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29/07/2020 18:54 CEST | Actualizado 29/07/2020 18:55 CEST

El sello del silencio

Se estima que el exceso de ruido ha producido 12.000 muertes prematuras y 48.000 casos de cardiopatía isquémica.

Dennis Gleiss via Getty Images
Una calle vacía en Barcelona durante el confinamiento. 

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Me viene a la memoria una anécdota sobre mi hijo. Dormía con tapones en los oídos. Y no porque el piso fuera ruidoso. Era silencioso y soleado. Y eso que estaba en el centro de la ciudad de Barcelona, donde el rumor del ruido nos ataca con unos 70 decibelios constantes. Me imagino que, de este modo, taponando sus orificios auditivos, se empapaba del pálpito del silencio.  De hecho, me parece que todavía los usa. En el campo dejaba de ponérselos porque, allí, no los necesitaba.  

A pesar del gozo y la plenitud que el silencio nos regala, a mí me parece que, en general, se le teme; el silencio es uno de los grandes desconocidos de la humanidad occidental y occidentalizada y, por ello, inspira pánico. No hemos aprendido a sentirlo; no sabemos aprehenderlo, escucharlo. Nos remite a la oscuridad, a la experiencia de la soledad; quiero decir, al hecho de sentirnos solos y abandonados. Nos hemos habituado a vivir entre el fragor del tráfico, el aullido de las alarmas y las sirenas de los bomberos y la policía; entre el martilleo de las obras y el zumbido del aire acondicionado... con el espantoso ruido de los aviones del aeropuerto de Barcelona, por poner un ejemplo, profanando las playas de Castelldefels, colindantes a la ciudad. El ruido persistente ensucia a las ciudades, las daña con una epidemia de estrés, de insomnio, de ansiedad y enfermedad.

La civilización malentendida, lucrativa a mansalva para algunos y destructiva para toda la humanidad, es una de las grandes paradojas.

En plena pandemia, la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) publicó un informe demoledor, El medio ambiente en Europa: Estado y perspectivas 2020: 113 millones de personas sufren en nuestro continente los efectos de la contaminación acústica. España es uno de los países más ruidosos y supera la media europea con el 24,8% de la población expuesta al sonido del tráfico rodado. Se estima que el exceso de ruido ha producido 12.000 muertes prematuras y 48.000 casos de cardiopatía isquémica (estrechamiento de las arterias de corazón), además de alteraciones en los sistemas cardiovascular y metabólico, trastornos graves del sueño, episodios de ansiedad y estrés, y deficiencias cognitivas en los niños. 

Es posible crear espacios donde los sonidos naturales sean nuestros invitados de honor.

Confinados nuestros cuerpos en casa debido a la pandemia del covid-19, el ruido no alcanzaba, en la mayoría de las ciudades, los 55 decibelios. Se atenuó de golpe. El bramido del monstruo urbano dejó paso a una repentina quietud y el aire quedó impoluto de contaminación. Los beneficios para la vida diaria fueron indiscutibles. En Barcelona, ​​sin ir más lejos, los niveles sonoros bajaron más de 9 decibelios. En Lleida, la presión acústica disminuyó hasta ocho veces y la percepción sonora aumentó un 14%. No creo que nadie pueda olvidar las imágenes publicadas de ejemplares de los los más variopintos animales paseando a sus anchas por las calles de ciudades y pueblos. El silencio se adueñó de todos los espacios abiertos; usurpó las calles y el alma aturdida de la gente. No es este el silencio que queremos. No deseamos el silencio del miedo; de la muerte que nos acosaba. Sin embargo, la sensación de oír los propios pasos al caminar, la sensación tan profunda de silencio, sus virtudes psíquicas y físicas, ha sido tan impresionante que debería llevarnos a reflexionar sobre su necesidad. Una necesidad que ya forma parte del gran cambio que se está generando a escala global con el objetivo de crear e impulsar ciudades más verdes, donde las piernas, la bicicleta y el transporte público eléctrico sean los vehículos prioritarios. Y, en último término, el coche eléctrico. Actualmente, en las calles de Barcelona, así como en las de otros muchos pueblos y ciudades, se están creando nuevos carriles para bicicletas restando espacio a los coches y esto representa un nuevo avance de lo más positivo.

En esta segunda quincena de julio el coronavirus de las narices ha vuelto a mostrar sus garras. Ni que decir que me he recluido en mi caparazón. El hecho es que he leído de un tirón el libro One square inch of silence de Gordon Hempton, el ecologista acústico y grabador de sonido galardonado con un Emmy, también conocido como el mejor «rastreador de sonido» del mundo. Durante los últimos 30 años, este personaje, único y carismático, ha dado tres veces la vuelta al mundo armado con un micrófono en busca de sonidos puros de la naturaleza. En las Olympic Mountains, a un paso de Seattle, creó hace unos años la simbólica One Square Inch of Silence, una especie de oasis de tan solo 30 decibelios; un paréntesis en el mundo estrepitoso de hoy.  No hace mucho, Hempton cruzó Estados Unidos de costa a costa en un inaudito cross country, captando todos los sonidos autóctonos durante el viaje y escribiendo sobre la marcha un apasionante tratado de geografía acústica. Su archivo sonoro incluye algunos de los sonidos más ricos y complejos del planeta: una colección de «retratos sonoros», como él los llama, incomparable. Probablemente hayan escuchado algunos de estos sonidos en series de televisión, películas, museos... Gordon Hempton ambiciona detener el avance del sonido humano que daña el paso de nuestra vida por el planeta. Lo que ahora más me interesa resaltar es el proyecto que apadrina sobre una red mundial de parques de silencio urbanos.

El movimiento Quit se suma al movimiento Slow iniciado en los años ochenta del siglo pasado. El movimiento Quit tomó impulso el Día de la Tierra del año 2018 con la inauguración del primer parque de silencio en una zona natural, en el río Zabalo, en Ecuador, en plena Amazonia, con la congratulación de la comunidad indígena del lugar. El Día de la Tierra del 2020 (en Cataluña se celebra el día 18 de abril) el proyecto dio un salto cualitativo importante con el reconocimiento del primer parque de silencio urbano en Yangmingshan, en las afueras de Taipei y con el apoyo del Gobierno de Taiwán. En Europa, Suecia lleva la delantera con cinco parques de silencio proyectados en Estocolmo. 

Se estima que el exceso de ruido ha producido 12.000 muertes prematuras y 48.000 casos de cardiopatía isquémica.

Es evidente que en los parques urbanos la quietud natural es imposible. Pero podemos potenciar o crear lugares donde el estrépito de la ciudad se transforme en murmullo sordo, casi imperceptible. Es posible crear espacios donde los sonidos naturales sean nuestros invitados de honor. También áreas cercanas a la ciudad sin estructuras humanas a la vista y donde los ciudadanos puedan respirar sumergidos en la naturaleza. En cualquier caso, el objetivo del movimiento Quit consiste en descubrir y fomentar los beneficios del silencio; la meta es construir inicialmente una red de 50 parques de silencio urbanos. Ciudades como Nueva York, Londres o Portland se han sumado al plan. También Doñana figura en la lista de los 262 sitios potenciales por su diversidad bioacústica, aunque —según nos dice Gordon Hempton— serían necesarios unos cambios en el uso de la tierra para que pudiera conseguir el certificado correspondiente. Extender el sello de silencio a los barrios, en todos los emplazamientos donde los humanos vivimos en comunidad. Y mucho más importante es entender y difundir el programa Quit Youth: no se trata tanto de enseñar el valor del silencio en las escuelas, en la familia o bien en los centros recreativos como el hecho de que descubramos, desarrollemos y preservemos nuestra propia conciencia sensorial. De que la escuela la potencie des de los primeros años de la infancia. Hay mucho trabajo por hacer. Cada uno desde su ámbito. Movimiento Slow, movimiento Ugly food (para más información pueden leer mi artículo Vegetales discriminados: ‘the ugly food’, El HuffPost, 05/05/2016), movimiento Quit, programa QuitYouth, un conjunto de corrientes revolucionarias entrelazadas entre sí y que tienen el mismo ideario: hacer de la Tierra un paraíso donde todos quepamos, donde los humanos podamos vivir con dignidad y sin enfermarnos a nosotros mismos. Este propósito no debería ser simplemente un ideal, sino una meta ineludible. 

Un conjunto de movimientos que, sin duda alguna, están estrechamente enraizados en la lucha para frenar el cambio climático. 

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