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19/01/2020 11:15 CET | Actualizado 19/01/2020 11:15 CET

El sonido del Holocausto

En Auschwitz llegaron a existir hasta 11 orquestas.

ChiccoDodiFC via Getty Images
Alambrada en Auschwitz. 

Extravagante constancia, ahora sabemos, que la muerte tenía, cautivos, pájaros cantores. Si algo podía resultar inconcebible en el exacto reverso moral del ser humano, en las fábricas de muerte del III Reich, es que hubiera música. La hubo. Mucha. En Auschwitz llegaron a existir hasta 11 orquestas. Música para amortiguar la realidad en todos en todos sus momentos. Uno de los aspectos menos conocidos de los límites de nuestra condición es la radical e instintiva búsqueda de la belleza. En los límites de la más extrema oscuridad seguimos recurriendo al arte como medio de liberación y de lucha. Para los verdugos fue, sin duda, un medio de confundir la culpa y a sus millones de víctimas. Medio válido, incluso, como recurso de supervivencia cuando la vida quedaba rebajada a una dádiva prosaica por parte de los carceleros.

Una reconstrucción de ese grito herido de la música ha sido presentado en el Centro Sefarad en Madrid el pasado 9 de enero: El sonido del Holocausto (Dúo Metha). Un trabajo histórico y musical de dos intérpretes españoles: Rocío y Jorge Cabello, sin duda una obra fundamental en la investigación musical contemporánea en el ámbito hispánico. No se ciñe el trabajo de estos autores, exclusivamente, a rescatar el destello musical de una memoria perdida sino a reivindicar para el espacio creativo actual todo el contenido épico a esa lucha y esa tragedia, así como la todavía estremecedora desaparición de buena parte de la pujante comunidad sefardí europea.  

La Shoah produjo una enorme perturbación en el arte y muy específicamente en la música. No se trataba aquí de concebir ninguna perspectiva estética de esa alteridad inhumana concebida por el nacionalismo racial, no nació una música “otra” o “nueva” como consecuencia de la locura que se conformó políticamente en Alemania.  Aquel régimen tuvo que conformarse con comprobar que ese “otro“ definido para el exterminio, murió heroicamente para su sorpresa como cualquier otra verdadera parte de la humanidad. El fundamentalismo idealista, entorno a la fusión de poder y etnia quizá pudo inventar nuevas formas de matar pero sus víctimas no murieron un peldaño menos -o más abajo- de su inextinguible condición humana.

La música no fue una mera reacción sino que se transformó, tal vez, en la reflexión más potente, profunda y limpia de aquellos acontecimientos. El austriaco Arnold Schönberg consiguió emigrar y en 1947 pudo dar a luz su cantata A Survivor from Warsaw, también Hans Gál, Kurt Weill y otros músicos de origen judío consiguieron con muchas dificultades escapar (parece ser que la mera música era una forma de disidencia llena de riesgo y no faltaron muchos músicos no judíos que hubieron de huir de Europa, como Roberto Gerhard o Martinů).

La Shoah produjo una enorme perturbación en el arte y muy específicamente en la música.

Muchos de los que se quedaron bien en los guetos, en los campos de exterminio o en la clandestinidad sumaron su destino musical a aquellas circunstancias. Música coral, de resistencia y partisana, culta, hubo orquestas (como teatros) en los guetos y la comedia como respuesta frente a la tiranía encontró cabida musical en el cabaret y los cafés concierto.

Intuiciones musicales de lo que acabaría por acontecer también se las debemos a músicos en partituras estremecedoras, como Messiaen, que percibió en primera persona la guerra y anunció con música el advenimiento del horror.  

Posteriormente, en una Europa que intentaba alejarse, gracias al tiempo, de sí misma ubicó en su más indeleble intimidad este recuerdo como un legado europeo con creadores como Penderecki o Gorecki…   

España tuvo su propia introspección musical, sin duda inaugurada por la interpretación genial de las sonatas para cello de Bach por Pablo Casals, grabadas en 1937 en plena Guerra Civil. Su grabación sigue siendo desgarradora y electrizante y su conocimiento es una deuda que aún mantengo con el escritor Justo Sotelo, allá por los remotos tiempos de estudiante. Nuestra propia terrible guerra, ha menguado el recuerdo de los españoles recluidos en los campos de concentración nazis. Sabemos que llegaron a los 9.328 y que de ellos sobrevivieron 3.809. Profesar la memoria haciendo un esfuerzo propio, como comunidad, es una necesidad y, en este preciso ámbito, por su incomprensible escasez, debemos agradecerles mucho a estos dos eruditos y virtuosos músicos españoles, Jorge y Rocío, por su imprescindible trabajo . 

 

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