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11/10/2019 18:52 CEST | Actualizado 11/10/2019 18:52 CEST

El sí de las niñas

A día de hoy, cientos de millones de niñas y mujeres siguen obligadas a contraer matrimonio.

Robert Alexander via Getty Images
Un tatuaje de Betty Boop. 

Para cuando se adentró en su portal, ya me había acostumbrado a su paso quejumbroso. Era mayor, o eso parecía; su espalda arqueada y la falda de paño negra que lucía delataban su edad. Íbamos las dos por la misma acera de noche, ella lenta, delante; yo cargada de bolsas detrás. No había ni un alma. De pronto, aminoró la marcha, se detuvo y abrió la puerta. Al elevar la pierna para subir el escalón, su tobillo despertó mi curiosidad. Un imponente tatuaje en cuatricromía lucía terso como adherido a la piel de un tambor. La imagen era una Betty Boop típicamente pre-Code, escasa de ropa y de reparos, que adaptaba su anatomía a las curvas del tobillo de la mujer. “Qué edad tendrá”, pensé mientras la miraba, porque se me antojaba del todo incompatible semejante tatuaje con su atuendo y su caminar. Me complació su elección y la libertad que esta suponía. Eran su tobillo, su pierna y su cuerpo, y me sentí complacida porque una mujer de su edad hubiera podido elegir qué hacer con ellos.

Y me complació especialmente porque hacía escasos minutos que había escuchado, en la jornada previa al Día Internacional de la Niña, que cientos de millones de niñas están obligadas a contraer matrimonio forzado en todo el mundo. Millones. Dicho de manera más gráfica, una de cada cinco niñas han sido casadas antes de cumplir la mayoría de edad. Y no, no es una cifra, es una tragedia humanitaria. Además, proseguían, más de 200 millones de mujeres han sufrido mutilación genital. Información escandalosa que toleramos día a día. Como es obvio, ninguna de estas acciones son voluntarias, todo lo contrario, se ejercen sobre una parte de la población vulnerable que requiere de protección (son menores de edad), y que les aboca a formar parte de un grupo social cuyos derechos son raramente respetados.

Aquellos datos impúdicos, que reflejan realidades que todos aceptamos por egoísmo individualista, me recordaron de inmediato una de las películas más sobrecogedoras que he tenido oportunidad de visionar, Agua. No olviden este nombre y que su sencillez no les confunda, porque en ella Deepa Mehta realiza un repaso increíblemente doloroso y lírico a la realidad de las mujeres hindúes durante la etapa del Imperio británico en India.

La protagonista de Agua tiene ocho años y se llama Chuyia (Sarala Kariyawasam). Pero Chuyia no juega ni piensa en sus estudios, sino que es una niña viuda, lo cual destroza su existencia por completo sin haber empezado a vivirla. Como las viudas no pueden rehacer su vida, deben ser recluidas en un ashram para, esencialmente, esperar a la muerte de manera resignada y silenciosa. Como no generan ingresos y sí algunos gastos, a pesar de lo miserable de sus condiciones de vida, las mujeres son prostituidas contra su voluntad, gestionadas por una madame de ida y vuelta de todo llamada Madhumati (Manorama). Pero la prostitución no afecta solo a las mujeres adultas, con todo el drama que eso supone de por sí, sino también a las menores, llegando el momento, como no podía ser de otra forma, de vender la carne de la protagonista al mejor postor.

A día de hoy, cientos de millones de niñas y mujeres siguen obligadas a contraer matrimonio.

La película es de un verismo impactante. Su enfoque realista, con la espléndida fotografía de Giles Nuttgens, y su potente contenido emocional del guion de Mehta, realzado con la banda sonora de A. R. Rahman, le granjearon a la directora una nominación al Oscar a la Mejor película de habla no inglesa en 2007, y un sinfín de premios y galardones.

Pero con independencia de su palmarés, Agua destaca por hacer visible una realidad rara vez manifiesta en nuestra sociedad, la de unas niñas y mujeres que se ven forzadas a seguir la corriente pagando como prenda su voluntad y su vida. Y a día de hoy, cientos de millones de niñas y mujeres siguen obligadas a contraer matrimonio.

Si ya en 1806 Leandro Fernández de Moratín estrenaba la comedia El sí de las niñas, que incluso llegó a estar en la lista negra de la Inquisición, imaginémonos el retroceso que supone, hoy en día, seguir aceptando realidades como esta.

Esperemos que en el futuro las mujeres sean en todo el mundo libres, y la única decisión de la que puedan arrepentirse sea el llevar o no un tatuaje de Betty Boop en el tobillo a los setenta.

 

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