Elogio de la cotidianeidad

La filosofía nórdica está revolucionado el concepto de felicidad y pone el acento en las pequeñas cosas.
Elogio de la cotidianeidad.
Willie B. Thomas via Getty Images
Elogio de la cotidianeidad.

Desperezarse, ir a trabajar, arrellanarse en el sofá, tomar un café con los amigos… todo esto forma parte de lo cotidiano, un concepto que se encuentra en estrecha relación con la rutina, aquella vieja costumbre que al final se convierte en un hábito.

Y es que, en el fondo, la cotidianeidad es un constructo que nos hemos inventado los seres humanos y que tiene que ver con el estilo de vida, con las actividades que realizamos de forma repetida todos los días.

La verdad es que todo aquello que consideramos cotidiano nos parece que carece de glamour, simplemente porque se desliza por la ladera descendente de nuestra vida. Cómo será que hasta los filósofos se han desentendido de su estudio.

Aprendiendo de los daneses

¿Y si precisamente el antídoto contra la infelicidad estuviese en disfrutar de lo cotidiano? Quizás, solo quizás, el arte de celebrar esas cosas insignificantes que nos suceden diariamente a todos y que, en el fondo, dan sentido a nuestra vida, sea una estrategia eficaz para alcanzar la perseguida felicidad.

Los daneses tienen un concepto que va muy en esta línea, ellos lo llaman “hygge” —se pronuncia “hu-ga”—, y podría traducirse, aunque es mucho más que eso, como “lo acogedor”. El vocablo danés es, al mismo tiempo, un adjetivo y un sustantivo, lo cual facilita mucho su uso.

Si tuviéramos la oportunidad de preguntar a un danés qué es exactamente el hygge es posible que nos respondiera de una forma muy imprecisa, como si ni siquiera lo supiera. Diría que es comer galletas cocinadas en su cocina, ver la televisión bajo el edredón, tomar un té en el transcurso de una reunión familiar, dar un paseo por el bosque en otoño… y muchas cosas más.

Seguramente muchos de nosotros, acostumbrados a enterrar la nariz en el ordenador durante muchas horas al día y a “disfrutar” de placeres más sofisticados, le miraríamos con gesto desdeñoso y ojipláticos, sin entender nada de nada.

En busca del hyggerkrog

Pero cuidado, no desestimemos a los daneses que de esto saben mucho, ya que la Organización de Naciones Unidas (ONU) les ha premiado en lo que podríamos llamar la “filosofía del disfrute” concediéndoles, en varias ocasiones, el primer puesto en el ranking de los países más felices del mundo.

El hygge, según ellos, aparece donde uno menos se lo espera, desde una barbacoa hasta una puesta de sol frente al mar, pasando por un paseo por el parque o, simplemente, tomándose un café a media tarde en una terraza. Ya lo decía el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos. No se ve bien sino con el corazón”.

Los daneses tratan de encontrar lo que ellos han dado en llamar un “hyggerkorg”, que no es otra cosa que un rincón donde poder disfrutar de la música, de un buen libro o, simplemente, del placer de no hacer nada.

Los suecos también disponen de su ingrediente particular para alcanzar la felicidad. Lo llaman “lagom” y consiste en buscar el equilibrio en todas las facetas de la vida. Lagom puede ser trabajar lo necesario, comer de forma moderada, no vivir con demasiadas estridencias, prescindir de compras innecesarias… En otras palabras, mantener los pies en la tierra.

Y claro, puestos a filosofar, los noruegos tampoco se iban a quedar atrás. Para ellos el concepto más importante es el “kos” —de koseling, felicidad—, que consiste en compartir experiencias con otras personas. La sociedad noruega ha desterrado la soledad al rincón de los olvidados y defiende que para pasar un buen rato hay que estar acompañado.

En definitiva, la felicidad está precisamente en eso, en saber disfrutar de la grandeza de la cotidianeidad. Y es que nuestros hábitos rutinarios, nos guste o no, transitan por la rotonda de la felicidad.

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