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12/05/2020 11:00 CEST | Actualizado 12/05/2020 11:00 CEST

El tamaño de la pecera

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No sé dónde nací. Éramos miles y minúsculos. Cuando crecimos nos separaron por grupos. Así pasamos a la cadena de consumo. Estos grupos fueron divididos en subgrupos y enviados a sitios diferentes. En nuestro nuevo destino nos catalogaban por tipo, especie, tamaño o color. Nos exhibían para la venta. Ahora todos teníamos un precio. Yo tuve suerte. Me compró alguien que, sin saberlo aún, nos coleccionaría.

Al principio vivía solo en una pequeña esfera de cristal. Al tiempo empezaron a incorporar elementos decorativos a mi reducido hábitat. Primero un poco de arena blanca en el fondo, luego un coral amarillo de plástico. Estaba bien. Vivía tranquilo. Pero pronto introdujeron a otro en mi esfera privada. Al segundo día me lo comí. Éramos incompatibles. Siguieron otros pocos hasta que dejé de sentirme amenazado y empecé a aprender a convivir con los demás.

El espacio se hacía poco y decidieron que debíamos mudarnos a otra pecera mayor. Era pretenciosa y no añadía mucho más espacio. Ahora las paredes de cristal no eran cóncavas sino planas. Sus esquinas con principio y final creaban una  nueva y diferente visión de la realidad. La otra novedad era una molesta luz cenital que, continuamente, revelaba nuestros movimientos y situación en el habitáculo.

Ahora éramos más. Cada uno iba a su bola. Pero a veces, y no por hambre, se comían unos a los otros. Cuando moría uno se reemplazaba por otro nuevo, que curiosamente siempre era distinto.

Yo había optado por pasarme la mayoría del tiempo detrás de un inmóvil buzo con un cofre lleno de monedas de oro falsas.

Parece que el gusto por coleccionarnos también agrandó el concepto del confinamiento. Así que, de repente y después del trauma causado por otro cambio de temperatura, nos pasaron a un estanco mayor. Ahora estábamos más alto, en el mejor lugar del salón. La jodida luz era aun mayor, pero  teníamos burbujas de aire, que nos vendían como limpio y puro. Era tan grande que soñaba con echarme unos largos.

Por la amplitud del nuevo espacio empecé a crecer de tamaño considerablemente. Crecí tanto que llegue a ser una amenaza para la vida y sostenibilidad de nuestra comunidad. Al parecer yo era de una especie no apropiada para la vida en una pequeña charca.

Me expulsaron y me enviaron a un acuario. Es inmensamente mayor y hay mucha más cantidad y variedad de individuos. Nadie se come a nadie. Los de arriba bajan todos los días y nos dan de comer. Incluso a veces te olvidas que hay límites. Hasta que topas con tu nariz contra el cristal.

No sé quién soy ni dónde nací. Solo sueño que cuando muera arrojen mi cadáver al mar.