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19/09/2019 07:20 CEST | Actualizado 19/09/2019 07:20 CEST

Empinadas cuestas

Desprestigian el feminismo olvidando que lleva más de dos siglos tratando de acabar con la desigualdad entre géneros.

nito100 via Getty Images

Después de meses de ausencia, retomo mí comunicación con un artículo que denomino Empinadas cuestas, en recuerdo del título genérico, Las empinadas cuestas, de la columna, primero quincenal (2009), y más tarde semanal, a partir de la muerte de mi amiga Carmen Calleja (2012). Así estuve muchos años, hasta que pasé a escribir una tribuna mensual; llevo 10 años colaborando con los diarios del Grupo Joly, por lo que agradezco y me siento orgullosa.

En aquella primera columna, explico el porqué del título: “La idea me surge cuando, en el prólogo a mi libro Una mujer de mujeres (2008), mi amigo Pepe Griñan escribe: “Son tantas las vivencias compartidas con Amparo que, al leer su libro, he vuelto a rememorar fragmentos de mi propia biografía. Y una vez más he comprobado cómo los mismos acontecimientos son vividos de diferentes maneras por hombres y mujeres, cómo los caminos más habituales para nosotros, los más cotidianos, son para ellas empinadas cuestas’. Por eso voy a escribir sólo de nuestras empinadas cuestas; enumero algunas: violencia de género, desigualdades salariales, cuidado y educación de los hijos e hijas, de los mayores, del agrado, del cuidado, de lo domestico, del lenguaje sexista…y de tantas cosas difíciles para nosotras que parece que tuviéramos una maldición divina sólo por haber nacido mujeres”.

Un tiempo después, reflexiono: “Un amigo periodista me dijo que mis artículos eran propagandísticos; también yo me planteo: ¿por qué tengo que escribir siempre sobre cosas de mujeres? En ocasiones pienso que es una limitación autoimpuesta. Sé de más cosas: soy doctora en Derecho, profesora de Universidad y he ocupado muchos cargos públicos, de muy diferente naturaleza. ¿Por qué lo hago? ¿Por qué no soy una articulista al uso? Pues sencillamente porque cuando miro esta misma página en la que escribo, o las páginas de cualquier otro periódico, todas están llenas de artículos que hablan de problemas que interesan al mundo, y ¿quién escribe de las discriminaciones que diariamente sufren las mujeres? Esporádicamente, hay algún comentario cuando ocurre un grave suceso, sobre todo de violencia de género, o una noticia muy mediática”.

Pasados 10 años, me pregunto: ¿es mejor o todavía tenemos empinadas cuestas? Hemos avanzado mucho, muchísimo; recordaré solo dos grandes acontecimientos: el MeToo, que ahí está, aunque no guste, y las multitudinarias e intergeneracionales manifestaciones del 8 de marzo.

Tenemos miedo a lo que está pasando; hay declaraciones, políticas y no políticas, que ponen los pelos de punta.

Pero, al mismo tiempo, tenemos miedo a lo que está pasando; hay declaraciones, políticas y no políticas, que ponen los pelos de punta; por ejemplo, negar la existencia de violencia contra las mujeres y sustituirla por violencia intrafamiliar, equiparando todas las violencias que, tristemente, se producen en la sociedad a la específica de las mujeres; claro que hay que hacer campañas contra los malos tratos, pero sin olvidar que son consecuencia de la violencia de género que provoca el machismo.

No es sólo el discurso de un partido, sino que es apoyado por otros que hace poco más de un año firmaron un Pacto de Estado contra la violencia de género, y ahora, leemos, sin inmutarnos, que el portavoz de Vox en el Congreso insiste en que “en España, los niños que mueren, que no son pocos, mueren mayoritariamente a manos de una mujer: de sus cuidadoras, de sus abuelas o de sus madres, por desgracia”. Una mentira espantosa.

Son muchos, jóvenes incluidos, los que compran este discurso, porque les interesa no perder privilegios, ignorando el asesinato de mujeres e hijos a manos de sus parejas o ex parejas. Desprestigian el feminismo y a las feministas, olvidando que éstas llevan más de dos siglos tratando de acabar con la brutal desigualdad entre los géneros que existe desde que el mundo es mundo a causa del patriarcado.

Plácido Domingo, ante las reiteradas denuncias de acoso sexual, dice en su disculpa: “Reconozco que los baremos por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado”. Cierto, y lo son porque las mujeres con sus denuncias, que tienen poca credibilidad, lo han hecho posible. Elvira Lindo lo ha escrito: “La defensa en torno al tenor ha sido tan abrumadora que las que han visto, en este caso, arrebatada su presunción de inocencia han sido las mujeres que señalaron un mal comportamiento del artista”. Boadella afirma rotundo que “las manos de un macho no están para estar quietas”. Lamentablemente, las mujeres tenemos todavía que subir empinadas cuestas.

 

Este artículo se publicó originalmente en el Diario de Sevilla