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17/01/2021 10:03 CET | Actualizado 17/01/2021 10:03 CET

El ruido y la furia

Sin mediar palabra de cortesía, navaja entre los dientes, los diputados se lanzan al cuello del contrario.

EFE
Congreso de los Diputados.

No recuerdo en qué debate escuché a un contertulio que el ruido y la furia en las Cortes eran normales; sucedía en Inglaterra y no pasaba nada. Al susodicho se le olvidó mencionar que a las grescas londinenses, lo único que se ve en las televisiones, les anteceden en sede parlamentaria rigurosos posicionamientos políticos que sirven en bandeja la posterior pelea.

En España ocurre al contrario. Sus señorías no aportan ninguna solución o aproximación. Sin mediar palabra de cortesía, navaja entre los dientes, los diputados se lanzan al cuello del contrario. También he escuchado que los arcabuzazos son un clásico de nuestra historia parlamentaria. Falso. Al leer los diarios de sesiones de la primera y la segunda república se encuentra uno con autenticas joyas literarias en la defensa de las propuestas, y en las respuestas de pincel fino, una ironía cargada de mala leche y de cierta frivolidad que destensa. Y lo posterior. Señorías, tendrían que visionar los sanos debates de la transición.

La cuestión de fondo es que nuestros parlamentarios, con licenciaturas, máster, cursos, grados, un largo etcétera de titulitis, carecen de formación. Restando lo referido a sus estudios, apenas han leído libros, y menos tratados de historia de izquierda y derecha con los que idear una noción sobre nuestra patria y sus varios requiebros.

No es que los parlamentarios formen una casta, es que constituyen una élite dividida en partidos

Hay excepciones, por supuesto. Quizás nuestros parlamentarios deberían contar con una humanidad solidaria y no solitaria. Un minero o un jornalero saben lo que cuesta ganarse las lentejas y luego disfrutar de una cerveza a la sombra o al calor mientras el puchero está lleno en casa; conocen de gestión, de lo personal, la que mueve España. Ellos viven la realidad al filo, e incluso, con el doble esfuerzo de las crisis, son capaces de encontrar un momento de solaz. No estaría de más que los parlamentarios tuviesen amigos de a pie y escuchasen sus problemas en vez de captarlos a vuela pájaro en los folios de sus asesores. Ni que los partido incluyesen en sus listas a trabajadores sin una formación académica excesiva pero con cabeza política que traerían al Congreso un vendaval de humanidad y cortesía y solvencia en la sabiduría y arreglo de lo real.

Nuestros parlamentarios, que con empeñado ahínco defienden un estado del bienestar que ya han minado con el trampantojo las transferencias competenciales, pasean de la manita, cenan, se divierten o se apenan con activos de sus partidos políticos, incurriendo a menudo en lo clásico, la palmadita al líder para medrar.

No es que los parlamentarios formen una casta, es que constituyen una élite dividida en partidos. Lo que caracteriza a una élite es que es incapaz de salir de su reducido círculo de poder y darse un paseo por la realidad. Así que nuestros parlamentarios no conocen ni España ni las necesidades de los españoles. No nombraré a qué líder político vi en una terraza hace unos meses. El líder estaba acompañado únicamente de lo suyos. Los poderes ejecutivo y legislativo carecen de perspectiva al no mezclarse con la ciudadanía. A mí, lo cierto, no me gusta que me gobiernen las élites, porque las élites sólo piensan en si mismas. Las élites clásicas y las élites populistas, que comparten su apego al mando y ordeno.

Suena escandaloso oírles hablarles de una libertad que cada día nos arrebatan

La cuestión se agrava con la pandemia y sus recias crisis. Seguimos esperando un pacto nacional de los grandes partidos constitucionalistas, en especial del PSOE y del PP: la respuesta unitaria a la pandemia. Ni ocurre ni ocurrirá. Lo quieran o no, que lo quieren, los políticos están poniendo los muertos del virus en el centro de sus peleas pandilleras.

Se libra de momento Cs. Encima arguyen su preocupación al aparecer la clase política entre los primeros problemas de los españoles. Antes había tres clases: la alta burguesía, la media y la trabajadora. Que los articulistas denominemos ′clase’ a los políticos representa lo que son y lo que parecen.

Encima, a todos, les ha dado por poner en sus bocas la palabra libertad. Suena escandaloso oírles hablarles de una libertad que cada día nos arrebatan tanto desde las leyes aprobadas como las presentadas por la oposición. De continuar de esta guisa, en no mucho tiempo, por culpa de la mayoría de los partidos, deberemos defender nuestras libertades individuales y colectivas y exigir que nos rindan cuentas.

Sus señorías gritan mientras la gente enferma, muere o se queda en el jodido paro. Los políticos, por lo general, no respetan el sufrimiento de la sociedad. Lo afirman sus actos y su falta de tacto en la controversia parlamentaria.

Lo que está claro es que, tras la inmunidad de rebaño, España se transformará en una manifestación perpetua con crispación, violencia y actos vandálicos. Entonces los políticos nos pedirán paz y mesura, la misma que ellos no practicaron antes. 

Que no se extrañen sus señorías cuando en las próximas elecciones aumenten   las papeletas en blanco y, con clamor, la abstención.

Señorías, expliquen por qué se niegan a trabajar en lo fundamental: la concordia.

Sin concordia y consenso tardaremos años en ver la luz.

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