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23/09/2020 17:00 CEST | Actualizado 23/09/2020 17:01 CEST

En la muerte de la notoria magistrada Ruth Bader Ginsburg

Manipular el poder judicial no es nuevo ni patrimonio estadounidense, tiene concomitancias con las pioneras maniobras del PP.

Yuri Gripas / Reuters

Este artículo también está disponible en catalán.

 

“Mi deseo más ferviente es no ser sustituida hasta que haya un nuevo presidente”.

Ruth Bader Ginsburg

 

Así de claro lo tenía Ruth Bader Ginsburg, una de las tres miembros del Tribunal Supremo yanqui. (Como el Tribunal lo conforman nueve personas, que fueran sólo tres es la evidencia de que no hay paridad.) Las palabras que dijo a su nieta Clara Spera pocos días antes de morir son toda una declaración y una lúcida y preocupada visión del cataclismo que se avecina.

En efecto, a Donald Trump le ha faltado tiempo para decir que, tan pronto como pueda, propondrá una persona para cubrir la vacante que deja Ginsburg, que esta es una de las misiones y objetivos más importantes que tiene como presidente. La gente que lo votó en 2016 lo sabía (cuándo se dejará de menospreciarla). Esta prerrogativa presidencial motivó más a los y las votantes de Trump que al electorado demócrata; es decir, un factor importante para votarlo fue la capacidad que tiene el presidente de dominar y mangonear el Supremo. Por esta razón la Iglesia Evangelista y otras igual de fundamentalistas lo votan sin ni rechistar a pesar del comportamiento claramente pagano de Trump: compensa si así consiguen revertir el derecho al aborto.

Puesto que el Senado tiene cien senadoras y senadores, y cincuenta y tres pertenecen al Partido Republicano, el resultado es obvio. Ya se ha empezado a especular si habrá senadores, sobre todo senadoras, que votarán en contra. Abandonemos toda esperanza. También se dijo que eso podía ocurrir durante el proceso de impeachment, o cuando Trump propuso para el Supremo al violento agresor Brett Kavanaugh (anteriormente Trump ya nominó con éxito a otro miembro, a Neil Gorsuch —no está mal: de momento, dos magistrados en menos de dos años de presidencia—). A la hora de la verdad saben perfectamente lo que deben votar. Abandonemos también la peregrina idea de que una cosa es Trump y otra el Partido Republicano; Trump está muy bien acompañado.

Manipular el poder judicial no es nuevo ni patrimonio estadounidense, tiene concomitancias con las pioneras maniobras del PP.

Cuando en 2016, diez meses antes de que Barak Obama acabara el segundo mandato, murió el juez Antonin Scalia. Para sustituirlo en el Supremo, Obama nominó al moderado Merrick Garland. Un siniestro personaje, Mitch McConnell, casi siempre en la sombra, líder de la mayoría republicana en el Senado, impidió incluso que se iniciara el proceso de confirmación en esta cámara con la excusa de que, al ser año electoral, primero se tenía que escuchar la voz de la gente. A menos de mes y medio de las elecciones, la excusa le parece una ramplonería y ya ha declarado que no se paralizará ningún nombramiento. En paralelo, cuando en enero de 2019, el Partido Demócrata recuperó el control de la Cámara Baja de Congreso, el filibustero McConnell ya les avisó de que no se hicieran ilusiones, que no permitiría que ninguna de sus iniciativas se convirtiera en ley cuando llegaran al Senado.

Si Trump, McConnell y el Partido Republicano consiguen situar a una o a un juez reaccionario en el Supremo, la proporción será de seis a tres a favor de la derecha y la ultraderecha. Ni que decir los efectos que esto puede tener en un derecho tan básico pero frágil como el derecho al aborto y en otros como los de la inmigración, los derechos civiles o la proliferación y el descontrol de las armas. Además, los cargos del Supremo yanqui son vitalicios, ello quiere decir que durante muchos años estará escorado hacia la extrema derecha; para completar el panorama, hay que recordar —aunque sea un poco morboso— que el conservador más viejo es Clarence Thomas, 72 años (otro agresor sexual) y el progresista que tiene más años es Stephen Breyer: 82.

(Un inciso para recordar que tanto Clarence Thomas como Brett Kavanaugh son miembros del Tribunal Supremo yanqui pesar de las fundamentadas y valientes denuncias de Anita Hill y Christine Ford, respectivamente.)

Uno de los pocos consuelos que nos queda es honrar la figura de Ginsburg y su inmenso legado; su inteligencia y sabiduría.

Manipular el poder judicial no es nuevo ni patrimonio estadounidense, tiene concomitancias con las pioneras maniobras del PP para dominar todos los órganos judiciales por la puerta trasera, comenzando por el Constitucional antes de la sentencia del Estatut de Cataluña, o las de países como Polonia, Hungría, Brasil y Turquía (lo mejor de cada casa) en este mismo sentido. Seguramente la apropiación del poder judicial por parte del legislativo es la amenaza más grande y global a la democracia.

Uno de los pocos consuelos que nos queda es honrar la figura de Ginsburg y su inmenso legado; su inteligencia y sabiduría, por supuesto, y el vigor y el temple y la fortaleza de una magistrada que el tópico presenta como frágil. Hay muchas maneras de aproximarse a ella, el cine es una, no la peor. Hay un buen e interesantísimo documental, RBG y un pulcro y ordenado biópic On the Basis of Sex (Una cuestión de género), ambos de 2018.

A Ginsburg se la considera una feminista. Es verdad, cada vez que fue necesario, luchó por la igualdad y legisló teniendo en cuenta a las mujeres preservando los eslabones más débiles de los derechos humanos. Justamente por eso fue siempre una colosa defendiendo la libertad y la democracia, un tipo de organización política que creíamos, santa inocencia, que no tenía marcha atrás en los lugares del mundo donde estaba implantada.