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23/06/2020 10:33 CEST | Actualizado 23/06/2020 10:33 CEST

El PP pro revolucionario

El problema español es ese casticismo chulo que incluso en los momentos más graves desatiende la llamada de la razón.

Europa Press News via Getty Images
Bancada del PP en el Congreso durante una intervención de su líder, Pablo Casado. 

Tras los desastrosos resultados obtenidos en toda Europa y parte del extranjero con la gestión integrista de la crisis del 2008 según el modelo de la ‘perra chica’ de ese neoliberalismo que es al liberalismo como la astrología es a la astronomía… los políticos sensatos, los economistas rigurosos, las grandes organizaciones mundiales y hasta la Santa Madre Iglesia -con excepción de algunos de sus tontos solemnes que le echan la culpa al diablo y al anticristo- vienen pidiendo menos austeridad y frenar el desarbolamiento del Estado de bienestar. Y más gasto público para fortalecer los pilares de las sociedades. 

Es la clásica discusión de besugos entre los que defienden que hay que proteger a los ricos para que creen riqueza que les haga más ricos, y así sucesivamente; y los que por el contrario apuestan, en línea con la Constitución de 1978, por que lo que tiene que prevalecer es el interés general. 

Una pista de lo que es este principio lo da el capítulo 1 de la CE: “España se constituye en un Estado social y democrático de derecho”. Y ‘neoliberal’, para entendernos mejor, viene a ser el polo opuesto a ‘social’. 

Las ‘reformas estructurales’ es un eufemismo que esconde el drástico recorte de una parte del gasto público: de aquella que no va a los negocios privados, bien por la vía de subvenciones y ayudas, o bien por la vía de extracción o parasitación de rentas. La otra parte, la dedicada a la educación pública, a la sanidad pública, a las pensiones públicas, a las ayudas a la dependencia y a la tercera edad, a las viviendas públicas… ha sido objeto del mayor y más cruel de los rigores. 

Miles de viviendas públicas han sido vendidas a precio por debajo del coste y del mercado a ‘fondos buitre’. Es un típico caso de extracción de rentas. Prestigiosos economistas (entre otros muchos, Stiglitz o Krugman) ponen otros parecidos ejemplos de este método, como vender a una empresa privada por 500 millones de dólares una mina que al día siguiente puede venderse en 1.000 millones. Este virus -o bacteria, para que no se confunda con la Covid 19- puede infectar incluso a otras ideologías, porque en todas hay sectores que consideran ‘guay’ y que ‘mola mucho’  adelgazar al Estado. Pero hay dietas que acaban matando o provocando un amplio panel de enfermedades. 

Es falsa la teoría de que siempre lo privatizado funcione mejor que lo público, como hemos podido comprobar con la privatización de Endesa o con la del 49% de AENA.

Además de que es falsa la teoría de que siempre lo privatizado funcione mejor que lo público, como hemos podido comprobar con la irresponsable privatización de Endesa, vendida a la pública italiana ENEL, o con la estúpida privatización del 49% de AENA que produjo un enorme beneficio a los socios privados el mismo día que salió a bolsa. En cuatro años (2015/2019) los inversores privados ganaron 1.467 millones en dividendos, que perdió el Tesoro. Aunque solo fuera por su interés nacional derivado de su valor estratégico de cara al turismo y al tráfico aéreo en general, nunca debió de ser privatizada… sobre todo cuando sólo de un 1% depende que el Estado pierda el control.

Esa modalidad de gestión, típica de un capitalismo extremo convertido en doctrina religiosa, donde lo que importa es la fe ciega y no los números ni las consecuencias, tuvo fatales efectos secundarios en Europa: volvieron a aparecer los salvapatrias del populismo de extrema derecha y de extrema izquierda, acompañados de un nacionalismo y un tribalismo que pone en cuestión la misma unidad europea. Una unidad que ha logrado el periodo sin guerras y el progreso más sostenido de toda la historia del continente. Por eso tanto Merkel como Macron han dicho que ‘el nacionalismo es la guerra’.

En España, la dureza de unos ‘ajustes’ obsesivos llevados a cabo por el Gobierno del PP terminaron por sacar a la calle a millones de personas en todo el país. Fueron aquellas ‘mareas’ de colores. Los sanitarios, que protestaban por el deterioro de la sanidad pública -no hay que olvidarlo, las mascarillas y las UCIS no aparecen como las amapolas en primavera-; los profesores, que alertaban del destrozo infligido a la educación y la investigación; los pensionistas, cansados de ser hucha para pagar platos rotos…

En ese magma, que fundió las diversas protestas en el 15-M en Sol, primero surgió  Podemos que ‘confiscó’ aquel proceso asambleario y de masas. Las organizó y las convirtió en un movimiento; después se coció Vox en el aparato digestivo del PP. Podemos y sus confluencias y Vox son resultado de aquel ataque al Estado de bienestar; igual que fue también consecuencia del ataque a las clases trabajadoras y medias europeas, desde Reino Unido a Hungría y a Grecia, el resurgimiento de organizaciones exaltadas de una extrema izquierda nostálgica del comunismo interruptus, otras desenfadadamente neofascistas y hasta neonazis, y un batiburrillo de nacionalismos resentidos a la carta. 

El PP español no ha controlado su tic y se ha aliado de inmediato con el ala dura del PP europeo, exigiendo una vigilancia especial para que España pueda disponer de esos fondos.

El problema español es ese casticismo chulo que incluso en los momentos más graves desatiende la llamada de la razón. Empléense todos los argumentos que se quieran emplear, todos basados en dimes y diretes y en el clásico ‘yo meo más lejos’... hay un hecho real: el PP y Ciudadanos, que en ese momento viajaba al soco de la derecha impaciente, no tuvieron en cuenta la necesidad de ese ‘gran pacto de Estado’ con el PSOE que tras la moción  de censura a Rajoy pedía la mayoría de la sociedad española. Y muchos líderes europeos. También esto está en las hemerotecas, que ya no son de estanterías de metal en cuartos cerrados llenos de ácaros sino las entrañas de la nube digital. Ya no se necesita una llave sino un clic.

Justo cuando la Comisión Europea propone un fondo de ayuda para la ‘reconstrucción’ de los estados más afectados por la pandemia, el PP no ha logrado controlar su instinto homicida o amputacional del Estado de bienestar, aunque sepa esperar su momento. Se ha aliado con los países ‘frugales’ del norte, los insolidarios tradicionales, para exigir drásticas ‘reformas estructurales’ y fuertes recortes del gasto público a los del sur… que tienen el comprensible objetivo de alcanzar los niveles del norte. 

Claro que si es por despilfarro sería además de cómico insensato negarle al PP su doctorado por ejemplo en Madrid y en Valencia. 

Los argumentos que dan los líderes más exigentes de los dietistas ricos son los habituales de un tiempo a esta parte agresiva de los reaccionarios de todo el mundo que tanto han escandalizado al propio PP, por lo menos de bocas hacia fuera, por su desprecio al sur, a un punto de la xenofobia, y por su falta a la verdad. 

En cuanto la UE ha logrado un acuerdo inicial para ayudar a los más afectados por la pandemia, Suecia, Austria, Dinamarca, Países Bajos, quieren volver a sacar la hoz y el martillo para ‘sanear’ a los sures, sin darse cuenta de que otros tienen más experiencia con ese instrumental.

El PP español no ha controlado su tic y se ha aliado de inmediato con el ala dura del PP europeo, exigiendo una vigilancia especial para que España pueda disponer de esos fondos. A ello le mueven dos razones muy ‘personales’: su propia teología neoliberal que subordina lo público a lo privado; y el ‘imperativo estratégico’ de impedir que el actual Gobierno pueda emprender una reconstrucción apoyada en unos 150.000 millones de euros comunitarios. Parece obvio que su juego es ganar tiempo, impedir la aprobación de los presupuestos, hacer la situación insostenible, probar suerte con unas elecciones anticipadas…

El problema español es ese casticismo chulo que incluso en los momentos más graves desatiende la llamada de la razón.

Lo que no está computando la derecha nacional, follonera y encantada con la bronca ciega, aunque la izquierda se ponga ‘morada’ regando las calles con cáscaras de plátano, es la advertencia de las organizaciones internacionales de que en España no se puede seguir aumentando la brecha social. Que hay que tranquilizarse, todos. Que hay que gastar en políticas sociales. Que la pandemia ha demostrado que las inversiones en infraestructura, medios y personal tanto del SNS como de la atención a mayores y personas dependientes debe de ser una absoluta prioridad estratégica. Para la salud de los ciudadanos, y para la salud de la democracia. 

Ni los errores de la derecha deben servir para que la izquierda socialdemócrata se cierre al diálogo y al acuerdo; ni los errores de la izquierda socialdemócrata deben servir para que la derecha liberal se cierre al diálogo y al acuerdo. Porque ya se oye la rompiente en el precipicio.

Excepto que los populares sean unos revolucionarios encubiertos. Porque a veces parece que son aliados del chavismo que tanto denuestan.