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01/02/2021 19:08 CET | Actualizado 01/02/2021 19:08 CET

En busca de la irrealidad:un relato soñado

Hallar pasado, presente y futuro en la esencia de lo bello, lo intangible en lo cotidiano, sin renunciar a su existencia, sin cesar en su búsqueda.

Alberto Gagliardi via Getty Images
Pila di Libri con libro aperto su sfondo nero

Un escritor es un contador o, mejor dicho, un creador de historias, en las que se confunden los sueños, las esperanzas y las irrealidades perseguidas como vivencias íntimas, con la realidad, siempre alterada por la versión apropiada en su mitad más sensible, la vida cotidiana en su esplendor o fracaso y, en fin, el ser y el querer ser, lo que fue y lo que pasó y queda. Un escritor plasma en su obra buena parte de sí mismo, aderezada con lo que aprehende cada día de lo cotidiano, pues cotidiano es todo lo que sucede, incluso en su expresión más inaprensible, pero cautivadora.

En cada libro hay una parte real y cierta y otra que deriva de la irrealidad que existe en el pensamiento y en el alma profunda, la que late a flor de piel. En cada página se proyecta un verso, una canción, un poema, un recuerdo de los seres queridos idos o presentes, un latido que estremece al compás de un baile entre sombras, una conversación con un anciano sabio, un duelo dialéctico y profundo entre los varios “yos” que se reúnen para hacer saltar las alarmas del hastío y alterar el rumbo de las cosas.

Buscar la irrealidad es un tránsito entre lo vivido y lo intuido, un camino hacia el hallazgo que toda persona persigue, ese ser que se escapa de las manos cuando pareces haberlo encontrado, pero que huye entre las demoras obligadas por el ser social. Y ese ser es ella cuando la presientes a cada paso, la intuyes en el aliento más vital, en un café en silencio, observando la nada, o es el que baila con danzarines sin rostro que no son más que apariencias de la rutina que rodea lo irreal y cierto, pero que marca el compás si no huyes encontrando la luz, una luz tan incierta, como cambiante y fronteriza con el amor, como amante celosa que no quiere ser compartida.

Un libro de camino y hallazgo, que culmina en la esperanza de hallar la vida en lo intangible. Música y poesía son el tiempo eterno, irreal y fiero en sus reclamos y poderoso en sus espacios íntimos. Un mundo que adorna al sol, a la tierra en su belleza esencial, pero perfeccionada por el compás de letras y notas. 

La irrealidad buscada impregna la vida cuando se hace papel y pluma, cuando se encuentra en las calles de esa Barcelona mágica que lleva escrita en sus rincones una historia de la que emanan ecos del pasado eterno, de bohemios que no renuncian a perder su aura libertaria. Y París, su hermana mayor en tantas cosas, su refugio tantas veces acudido, en el que intuí la música de la calle, esa que Barcelona ha hecho suya.

Cada cual es quien es y, cuando escribe se manifiesta en toda su magnitud, aunque narre algo real y acaecido, pues la palabra no es tangible y brota siempre del pensamiento creador y lo creado es personal. 

Quien escribe este libro, un canto a la irrealidad hecha verbo, es juez de profesión, hecho éste que suele ser reclamo para un lector que espera encontrar en un juez la justicia o sus errores en todas las facetas de la vida. Un error. Ser juez es, cuando se escribe, se siente, se vive, tanto como ser profesor o leñador. La profesión reviste, no hace, aunque, bien es cierto, determina una forma de aproximarse a la vida si no se tiene la prevención necesaria y se cede a no ser algo propio, sino esclavo del oficio.

Un juez vive escenas irreales de sucesos excepcionales, pero también profundamente humanos. Acercarse a ellos es fuente de conocimiento de las miserias humanas, de las heroicidades del ser humano incapaz de ser equilibrio con su entorno. Pero un juez no puede esperar escribir sobre lo que conoce en estrados, pues la imparcialidad le impide comprometerse con el conflicto, hacer justicia fuera de lo que la ley ordena, a veces de modo injusto. Un juez, si quiere escribir y hacerlo para el triunfo de la irrealidad, debe desvestirse de su toga y función y penetrar en los espacios de lo íntimo y profundo de los sentidos y sentimientos, sin plazos, ni sentencias, tan refractarias a la libertad individual, ni pruebas, que no se necesitan para entregarse. Escribir debe hacerse inmune de ejercer la judicatura cuando ésta quiera ser independiente, fría por imparcial. Y sacudirse a la salida del juzgado la carga de lo debido para entrar en lo querido, en el mundo creado que transita entre lo que nos rodea, humano y divino, y lo que está ahí, desde niño, creciendo y reclamando no ser olvidado. Los recuerdos claman ser verdad cuando expresan ideales y felicidades que no deben ser relegadas por promesas de un mañana sin fecha.

Buscar la irrealidad es hallar pasado, presente y futuro en la esencia de lo bello, lo intangible en lo cotidiano, sin renunciar a su existencia, sin cesar en su búsqueda. Este libro es eso: un grito o canto escrito a la música de los sentidos, a la palabra de las notas y al etéreo abrazo a la vida.