrase, resultaba sencillo por lo cotidiano de su planteamiento. Todo en el neorrealismo era ficción al cien por cien real.

En un momento providencial e irrepetible, coincidieron en un mismo lapso espaciotemporal autores como Roberto Rossellini, Vittorio De Sica, Federico Fellini, Luchino Visconti, Luigi Zampa y Pietro Germi, junto con los notables Renato Castellani, Giuseppe de Santis, Alberto Lattuada, Francesco de Robertis, Francesco Maselli o Carlo Lizzani. Incluso con ellos estuvo Mario Monicelli y Luigi Comencini, autores paradigmáticos del neorrealismo ‘rosa’ o la commedia all’italiana, o postneorrealistas como Michelangelo Antonioni. Más de una decena de genios surgieron al albor de la posguerra en un grito desesperado por llenar de humanidad la tragedia y de rescatar el arte en tiempos de crisis.

El espectro cinematográfico internacional se rindió ante ellos; el Hollywood clásico del glamour, del champagne y de las alfombras rojas, palidecía al ver la interpretación visceral y genuina de Anna Magnani, Sophia Loren, Marcelo Mastroian o Monica Vitti. Aquellos actores eran estrellas, y conseguían que su fuerza interpretativa traspasara fronteras y cualquier barrera idiomática. Estaban llenos de verdad.

Para ello, una legión de actores no profesionales contribuía a otorgar la verosimilitud que le faltaba al resto de cinematografías, despertando el interés de unos jóvenes franceses que, una década después, entregarían la nouvelle vague influenciados por esta búsqueda de verdad.

De repente, el público enmudeció ante títulos como Roma, città aperta (1945), por la que Roberto Rossellini, precursor del movimiento, recibió la Palma de Oro Festival de Cannes. Y volvió a enmudecer con Paisà (1946) o Alemania, año cero (1948), todas ellas de Rossellini. Pero también lo hizo con El limpiabotas (1946) y El ladrón de bicicletas (1948), otorgándole a Vittorio de Sica el reconocimiento internacional con dos premios Oscar. Años más tarde, Fellini no quedaría a la zaga, I Vitelloni (1953) se llevaría el León de Plata en el Festival de Venecia, al igual que La strada (1954), a cuyo palmarés también añadiría el Oscar a la Mejor película extranjera.

Un cine desnudo y sin medios, rodado en entornos reales devastados, que relataba historias de necesidad y miseria con unos actores dispuestos a bajarse del estrellato para encontrarse con la realidad, colisionaría con un Hollywood de ensueño, grandes estudios y escrupulosa planificación. 

Y así, el mundo quedó impactado por aquel grupo de artistas que, sin medios técnicos ni grandes inversiones, pusieron todo su talento al servicio del arte, aunque los restos humeantes de la segunda guerra mundial fueran la cicatriz que marcaba su argumento y su paisaje.

A partir del neorrealismo italiano el cine no volvería a ser lo mismo, porque en su interior se gestó un movimiento que descubrió una dimensión desconocida, la de la verdad narrada con emoción y sin cortapisas.