INTERNACIONAL
06/09/2020 21:17 CEST | Actualizado 06/09/2020 21:17 CEST

El tonto útil

Cómo Donald Trump mató al Partido Republicano con el racismo y al resto de nosotros con el coronavirus.

ILLUSTRATION: REBECCA ZISSER/HUFFPOST; PHOTOS: GETTY

Este texto es un extracto de The Useful Idiot: How Donald Trump Killed the Republican Party With Racism and the Rest of Us with Coronavirus, del periodista de HuffPost S.V. Dáte.

Lo de la pandemia no se les pasó por la cabeza. La idea de que Donald Trump en algún momento tuviera que estar en silencio, prestar atención y tomar decisiones racionales que determinarían si cientos de miles de estadounidenses vivirían o morirían es algo que los que le pusieron en el despacho oval ni se imaginaron.

Tenían varias razones para querer que estuviera ahí, claro. A los fundamentalistas cristianos, les había prometido explícitamente nombrar los jueces federales que tanto anhelaban para hacer retroceder el reloj cultural de la nación. Para Mitch McConnell, que ganase Trump —por muy extraño que parezca— era la única vía posible para asegurarse de que los republicanos no perdieran el control del Senado y de seguir siendo el líder mayoritario. Y para Vladimir Putin, tener a Trump en la Casa Blanca —por muy extraño que parezca— era un sueño hecho realidad, una oportunidad para causar estragos a su antiguo adversario y debilitar su alianza histórica con Europa Occidental.

A Putin, evidentemente, no le interesaba ni remotamente qué podría significar el ascenso de Trump para los estadounidenses en caso de que se produjera una situación tan desgraciada como la actual. Si eran tan tontos como para votarle, pues bueno, se lo tendrían bien merecido. En cualquier caso, no era problema suyo.

Por lo que respecta a sus simpatizantes estadounidenses, quizás ha pasado tanto tiempo desde el 11 de septiembre de 2001 que ya no recuerdan lo que es vivir una emergencia nacional de verdad. Quizás la competencia silenciosa con la que el equipo de Barack Obama gestionó la pandemia de gripe del 2009 y el brote de ébola de África Occidental en 2014 ha hecho que perciban como algo menor la amenaza que un simple virus puede presentar.

Sea por la razón que sea, ni si quiera con el ruido, el caos y los disparates que generó Donald Trump como candidato durante todo un año y medio, jamás llegaron a pensar en las consecuencias que tendría que durante el mandato de este como presidente se produjera una verdadera crisis que necesitara un liderazgo de verdad.

Es cierto que había —y todavía hay— un número importante de votantes republicanos que se creyeron que el Trump que salía en el programa de televisión The Apprentice era el Donald Trump de verdad; un multimillonario que se había enriquecido gracias a sus esfuerzos y su inteligencia. Que era capaz de tomar decisiones racionales y de calidad basándose en los hechos que se le presentaban.

Sin embargo, esta excusa no es válida para los republicanos de Mitch McConell, candidatos al congreso, que tuvieron la ocasión de hablar con él en persona. Después de conocer a Trump personalmente dos meses antes de las elecciones de 2016, uno de los miembros principales del Comité Nacional Republicano me dijo: “Vale, nuestro candidato está mal de la cabeza”.

Y, por cierto, su opinión no era minoritaria. La incoherencia de Trump, su temperamento, su impulsividad y su asombrosa ignorancia era algo que a los niveles superiores de la maquinaria republicana no se les escapaba. Sin embargo, para ellos se trataba simplemente de una dificultad que tenían que superar, otra piedra en el camino que el destino había puesto entre ellos y su santo grial de jueces y recortes en los impuestos y en la legislación. No oí decir ni una sola vez nada que demostrara su preocupación sobre si, quizás, estaban tratando de instalar en el puesto a un idiota útil, que resultaba ser un idiota de verdad, cuyas cualidades de liderazgo —las que se esperan de alguien que aspira a convertirse en el jefe del poder ejecutivo de una de las superpotencias mundiales que todavía existen— eran totalmente nulas.

Fue un fracaso rotundo de la responsabilidad que el Partido Republicano tiene con el país. En este sistema bipartidista, ambos partidos tienen el deber de descartar a los candidatos que no tienen el nivel para convertirse en jefes de estado y, del mismo modo, en jefes de estado que tendrán que estar al mando de situaciones de emergencia. Durante los meses de verano y otoño de 2015, y a lo largo de las candidaturas de nominación de 2016, quedaba claro que Donald Trump no daba la talla para ninguno de estos roles, pero ninguno de los candidatos restantes ni los líderes del partido se esforzaron seriamente para asegurarse de que perdiera. Sí que es cierto que hubo algunos avisos. Jeb Bush dijo que Trump era un “candidato caótico” que nos daría una “presidencia caótica”. Pero luego también teníamos a Ted Cruz, que en realidad se pasó la mayor parte del año elogiando a Trump, rechazando criticarle con la esperanza de acabar quedándose con sus votantes. Cuando finalmente Cruz empezó a soltarlo todo, su actitud se percibió como la de alguien que se siente frustrado. Este fue el cinismo y el juego de estrategia que nos ha llevado hasta la situación actual.

La incoherencia de Trump, su temperamento, su impulsividad y su asombrosa ignorancia era algo que a los niveles superiores de la maquinaria republicana no se les escapaba. ... No oí decir ni una sola vez nada que demostrara su preocupación sobre si, quizás, estaban tratando de instalar en el puesto a un idiota útil, que resultaba ser un idiota de verdad.

Los republicanos pagarán cara su negligencia. Ya se hizo evidente cuando los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes en 2018 y obtuvieron victorias poco probables en las elecciones especiales para un escaño en el Senado de Alabama en 2017 y en las elecciones a gobernador de Kentucky en 2019. Es discutible si los republicanos van a perder la presidencia en otoño de 2020 o en cuatro años, pero no lo es que esto acabará pasando. Trump no solo se está jugando su propio futuro, sino que también se juega el futuro del partido de forma desproporcionada en el sur con una demografía cada vez menor de blancos sin estudios y enfadados. No es precisamente una apuesta ganadora.
Sin embargo, debe separarse la incapacidad para proteger el país del Partido Republicano de la incapacidad de los estadounidenses de a pie. Y es que Trump no se eligió a sí mismo. Y a pesar de que tuvo la ayuda indirecta de Rusia y la ayuda involuntaria del director del FBI, al final fueron los propios estadounidenses los que le votaron.

En una democracia representativa, los votantes asumen la responsabilidad de su voto. Y sí, el presidente nos ha fallado por completo en la gestión de la pandemia. Ha fingido haber evitado que el virus entrase en el país, ha afirmado que no era tan terrible, ha deseado que desapareciera por sí solo, ha propagado sin sentido tratamientos cuya eficacia no se ha demostrado y ha animado a la población a no llevar mascarilla hasta que al final se ha cansado del tema. El presidente no podría haber tratado este asunto peor ni queriendo. Es responsable de los cientos de miles, incluso millones, de enfermos graves que no se habrían contagiado con una gestión competente; de las decenas de miles de muertes que, como mínimo, se podrían haber evitado. Pero también lo somos nosotros.

Al estimar cuánto ha afectado la pandemia, cuando se lleve a cabo un recuento final, habrá que añadir otra cifra: los 62.984.828 votantes que permitieron que esto pasara con la decisión que tomaron el 8 de noviembre de 2016.

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La verdad es que a nadie le debería haber sorprendido la gestión desastrosa de Trump de una catástrofe real, cuando llegó en enero de 2020. Él mismo ya nos había avisado de esto solo unos meses antes, cuando le dio por inventarse una falsa sin ningún motivo.

A finales de verano de 2019, Donald Trump causó caos y confusión entre los americanos al intentar planear la posible llegada de un gran huracán a la costa sureste de Estados Unidos. Mientras los residentes de Florida, Georgia, Carolina del Norte y Carolina del Sur seguían atentos la trayectoria de Dorian, Trump se dedicaba a hacer su propia previsión meteorológica por Twitter, añadiendo un nuevo estado a la lista de posibles afectados:

“Es probable que Florida, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Georgia y Alabama se vean (mucho) más afectadas de lo que se esperaba. Parece que será uno de los mayores huracanes que hemos visto nunca. Ya es de categoría 5. ¡TENED CUIDADO! ¡QUE DIOS OS BENDIGA!”.

Casi inmediatamente, los teléfonos empezaron a sonar en la oficina del Servicio Nacional de Meteorología de Birmingham. Los residentes de ese estado, aterrorizados, preguntaban si era verdad que el Dorian cruzaría Florida y llegaría a Alabama. Esto provocó que los meteorólogos de esa oficina, que en esos momentos no sabían de donde provenía esa información falsa, publicaran un tuit para clarificar que Alabama no se encontraba en la trayectoria del Dorian, para que todo el mundo se calmara.

Y esto, a la vez, generó un embrollo que se alargó toda una semana entre, por una parte, la Casa Blanca y varios defensores de Trump que insistían en que el presidente tenía razón y que Alabama estaba en peligro en el momento en el que Trump publicó su tuit: y, de otra, varios meteorólogos y expertos en tormentas tropicales del Centro Nacional de Huracanes que afirmaban que la previsión de consenso ya indicaba que la tormenta se estaba situando en paralelo a la Costa Este y que se dirigía al mar. En el centro de todo este asunto, teníamos un mapa de la semana anterior en el que Trump había dibujado con un rotulador negro un semicírculo para incluir el estado de Alabama.

La mayoría de los que salieron en su defensa posteriormente indicaban que sí, que bueno, que esto era algo típico de Trump. Y sí que era algo típico de Trump, pero también era algo aterrador, aunque en esos momentos no se le diera importancia.

Contradijo a un grupo de expertos en un tema de vida o muerte. Lo que Trump decía era que su opinión sobre a qué lugares se dirigiría la tormenta y qué vidas se encontraban en una situación de peligro inminente era tan válida como la de los que habían dedicado toda su vida adulta a estudiar los ciclones atlánticos, porque él era el presidente de los Estados Unidos. Superaba toda ficción.

Lo más sorprendente de todo fue que los miembros de su equipo más experimentados consideraron que no era para tanto. Uno de sus asistentes incluso se guardó uno de los impresos con el mapa en cuestión en su mesa, como si fuera una especie de recuerdo de algo que a él le parecía que había generado un alboroto ridículo en el que Trump, una vez más, se había ganado la prensa.

En esos momentos se tendrían que haber activado todas las alarmas. Y es que un huracán es una amenaza que avanza despacio y que se puede observar desde imágenes disponibles públicamente que provienen de satélites meteorológicos y de otros datos. Es más, tanto el Centro Nacional de Huracanes como el Servicio Nacional de Meteorología continuaron con su trabajo, ignorando la intromisión del presidente.

Lo que Trump hizo fue imperdonablemente peligroso, pero solo afectaría negativamente a los que todavía estaban lo suficientemente locos como para dar crédito a sus dos primeros años y medio al poder. Los demás harían caso al Centro Nacional de Huracanes y a las autoridades encargadas de gestionar situaciones de emergencia a nivel local.

El problema es que el numerito del mapa hizo evidente que cabía la posibilidad de que se produjera una amenaza que sí que requiriera una respuesta competente por parte de la presidencia. Si Trump no fue ni capaz de gestionar la amenaza de un huracán —algo que puede llegar a pasar varias veces en un mismo año— y luego, además, intentó coaccionar a sus agencias del poder ejecutivo para que revisaran el asunto con la intención de respaldar su ridículo tuit, ¿cómo gestionaría una amenaza a la que el presidente, y solo el presidente, pudiera hacer frente?

De hecho, mencioné esta misma posibilidad en un artículo en el que se hablaba sobre la asombrosa deshonestidad Trump, e incluso hice referencia a la amenaza de una enfermedad mortal. El artículo se publicó el 15 de enero de 2020.

Por desgracia, solo una semana más tarde, en los Estados Unidos empezamos a saber cuál era la respuesta a esa pregunta.

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Ahora que hace meses que arrastramos esta pandemia y la cifra de muertes en Estados Unidos asciende a 200.000 fallecidos es fácil echarle la culpa a Trump. Y es que, al fin y al cabo, lo único que hizo durante las primeras semanas del brote, unos días cruciales, fue tomar una mala decisión detrás de otra. Ignoró las advertencias de la comunidad científica, restó importancia a la amenaza del virus y evitó realizar pasos que pudieran enfurecer al dictador de China y poner en peligro el gran acuerdo comercial que consideraba que tenía que conseguir para que le reeligieran. Incluso comentó en uno de sus actos de campaña que la pandemia podía ser “un fraude”, trasladando a su base de votantes un mensaje que las autoridades de salud pública todavía intentan desmentir.

A su vez, la mala gestión del virus destrozó una economía fuerte que hacía tres años que Trump afirmaba que era mérito suyo. Lo cierto es que la heredó de Barack Obama, con unas cifras de empleo y del producto interior bruto muy parecidas a las de su predecesor durante el segundo trimestre. La crisis resultante está al nivel de la Gran Depresión, en la pérdida de empleos. Una respuesta competente a la pandemia también hubiera conseguido evitar gran parte de esta catástrofe económica.

Y, de nuevo, Donald Trump no se nombró presidente él solo. Lo hicieron 63 millones de estadounidenses que el día que fueron a introducir su voto en la urna decidieron dar a un personaje caricaturesco y carente de toda seriedad el trabajo más importante del país.

Tal y como se explica en las siguientes páginas, esto se produjo por varios factores. Vladimir Putin decidió que la mejor manera de debilitar Estados Unidos en 2016 era dañar a la exsecretaria de Estado Hillary Clinton en las primarias de los demócratas y promover una especie de “reality” en las de los republicanos. ¿Cómo iba saber que un partido con ciento sesenta y dos años de historia que en su día se enorgullecía de su realismo obstinado sería incapaz de hacer todo lo posible para detenerle? El director del FBI, James Comey, pensando que lo que hacía era positivo para su institución, a finales de octubre decidió reabrir una investigación sobre el uso inadecuado de Clinton de un servidor de correo privado. ¿Cómo iba a saber que las votaciones estatales quedarían fuera y que la victoria fácil que se esperaba Clinton era una quimera y que sus dos cartas al Congreso pondrían las elecciones al borde del precipicio?

Visto con perspectiva, resulta curioso —entrañable, incluso— el tiempo, la energía y los momentos de reflexión invertidos en la investigación de los correos electrónicos de Clinton, comparados con la corrupción evidente y descarada de Trump durante los últimos tres años: la canalización de millones de dólares de ambas campañas y de los contribuyentes a sus propias arcas, el nombramiento de su hija y su yerno en puestos en la Casa Blanca, el uso de su equipo y del fiscal general para evadir investigaciones centradas en él o en sus sociedades, el intento de extorsión de un líder extranjero para herir al rival político que más temía, las súplicas a un dictador para obtener un acuerdo comercial favorable que le ayudara a ganar la reelección, la utilización evidente de su equipo y del personal de la Casa Blanca para escenificar actos de campaña de facto y un largo etcétera.

Pero es que su comportamiento no resulta para nada sorprendente. Ha vivido toda su vida adulta de este modo y la prueba de ello era bien evidente: los acuerdos que realizaba con la mafia, el modo en el que sus “actos de caridad” no eran nada más que caprichos personales que iban desde comprar un casco con el autógrafo del jugador de fútbol Tim Tebow por 12.000 dólares hasta pagar la cuota de siete dólares de los Boy Scout de su hijo. Sesenta y tres millones de estadounidenses estaban al corriente de todo esto, o habían decidido activamente no saberlo, y decidieron que no pasaba nada.

Uno de estos votantes es alguien que incluso trabajó con Trump durante años y sabia bien que era una persona deshonesta y traidora. Me dijo que no le importaba, que el sistema necesitaba una buena sacudida y que quería a Trump, un elefante en una cristalería que empezara a destrozarlo todo.

Esta persona ahora es un funcionario senior en la Administración.

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La gestión de Trump de la pandemia era totalmente predecible. Para empezar, solo consulta de vez en cuando los informes diarios de inteligencia. Tanto George W. Bush como Barack Obama empezaban el día leyendo uno de estos informes. Trump se pasa la mayor parte de las primeras horas del día viendo la televisión y publicando tuits sobre lo que ve. En 2020, solo ha estado consultando uno o dos informes diarios cada semana.

Esto significa que cuando los expertos estaban intentando decirle que algo malo pasaba en China, y que teníamos que prepararnos, Trump no se molestó en escucharles. Cuando durante las vacaciones de Año Nuevo los altos cargos responsables de salud empezaron a recibir noticias alarmantes sobre una especie de brote de neumonía en Wuhan, Trump estaba jugando a golf. Cuando el secretario de Salud y Servicios Humanos por fin pudo hablar con él por teléfono sobre el virus al cabo de casi tres semanas, Trump le pegó cuatro gritos acerca de una restricción de las leyes relativas a los cigarrillos electrónicos que no le iría bien.

Lo cierto es que ya en ese momento, y todavía en la actualidad, lo único que le importa a Trump es su reelección. No hay nada más allá, y por eso han muerto varias decenas de miles de estadounidenses más de los que lo habrían hecho si cualquier otra persona que no fuese Trump estuviera en la presidencia.

En enero, ganar el segundo mandato implicaba conseguir que se firmara el “acuerdo comercial” con China. No se mencionaba en ningún momento nada negativo sobre el país o sobre su dictador. No importaba demasiado que en realidad no fuera ni un acuerdo de libre comercio, sino solo un relajamiento parcial de la guerra comercial que él mismo había comenzado. Para Trump lo era todo. Elogiaba constantemente a China y a Xi Jinping por su “transparencia” con el virus, cuando lo opuesto era cierto.

En febrero, con el acuerdo de comercio firmado, a Trump le pareció que la preocupación creciente por el virus era un ataque directo a su candidatura de reelección. Se negó a abordar la cuestión de la pandemia con seriedad, a pesar del destrozo causado en Italia y en Irán. Cuando un funcionario de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades advirtió que la vida de las personas estaba a punto de cambiar drásticamente, Trump enloqueció por la caída que desencadenó en el mercado de valores.

Dijo a los estadounidenses por Twitter que cada año morían miles de personas a causa de la gripe y les animó a comprar acciones. Desde la sala de prensa de la Casa Blanca, proclamó que había hecho un trabajo fantástico y que los quince casos diagnosticados hasta la fecha pronto pasarían a cero. En uno de sus mítines dijo que el virus era otro de los “engaños” de los que no estaban a su favor y lo añadió a la categoría en la que ya se encontraba la aceptación de la ayuda rusa para ganar las elecciones de 2016 (lo cual era verdad, lo había hecho) y su proceso de destitución por la extorsión a Ucrania con el objetivo de conseguir ayuda para ganar las elecciones de 2020 (lo cual también resultó ser verdad).

Durante la segunda mitad de marzo, cuando durante un par de semanas parecía que se tomaba realmente en serio la amenaza del virus, Trump se acabó cansando de la situación y empezó a exigir que los estados “reabrieran” sus economías para así poder recuperar la estrategia de campaña que había estado planeando, es decir, apropiarse de la situación económica que dejó Obama. En varias ocasiones, Trump repitió en sus comentarios algo que tuiteó el 22 de marzo, todo en mayúsculas: “NO PODEMOS DEJAR QUE LA CURA SEA PEOR QUE EL PROBLEMA”

Y es que volver a leer todas las declaraciones que ha hecho durante el desarrollo de la pandemia genera sorpresa y asombro. “El coronavirus está muy controlado en EE.UU”. “Es una gripe. Es como una gripe”. “Creo que estamos haciendo un gran trabajo”. “Va a desaparecer. Un día de estos, como un milagro, va a desaparecer”. “Calma. Se acabará”. “Frenad el ritmo de los test, por favor”. Y, por su puesto, la declaración que podría resumir en pocas palabras el epitafio de su presidencia: “No me hago responsable de nada”.

Si un grupo de científicos malvados hubiera conspirado con la intención de crear el peor presidente para nuestro país en tiempos de crisis, lo habrían tenido difícil para superar a Donald Trump. Su ignorancia, mendacidad y terquedad forman una combinación que resulta tóxica, en el mejor de los casos. Muchos miembros de ambos partidos asumieron que al final, cuando se acabase de verdad, las grandes atrocidades que ha cometido en el ámbito de la política de comercio, la alianza con la OTAN, el cambio climático y el medio ambiente, con esfuerzo, se podrían restablecer.

No se puede decir lo mismo de todos los estadounidenses que han fallecido innecesariamente porque uno de los peores seres humanos del ámbito público —un hombre que ha demostrado una y otra vez que su falta de humanidad solo la iguala su corrupción descarada— llegó a ser nuestro presidente.

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Quizás salga algo bueno de todo esto, al final. Igual esta lección tan dura nos recordará que la presidencia no es ningún juego. Que el juicio, la madurez y la inteligencia de la persona que se sienta detrás de esa mesa son importantes, y no de la forma que muchos piensan.

Existe un segmento de la población que insiste que quiere un presidente que “resulte cercano”, alguien con quien te tomarías una cerveza. Otros piden que sea alguien cuya visión de futuro encaje perfectamente con la suya, que apoye las políticas que quieren que se aprueben, y si no hay ningún candidato que cumpla con este requisito se limitan a no votar. Hay otros —en su mayoría votantes jóvenes— que creen que tienen el derecho fundamental a exigir que un candidato les inspire y con esta convicción ni van a votar.

Y, de nuevo, Donald Trump no se nombró presidente él solo. Lo hicieron 63 millones de estadounidenses que el día que fueron a introducir su voto en la urna decidieron dar a un personaje caricaturesco y carente de toda seriedad el trabajo más importante del país.

Quizás solo la elección de un sinvergüenza alegremente corrupto, cuyo egoísmo e ignorancia ha llevado a enfermar y a morir a muchos estadounidenses ayude a estas personas a madurar de una vez.

No escogemos un cirujano, un gestor ni un piloto a partir de estos criterios, y el trabajo de estos profesionales no es necesariamente tan importante para el bien común como el del presidente de los Estados Unidos. Sí, claro, estaría bien tener un presidente interesante y campechano, pero esto no es tan importante como que sea un presidente competente. No hay nada de malo en trabajar con un candidato que comparte tus ideas y tus ideales, pero los grandes cambios requieren tiempo y, en momentos de crisis, un ideólogo puede ser la peor figura en este cargo. Es necesario tener a alguien capaz de entender el mundo tal y como es, no a alguien que insiste en ver el mundo como le parece que debería ser.

Por ejemplo, nunca elegiríamos a un cirujano porque es el más divertido o a un gestor porque es el que nos cuenta las anécdotas más entretenidas. ¿Por qué asociamos estos rasgos con la capacidad de liderazgo?

Lo cierto es que esto no es nada nuevo. La gente no votó a John F. Kennedy porque creyera que aportaría gran sabiduría al despacho oval. El equipo de Ronald Reagan se dio cuenta de esto, y convirtieron toda su campaña —y, de hecho, parte de su presidencia— en una producción cinematográfica. George H.W. Bush fue el presidente que, sin ninguna duda, tenía más experiencia que ningún otro y gobernó con una competencia de perfil bajo. Clinton le ganó por parecer más empático.

En estos tres casos, sin embargo, los candidatos ganadores mostraron durante las campañas su interés en tomarse en serio su trabajo y los tres terminaron demostrándolo durante sus mandatos. En cambio, durante su campaña Trump evidenció que no sabía cómo funcionaba el mundo y dejó claro que no tenía ningún interés en aprender. Según él, todo era facilísimo y cualquier idiota podía hacerlo. Pues bien, es evidente que no tenía razón.

Dejemos de lado todas las promesas imposibles de cumplir que hizo. La única promesa real que la gran mayoría de sus votantes deseaba era que hiciera que Estados Unidos volviera a ser como en los años cincuenta, algo que incluso ellos sabían que no era posible. No les importaba. Les gustaba que quisiera hacerles esa promesa, hacerlo todo añicos y enloquecer el “sistema establecido”.

Es cierto que Trump no obtuvo la mayoría de votos y casi con toda seguridad ganó solo por la combinación de la ayuda rusa y por las cartas de Comey, reabriendo y cerrando de nuevo su investigación sobre Clinton durante los últimos días de campaña. Sin embargo, la verdad es que el 46 % de los estadounidenses votaron por alguien que no estaba cualificado para el cargo ni remotamente. Cuatro años después, sigue siendo un hecho asombroso.

Un porcentaje importante de estos estadounidenses, evidentemente, quizás no eran los votantes mejor informados ni más sofisticados y creyeron que Trump era de verdad el hombre de negocios inteligente y astuto que interpretaba en la televisión. ¿Pero qué pasa con el resto? ¿Se dieron cuenta de cómo era y le votaron igualmente? ¿Qué nos dice esto sobre cómo ven el nivel de importancia del cargo?

Quizás la pandemia del coronavirus pueda impartir la lección de que, ante todo, la persona elegida para el despacho oval tiene que ser capaz de gestionar situaciones muy difíciles, cosas que no se han anticipado ni pueden anticiparse. Las aerolíneas no pagan dos cientos mil dólares al año a sus pilotos para aterrizar aviones los días soleados en los que corre un poco de brisa. Les pagan esta cantidad por sus años de experiencia, por toda la formación que han recibido y que seguirán recibiendo, por ser capaces de reaccionar el día que el sistema hidráulico falla y pierden uno de los motores a causa del impacto de un pájaro en la aproximación final durante una tormenta eléctrica, con un fuerte viento en contra. Al subir al avión no nos preguntamos si el piloto es alguien con quien saldríamos a tomar una cerveza ni qué opinión debe tener sobre el programa de cobertura de seguridad social.

La capacidad de liderazgo es importante y ahora es más evidente que nunca.

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A finales de los años ochenta, en el programa de televisión Saturday Night Live, hicieron un gag desternillante en el que imitaban a Ronald Reagan. Le representaban como a un abuelito tembloroso y cada vez más alejado de todo, que sonreía y no paraba de pregonar estereotipos sin sentido a las cámaras del telediario, mientras le exigían respuestas sobre el escándalo Irán-Contra. Y, luego, a puerta cerrada, se transformaba en un hombre de gran astucia que había planeado cada detalle personalmente.

Más o menos es así como los defensores de Trump del Partido Republicano le presentaron durante las elecciones de 2016, después de quedárselo como nominado. Prometieron que todo era un paripé. Afirmaron que los gritos, la publicación constante de tuits y las mentiras ridículas eran parte de una representación artística para captar la atención de un segmento de la población que ya hacía tiempo que se había distanciado de la política tradicional de los republicanos. A puerta cerrada, prometieron, era otra persona. Era una persona adulta considerada y razonable que consultaba varios puntos de vista antes de tomar una decisión. Esta parte de él saldría a la luz si, por casualidad, salía elegido, en especial cuando tuviera que soportar el gran peso del cargo.

Todo esto, evidentemente, era mentira —o, en el caso de los que no conocían demasiado bien a Trump, una ilusión—.

No cabe duda de que Trump, de vez en cuando, puede comportarse como una persona adulta. Pero hecho tras hecho se confirma lo que parecía, lo que se convierte en paripé son los casos en los que su comportamiento sí que es el de un adulto.

El Trump de verdad es el que grita enfurecido a los que le critican y a los que son sus oponentes, el que publica teorías de la conspiración absurdas en Twitter, el que convoca a su círculo de aduladores con el que se siente seguro para pedirles consejo, el que abiertamente admira dictadores de otros países y ataca e insulta a líderes elegidos democráticamente, el que se niega a responsabilizarse de sus errores y el que está dispuesto a hacer lo que sea —desde extorsionar otros países a suplicar al dictador chino o incitar a los que se declaran abiertamente racistas a deslegitimar nuestras próximas elecciones— para aferrarse al poder.

Las cargas de su posición de responsabilidad no le han afectado ni un poco. Solo hace falta comparar las fotos de Bill Clinton, los Bush o Obama antes de asumir el cargo y al cabo de cuatro años. El tono más grisáceo del pelo, las arrugas fruto de las preocupaciones y el desgaste son evidentes. ¿Y si comparamos las de Trump? Le vemos un poco más hinchado, quizás, pero su cara no ha cambiado.

Hace décadas que es el mismo: un abusón de instituto con el autocontrol de un bebé. Lo único que a Donald Trump le importaba antes de llegar a presidente era Donald Trump. Esto no ha cambiado en los últimos tres años y medio.

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Lo que sorprendentemente falta en los años que llevo explorando el universo de Trump es una defensa plena, o francamente, incluso a medias, de cualquier tipo de decencia humana básica. La gente defiende su nacionalismo “económico”. Se encogen de hombros y señalan a los jueces que él ha nombrado y las leyes que él ha hecho retroceder. Hay otras personas que hablan de la reducción de impuestos y de cómo les ha ayudado a mejorar la situación de sus cuentas bancarias personales. Un asistente de la Casa Blanca me dijo que ningún otro republicano elegido en 2016 habría conseguido tantas políticas conservadoras como Trump. Nadie se molesta en vender la idea de que se le ha malinterpretado y que en el fondo es una buena persona. Nadie.

Esto no solo lo piensan los que trabajan con él. A lo largo de los últimos cuatro años, he hecho incontables entrevistas a simpatizantes republicanos que después de mencionar lo de los jueces, la reducción de impuestos y la liberalización de algunos ámbitos, al final, acaban confesando que ojalá cerrara más la boca y publicará menos tuits o no publicara ninguno. Lo cual es lo más parecido a admitir abiertamente lo que piensan de él como persona. Sus salidas de tono y sus tuits —no los discursos que le preparan para que lea— son la expresión más verdadera de sí mismo. Si los que le apoyan dicen que les gustaría que escondiera esta verdad, es que saben exactamente qué clase de persona es y cómo le perciben las personas normales con estándares de conducta básicos.
Sorprendentemente, este tema apenas se trata en todo lo que se dice sobre él. Sesenta y tres millones de estadounidenses, y las particularidades del sistema electoral, dieron el cargo más poderoso del mundo a una persona verdaderamente despreciable. Donald Trump no trata bien a las personas. Te engañaría a la primera de cambio. Es malintencionado y cruel, además de corrupto y estúpido. Y nada de todo esto se ocultó. Nada de nada. Y aun así le votaron igualmente.

Esto dice mucho de nosotros. Y nada bueno.

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La democracia no es fácil.

Si hay algo que podamos aprender de los años con Trump, es precisamente esto. La democracia no es fácil porque para muchísimas personas de este planeta y de este país, la libertad no es algo fácil. Para la gente que más o menos lo tiene bien, puede que sea difícil de entender.

Mientras que las personas que viven y trabajan en el mundo de las ideas tienen tiempo y ganas de sopesar grandes conceptos e infinitas posibilidades, muchos de nuestros hermanos y hermanas tienen dificultades para afrontar el día a día. Literalmente, los hay que cada día se preguntan como llegaran al siguiente. Ya sea por ansiedad o depresión o por el consumo de drogas o alcohol, hay muchas personas que simplemente quieren alguien que les diga qué tienen que hacer y que les cuide.

No resulta nada sorprendente que las religiones con normas estrictas sobre cómo vivir sean tan atractivas y estén creciendo con tanta rapidez. Cuantas más normas, mejor.

Este es el secreto de los “populistas”. Entienden que un número considerable de personas están perfectamente cuando tienen un líder fuerte que les promete orden en un universo que les parece caótico. En su campaña de 2016, el exsenador de Pensilvania, Rick Santorum, entendió esto mucho mejor que la mayoría de miembros de su partido. La gran mayoría de las personas no son emprendedores que sueñan con empezar su propia empresa. Son simplemente gente quiere tener un trabajo estable que les dure hasta el año siguiente, cinco años más y hasta veinte para poderse comprar una casa y formar una familia, y hacer todo lo que se supone que tienen que hacer, igual que sus padres.
Menuda sorpresa que un demagogo codicioso como Donald Trump se pudiera aprovechar de estas inseguridades y decir a estas personas exactamente lo que querían oír.

Este siempre ha sido el peligro inherente en el experimento americano: la autogobernanza exige compromiso por parte de la ciudadanía, así como un respeto fundamental por los derechos de las minorías. Puesto que en pocas ocasiones las cosas salen como las planeamos, a los que redactaron la Constitución se les ocurrió lo del federalismo, los controles y los equilibrios. Además, este país tiene unas dimensiones enormes y un sistema burocrático que lo acompaña. Es difícil realizar cambios a gran escala de ningún tipo, sea en la dirección que sea. Los defensores de tomar medidas medioambientales lo saben bien. Los que luchan por un sistema de salud universal también lo tienen claro, de hecho, hace décadas que trabajan en esta dirección.

A pesar de esto, la verdad es que es más fácil romper algo que arreglarlo, tal y como Donald Trump ha demostrado repetidamente. Se ha salido con la suya, con un 30 % de la pluralidad de la ciudadanía interesada en mantener su supremacía cultural sólidamente detrás de él y una parte lo suficientemente grande del sistema republicano dispuesto a aceptar un negocio fáustico por sus propios intereses.

Es fácil ver lo que esto ha provocado en nuestro país en tres años y medio. ¿Y si estos tres años y medio se convierten en ocho?

Copyright © by S.V. Dáte. To be published by Sounion Books Sept. 8, 2020. Excerpted by permission.