Estoy embarazada de 8 meses y medio en plena pandemia y tengo miedo

Las incógnitas que se asocian a las pandemias pesan demasiado cuando se suman a las incógnitas de un embarazo.

Me senté frente a mi clase de 20 alumnos de primer año en una universidad a las afueras de Boston y un alumno tosió, y luego, otro. Alguien estornudó. La clase se quedó en silencio y nos estuvimos preguntando si ese sería el estornudo que propagaría el coronavirus por clase como un incendio forestal. Consideré la posibilidad de sacar el último pequeño bote de desinfectante que me quedaba, el tercero de la temporada.

Sorberse la nariz y toser es algo habitual en muchas universidades privadas porque los alumnos no quieren acumular demasiadas faltas de asistencia. Sin embargo, ese día estábamos esperando a que anunciaran que se suspendían las clases presenciales para pasar a la modalidad virtual y empezar a poner en práctica el distanciamiento social para frenar la expansión del coronavirus, tal y como recomendaban los CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades). Además, estoy embarazada de ocho meses y medio.

Como muchos padres saben, el nacimiento del primer hijo es un momento épico en la vida de cualquier adulto. Compré libros sobre qué esperar cuando estás esperando y cómo relajarse, sobre dar el pecho y sobre la hipnosis para el parto. Visitaba el ala de maternidad del hospital, realizaba cursos en línea y comentaba los posibles planes de parto con mi médico.

Acabábamos de acordar que realizaríamos el pinzamiento tardío del cordón umbilical cuando el plan quedó en suspenso al publicarse la noticia del coronavirus extendiéndose por nuestra ciudad. Informaron de un primer caso confirmado. Luego, un segundo. Luego celebraron una conferencia en un hotel y se multiplicaron los casos. El desinfectante de manos y el papel higiénico desaparecieron de los supermercados y los trabajadores que no eran de primera necesidad se pasaron al teletrabajo.

“No hay suficientes pruebas que respalden que las embarazadas y nuestros bebés tengamos mayor riesgo de complicaciones, como sí sucede con la gripe”

Ahora, la ropa de bebé que me han ido regalando sigue amontonada, los libros sobre bebés están embutidos bajo la mesita del café y me paso gran parte del día trabajando de instructora de escritura por internet en pijama, actualizando obsesivamente los medios digitales cada poco para enterarme de las últimas noticias sobre la pandemia. No es la clase de actividad relajante que esperaba estar realizando seis semanas antes del parto.

La guinda del pastel es que también estoy a punto de debutar oficialmente como novelista, ya que el 14 de abril publican mi obra, The Way You Burn, pese a que las lecturas y las presentaciones se han cancelado hace poco. Al menos sé que esa fecha sí que es segura. La urgencia de escoger una decoración para el cuarto del bebé ahora me resulta casi irrelevante a medida que me entran dudas sobre si estará del todo optimizada la página web cuando se publique el libro.

Me debato entre ir al gimnasio (porque he leído sobre los beneficios de hacer ejercicio durante el embarazo) y quedarme en casa (porque me pregunto cómo de contaminadas estarán las barras de la elíptica). Considero la posibilidad de pasar el tiempo investigando sobre publicaciones de libros digitales, pero al final opto por tomarme el trozo de pastel que queda en el frigorífico. También pienso en ir al súper a abastecerme de comida, pero veo por las redes sociales que las filas se salen de los establecimientos y que las estanterías están vacías. Además, ahora solo me apetece dormir.

Mi médico me dijo que no me preocupara y los CDC aseguran que aunque no hay mucha información sobre cómo afecta el coronavirus a las embarazadas y a los bebés que llevan en su interior, no hay suficientes pruebas que respalden que las embarazadas con tripas prominentes y nuestros bebés tengamos mayor riesgo de complicaciones, como sí sucede con la gripe. Pero no estoy seguro de que esto sirva para mitigar la ansiedad que va ligada a la palabra pandemia.

Las incógnitas que se asocian a las pandemias pesan demasiado cuando se suman a las incógnitas de un embarazo. ¿Habrá poco personal médico en el hospital para atenderme dentro de seis semanas? ¿Daré a luz antes de hora o se retrasará mi bebé? ¿Morirán decenas de miles de personas por esta enfermedad respiratoria o conseguirá la cuarentena frenar la curva de contagio? ¿Podré tener un parto natural o necesitaré la cesárea para teneral bebé?

“Quienes requieran cirugías corrientes, sufran una urgencia médica o entren en parto cargarán con el riesgo de que el virus se extienda en hospitales y se agoten las camas”

He leído que en China las embarazadas tuvieron que cancelar sus revisiones periódicas porque el personal médico y sus recursos tuvieron que ser destinados al coronavirus. A estas alturas, en Estados Unidos no está claro que la situación vaya a ser como en Wuhan o en Italia en las próximas semanas o meses, pero quienes requieran cirugías corrientes, sufran una urgencia médica o entren en parto cargarán con el peso de las incógnitas y con el riesgo de que el virus se extienda en hospitales y se agoten las camas.

Intento no pensar en que quizás tenga que dar a luz yo sola en una sala privada sin acompañantes a la espera de que un médico quede libre para venir a asistirme, quizás sin el material protector necesario. O quizás ni siquiera en una sala privada, sino en un pasillo. Tal y como están las cosas, los hospitales ya se enfrentan a la carencia de mascarillas protectoras debido al acopio masivo que ha hecho la población general, pero me he dado cuenta de que obsesionarse con los peores escenarios no le hace ningún bien a nadie.

Aunque esta es la primera pandemia de coronavirus que mi generación y la de mis padres estamos afrontando, me pregunto si mi hijo nacerá en un mundo en el que los nuevos virus se vuelvan frecuentes conforme los viajes globales y la interconectividad siguen expandiéndose y desarrollándose. Me imagino un escenario en el que los dedos rollizos de los niños pequeños vuelan por los dispositivos táctiles y los teclados porque la enseñanza se ha vuelto digital y las redes sociales son la única forma de socializar con seguridad sin poner en riesgo de infección al resto de la comunidad.

Por ahora, la estrategia de esperar (y lavarse las manos) parece ser la única opción que tenemos ante unas circunstancias globales y personales que nunca hemos vivido. La sensación de lanzarme en un salto de fe al futuro con los brazos extendidos y los ojos cerrados me provoca terror y, en cierto sentido, también alivio.

Christine Meade es escritora, editora y educadora. Tiene un máster en Escritura creativa por el Instituto de las Artes de California. Vive a las afueras de Boston. Su primera novela,The Way You Burn, será publicada en abril. Descubre más sobre su obra en christine-meade.com.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.