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28/06/2019 07:29 CEST | Actualizado 28/06/2019 07:29 CEST

El Orgullo y el 'pinkwashing'

El Orgullo es un arma política que nunca debería utilizarse como arma partidista

Spencer Platt via Getty Images
Un grupo de supervivientes que estuvieron presentes en los disturbios del bar Stonewall en 1969. 

La historia es bien conocida: tal día como hoy, hace cincuenta años, en un bar llamado Stonewall, sito en el Greenwich Village neoyorkino, un grupo de personas homosexuales y, sobre todo, transexuales y travestis, que se encontraban allí reunidas, hartas de los abusos policiales, se armaron de valor y... la armaron buena. Son los conocidos “disturbios de Stonewall”, que se prolongaron durante varios días (con sus noches), y que representan un punto de inflexión en la toma de conciencia y en la lucha por los derechos y libertades de las personas homosexuales y transexuales, a las que después se irían sumando las bisexuales, la intersexuales, etc., y que agrupamos bajo el acrónimo LGTB+. 

Desde aquel 28 de junio de 1969 cada año se celebra el Orgullo, que no es otra cosa que una gran manifestación política en la que la reivindicación de la igualdad de todas las personas con independencia de su orientación sexual e identidad de género constituye el eje central en torno al cual se monta la fiesta. En nuestra sociedad del espectáculo hay quien se olvida, o, con aviesa intención, trata de ocultar la seria reivindicación política que representa el Orgullo bajo el bullicio de la fiesta. Craso error, pues no podemos ignorar que esta sería imposible si aquella no hubiera ido conquistando progresivamente cotas de libertad, hace cincuenta años inimaginables. Por eso el Orgullo es, por encima de todo, una gran herramienta de lucha política por los derechos y libertades de las personas LGTB+ a la que no debemos renunciar bajo ninguna excusa.

La historia del Orgullo en nuestro país es también una historia de éxito. Mundialmente conocido, el Orgullo estatal que se celebra en Madrid concentra cada año a cientos de miles de personas de toda condición que conjugan a la perfección la seriedad de la reivindicación política con la alegría de la fiesta. No obstante, en los últimos años, la organización del Orgullo (que corresponde a dos asociaciones a las que la igualdad en este país le debe mucho: COGAM, el mítico Colectivo LGTB+ de Madrid, y FELGTB, la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales, que agrupa a la mayor parte de las asociaciones que en España defienden los derechos de estas personas) no está exenta de polémica a cuenta del veto a determinados partidos políticos para participar en la manifestación (o bien en la pancarta de cabecera, o bien más atrás, con una carroza). Circunstancia que este año se ha producido también en la manifestación del Orgullo que se celebra en Barcelona, en donde las asociaciones organizadoras han vetado asimismo la participación de Ciudadanos.

El Orgullo es un arma política que nunca debería utilizarse como arma partidista.

Sin negar que los avances en las conquistas de los derechos de las personas LGTB+, casi sin excepción, han venido de la mano de los partidos de izquierdas o progresistas, y que, en no pocas ocasiones, los partidos conservadores o de derechas han puesto difíciles obstáculos para que ello fuera así, la orientación sexual o la identidad de género de una persona no se pueden vincular a una determinada posición política o partidista. Dicho de manera más clara y sencilla: Hay personas LGTB+ de izquierdas, de centro y de derechas (si queremos seguir usando esta vieja clasificación), y todas ellas, desde su respectivo posicionamiento ideológico, tienen “derecho” a participar en el Orgullo, y a sentirse representadas en él por aquellas fuerzas políticas con las que se identifican y que desean acudir a esa manifestación en pos de la igualdad.

El Orgullo es un arma política que nunca debería utilizarse como arma partidista, porque de hacerlo así acabará perdiendo toda la potencia de su voz: reivindicar la igualdad de todas las personas LGTB+ (que, como el resto de la sociedad, pueden ser de izquierdas, de derechas o de centro). Eso es lo que se reivindica en el Orgullo: que ninguna persona sea discriminada por razón de su orientación sexual o identidad de género, al margen de cualquier otra consideración, entre las que, por supuesto, se encuentra su simpatía por uno u otro partido político (ya sea PSOE, PP, Ciudadanos, Podemos o Vox, entre otros). Por eso, si alguno de estos partidos quiere participar en el Orgullo, o bien en la pancarta de cabecera o bien detrás con una carroza, como es claramente el caso de Ciudadanos, debería poder hacerlo. Y después ya habrá tiempo para poner de relieve sus incongruencias o contradicciones o, dado el caso, su LGTBfobia.

El argumento más común para justificar la negativa a que ciertos partidos participen en el Orgullo se resume con el neologismo anglosajón pinkwashing o “lavado rosa”, que en sus orígenes, en Estados Unidos en la década de los noventa del siglo pasado, hacía referencia al lazo de este color que tanto se popularizó para concienciar sobre el cáncer de mama; mediante la expresión pinkwashing la Asociación del Cáncer de Mama denunciaba a aquellas empresas del sector alimentario que defendían la lucha contra esta enfermedad como forma de marketing mientras producían alimentos “de comida rápida” perjudiciales para la salud. Más tarde, el movimiento LGTB+ adoptó este mismo término para cuestionar la estrategia política o de marketing que utilizan determinados gobiernos, asociaciones o empresas, que, mediante la promoción o apoyo a la causa LGTB+, tratan de mostrarse como progresistas o tolerantes, cuando, en realidad, no lo son. Para algunos, el caso más paradigmático es el del Estado de Israel, que escudándose en su apoyo al colectivo LGTB+ pretendería aparecer ante la opinión pública internacional como un país respetuoso de los derechos humanos, tratando de ocultar o disimular así su política represiva de la comunidad palestina.

Ser lesbiana, gay, transexual, bisexual o intersexual no es una opción partidista, ni siquiera política, sino una condición personal.

Pues bien, aunque el pinkwashing sea, en efecto, un argumento a tener muy en cuenta en determinados contextos, aplicarlo en el concreto ámbito del Orgullo resulta, sin embargo, no solo conceptualmente inadecuado, sino también, desde un punto de vista estratégico, profundamente equivocado. Al Orgullo se va a reivindicar la igualdad de las personas LGTB+, y, por tanto, cabe entender que quien allí acude es eso lo que está haciendo. Nada que objetar, entonces, sino todo lo contrario. Cuantas más personas, partidos políticos, sindicatos, asociaciones, empresas, etc., se sumen a esa reivindicación, más fuerte será esta. Los avances en la conquista de la igualdad (ya sea entre hombres y mujeres, entre blancos y negros, o entre heterosexuales y homosexuales o cisexuales y transexuales) precisan de la construcción de un amplio consenso social en torno a esa idea, al margen de que en relación con otras puedan seguir existiendo discrepancias profundas.

Ser lesbiana, gay, transexual, bisexual o intersexual no es una opción partidista, ni siquiera política, sino una condición personal, y quienes la ostentamos somos igual de dignos y merecemos el mismo respeto que quienes son heterosexuales o cisexuales, con independencia, lógicamente, del partido al que votemos. Por eso, quienes quieren estar en el Orgullo defendiendo la igualdad de las personas LGTB+ deben poder hacerlo. Solo así podremos seguir avanzando hacia una sociedad más justa e igualitaria en materia de respeto a la diversidad sexual.

 

Antonio Arroyo Gil. Profesor de Derecho constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid. Premio Pedro Zerolo a la Trayectoria 2015, concedido por COGAM. @AArroyoGil