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20/06/2021 10:56 CEST | Actualizado 20/06/2021 10:56 CEST

El último día del curso con las mascarillas

Su uso en exteriores el viernes 25 tendrá algo de ceremonia, de conmemoración, de desentumecimiento.

Miguel Pereira via Getty Images
Una mujer con mascarilla.

Se nos va a hacer rara la última semana de uso de las mascarillas en exteriores. Como cuando íbamos a clase el último día de un curso en la escuela. Que casi hasta nos gustaba ir, porque la promesa de vacaciones compensaba el madrugón y la disciplina. El último día de un curso no había exámenes, ni se explicaban lecciones. Había que estar en el aula porque sí, aunque todos —los profesores los que más— sabían que ya daría igual que estuviéramos corriendo por el parque. El próximo viernes sentiremos una vaga alegría al ponernos la mascarilla. Miraremos a los desconocidos con una cierta complicidad y con esa maestría que hemos adquirido para reconocer expresiones faciales a partir de los ojos. El uso de mascarillas en exteriores el viernes 25 tendrá algo de ceremonia, de conmemoración, de desentumecimiento.

Pero que no sea obligatorio usar mascarillas al aire libre a partir del sábado no quiere decir que sea obligatorio no usar mascarillas al aire libre a partir del sábado. Hasta ahora el Estado tomaba la decisión por nosotros, pero el día 26 empezará a delegar en cada ciudadano la valoración de si debe o no usar la mascarilla en espacios abiertos. Y todos sabemos que convivimos en la misma plaza pública todo tipo de personas: desde las más prudentes hasta las más irreflexivas. Más o menos impulsivas. Más o menos inconscientes. Personas temerarias y personas aterrorizadas junto a todos los valores intermedios que hay entre ambas. Y cada una va a tomar decisiones co-lec-ti-vas, porque el yo aislado no existe si hablamos de virus que saltan de una persona a otra flotando en el viento.

Que no sea obligatorio usar mascarillas al aire libre a partir del sábado no quiere decir que sea obligatorio no usar mascarillas al aire libre a partir del sábado

Cada persona irresponsable puede hacer más mal que el bien que puede hacer una persona responsable. Como en toda elección que intenta minimizar a la vez imprudencias y molestias inútiles, no hay una estrategia óptima, y es necesario elegir entre asegurar la prudencia, aún a costa de poder sufrir incomodidades innecesarias, o asegurar la comodidad, aún a costa de abrir la puerta a la posibilidad de que empiecen a ocurrir ciertas imprudencias. En los momentos más graves de la pandemia no cupo duda a favor de la primera de las estrategias. La verdadera noticia no es que podremos ir sin mascarilla por la calle a partir del sábado 26, sino que la pandemia se ha reducido lo suficiente como para podernos permitir globalmente como sociedad adoptar la segunda de las estrategias.

Teniendo en cuenta que los móviles ya nos acompañan como una parte más de nuestro cuerpo, es extraño que no haya aparecido aún una aplicación que dispare una alarma cuando entremos en una calle céntrica, un mercado al aire libre, un parque en hora punta en donde la densidad de paseantes aconseje colocarse la mascarilla. Los timbres que marcaban el fin del último día de curso eclipsaban las voces de los maestros que nos recomendaban no abandonar los estudios por completo durante el verano. Los especialistas nos recomiendan no abandonar la prudencia y tener presente que la covid no ha terminado, pero los niños estamos quitándonos la mascarilla eufóricos y gritando de alegría. Asentimos como prometíamos a los maestros que rellenaríamos los cuadernos Santillana estando en la playa. Feliz verano.

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