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03/03/2020 09:32 CET | Actualizado 03/03/2020 09:32 CET

El tigre entre corderos

Quizás lo más preocupante, aunque parezca que es solo mercancía para el consumo interno, son esas ganas de perpetuarse en los cargos.

Clara-Mrg via Getty Images
Imagen de archivo de Pablo Iglesias. 

Como todo el mundo sabe desde niños, aunque el tigre se críe entre corderos, tigre se queda. Esto lo decía un viejo socialista, con los colmillos retorcidos como un mamut, aunque no eran de marfil y sólo se le adivinaban por la sonrisa a medias burlona y a medias mefistofélica, a propósito de las últimas revelaciones urbi et orbe del co-líder principal de Podemos, Pablo Manuel Iglesias. Y otro compañero, con más prosapia de letras del viejo bachillerato añadía que “el coletas sólo está demostrando lo que hace dos mil años decía  el cordobés Marco Antonio Lucano: ‘No puede depositarse ninguna confianza en los compañeros de gobierno; la autoridad, cualquiera que sea su forma, no sufre (no consiente, sería en lenguaje moderno ad hoc) ser compartida con otro’”.

El jefe podemita, no solo de pensamiento, aparentemente, sino también de palabra y de obra, les está dando la razón a los descreídos que desde el principio del apaciguamiento táctico sanchista dudaban de la lealtad institucional del núcleo duro de los fundadores de aquél movimiento civil de los ‘indignados’ que quería ser transversal y que, para muchos, resultó simplemente ser atravesado. A la primera oportunidad se han visualizado varias realidades que tampoco puede decirse que se traten de ocultar por pura vergüenza democrática e impregnación de las realidades constitucionales: así ha ocurrido a la vista del enfrentamiento público con el ministro del Interior, el magistrado Grande Marlaska, por seguir con las devoluciones ‘en caliente’ de inmigrantes irregulares, que frecuentemente usan la fuerza para entrar por la frontera, muy bien delimitada, de las ciudades autónomas africanas de Ceuta y Melilla. 

La sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) del pasad febrero, que considera legales tales rechazos, es interpretada por los mandos del socio secundario del Ejecutivo como no imperativa u obligatoria. Naturalmente, igual que la ley que despenaliza el aborto no lo convierte en obligatorio, como parecen creer muchos del PP y Vox. Pero si las expulsiones son conformes a las leyes europeas, pueden llevarse a cabo si así lo considera el Gobierno. La cuestión de fondo no es esa; es plantear de una vez hasta dónde y hasta ‘cuánto’ pueden llevarse a cabo políticas inmigratorias de puertas abiertas sin ningún tipo de control de entrada ni de cupo. 

En estos momentos, la guerra de Siria, casi de todos contra todos, con presencia beligerante de Rusia y Turquía, ha provocado otra vez una oleada de cientos de miles de exiliados que huyen de la muerte y la persecución. A su vez, Turquía, muy en su papel tras las victorias de su presidente islamista Erdogan, rompe unilateralmente los acuerdos con Bruselas y abre las puertas de salida, activando una estrategia de expulsiones forzosas hacia territorio europeo. Grecia, pues, se enfrenta a la avalancha fomentada por Ankara, que rechaza con dureza. Como la que llegó a Alemania y acogió la canciller Merkel, que tantas secuelas produjo. 

Lo mismo, la ruptura de la entente en política exterior sucedió con el apoyo al Frente Polisario sin consultar con Exteriores desde la cuota de gobierno de la parte morada; o con el cambio de rumbo de 90 grados como mínimo de la política sobre Venezuela. 

En la prensa y en gobiernos extranjeros y organismos internacionales ha causado asombro que de alinearse con Guaidó como ‘presidente encargado’ de la república bolivariana, y de convencer de ello a los socios europeos se haya basculado hacia el otro extremo, al considerarlo ‘jefe de la oposición’ o, como mucho, en una esperpéntica yenka tras el escándalo, mitad presidente encargado y mitad opositor en jefe. 

Quizás lo más preocupante, aunque parezca que es solo mercancía para el consumo interno, son esas ganas de perpetuarse en los cargos.

Este giro, y el alejamiento del eje franco-alemán, motor de la UE, en una circunstancia en que España podía colocarse en el grupo de cabeza, como si eso fuera incompatible, que hasta ahora no lo ha sido, con los ‘amigos de la cohesión’, provoca, al menos, incredulidad. Como diría el bávaro Franz Joseph Strauss (CDU) cuando le preguntaron en una revista española por qué Baviera, con lengua propia y que había sido reino, estado y todo eso, no se planteaba la independencia: “es que los bávaros preferimos ser cola de león a cabeza de ratón”. Lo cual sorprendió mucho en aquellos días de la Transición a todo el esnobismo pronacionalista.

Entre las más recientes incontinencias verbales mesiánicas más destacadas, en el calentamiento diocesano de la asamblea ciudadana estatal de inscritos del próximo día 21, figuran, sin embargo, dos (o tres) que apuntan maneras: Se proclama el objetivo de conseguir desde el ‘quintacolumnismo’ actual (“es urgente profundizar en la construcción de un bloque político y social alternativo”) “una república plurinacional y solidaria”, y por lo visto pluscuamperfecta; y se le suelta el pitorro de la olla exprés cuando, presumiendo de su condición de miembro  de la comisión parlamentaria del CNI, advierte “a las cloacas” que Podemos ya está en el Gobierno, y que a partir de ahora… ejem, ejem. Similar desbarre grandilocuente lo tiene asimismo con la apropiación indebida de la decisión del Consejo de Ministros de aprobar la subida del SMI. Donde hubo populismo endiosado siempre queda el tic.

Pero quizás lo más preocupante, aunque parezca que es solo mercancía para el consumo interno, son esas ganas de perpetuarse en los cargos, cambiando las reglas de juego en medio del partido, que aunque han sido frecuentes en todo el mundo encandilado con el autoritarismo, han sido uno de los ejes vertebrales de los sistemas llamados ‘bolivarianos’. Lo hizo Hugo Chávez, que ya tenía experiencia previa en el golpismo uniformado; y lo ha hecho su heredero Nicolás Maduro; lo han hecho Daniel Ortega y su todopoderosa esposa Rosario Murillo, en Nicaragua; y lo trató de hacer, estirando el chicle, Evo Morales…

En esta fase de cuenta atrás hacia otra de esas asambleas populares de aclamación al supremo líder bicéfalo, el tándem Iglesias-Montero, y compañía limitada, planean varias cuestiones que desdicen hasta los motivos fundacionales: quizás la principal, que los que luchaban contra la casta amarran todo lo que hay que amarrar para conquistar y establecerse en el ‘corazón’, político, económico, social y residencial de dicha casta. Por lo tanto, y con razones de un sofisticado estilismo, se rompe el tope de los tres salarios mínimos para los cargos públicos; eso sí, si lo avalan los inscritos, que entre tanto han sido conveniente purgados o acosados hasta emigrar a aguas más seguras y sin tanto ‘cambio climático’; tal modificación, sin duda, permitirá una mayor confianza a los bancos… para el cobro de las hipotecas.

Todo esto, empero, no se entiende sin la propuesta que rompe con el pasado, muy cercano por motivos fundacionales: que el tope de mandatos se extienda a 12 años, porque el tiempo pasa muy rápido, y que si fuera necesario los afiliados podrían autorizar cómodas prórrogas. Esto podría enlazar a niveles psicológicos con su ‘furia fría’ republicana, que apenas aguanta las formas de la cortesía, la educación, el protocolo y el respeto a la figura del jefe del Estado, heredero de la Constitución de 1978 y, referéndum mediante, de todos los españoles. 

Esas cien mil exageradas personas que jaleaban al expresident fugado son una luz ámbar, o roja, para París.

Hay una pregunta que se hace mucha gente, pero mucha, y es la de que hasta cuándo va a aguantar el PSOE, y Pedro Sánchez, la existencia de un gobierno paralelo que no tiene por presidente al que lo es, sino al que lo quiere ser. ¿Estarán pensando ya en el famoso motorista de los ceses?

Quizás una de las frases de Felipe González que pasará a la historia y a los libros de citas sea la que pronunció estos días en un debate-coloquio con un muy ‘combativo’ José María Aznar: “Tenemos que quitarnos, todos, el cuchillo de la boca para poder hablar, porque si no, sólo se oirá el silbido de la navaja”. 

Y sí, lo tienen que hacer los separatistas catalanes del ala resentida puigdemonista, que han cometido el tremendo error de elegir Perpiñán para amenazar otra vez al Estado español, aunque quien de verdad tiene motivos para preocuparse es el francés por la influencia desplegada en ‘Cataluña norte’ por la Generalitat secuestrada por el secesionismo. Esas cien mil exageradas personas que jaleaban al expresident fugado son una luz ámbar, o roja, para París.

Cuando ETA atravesó los Pirineos, Francia se reviró contra la banda, le declaró la guerra y dejó de ser su santuario. Torra, Puigdemot, y los fieles devotos y conversos no deben olvidar esta lección de profilaxis gala.

 

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