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11/04/2020 13:24 CEST | Actualizado 13/04/2020 11:50 CEST

Enfermeras y lo que cuelga

Morsa Images via Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán.

 

En una ocasión, ingresaron en nuestro pabellón dieciséis pacientes de golpe. Todos los días de la última semana han sido un largo intento de hacer lo imposible, o lo que parecía imposible antes de empezar. Cuatro de nuestros treinta y cinco pacientes están en la lista de casos críticos [...] y cualquiera de ellos podría dar tarea a una enfermera para todo un día, pero sólo hay dos para todo el pabellón, una hace lo que está en su mano [...] Nadie que no haya estado en Francia alcanza a comprender el significado de la palabra «emergencia». [...] Al final no me he dado un baño porque el agua sólo estaba templada.

Vera Brittain. Testamento de juventud

(Trad. Regina López Muñoz. Periférica & Erratanaturae, 2019)

Estas son algunas de las líneas de una carta que la escritora, feminista y pacifista Vera Brittain envió a su madre y a su padre en octubre de 1917 desde el Hospital General nº 24 de Étaples, en el frente francés, donde trabajaba en el cuerpo de enfermeras voluntarias durante la I Guerra Mundial.

Es difícil al leerlas no pensar en las muchísimas enfermeras (y enfermeros —durante un tiempo, algunos preferían denominarse ATS, quizá porque «enfermeros» se parece demasiado a «enfermeras»—), médicas (y médicos), comadronas, matrones y demás personal sanitario, de limpieza, de intendencia, de comedores... que desde hace tantas semanas se juegan la piel por cuatro chavos —muchas veces, gratis et amore— por la humanidad, por gente que no conocen de nada. Que hacen lo que antes de que lo hagan, parece imposible.

Sean, pues, estas citas y estas líneas un minúsculo pero sentido homenaje y reconocimiento a tanto trabajo y a tanta dedicación en lugares bien peligrosos. Poca broma, que estamos hablando de quien construyó tozudamente el dique de las Mareas blancas. ¡Madrid, que bien resististe!

Testamento de juventud es un portentoso e inagotable testigo del periodo de la I Guerra Mundial, que se alarga hasta la posguerra y a la política inmediata, puesto que Brittain le puso punto final en 1925. El volumen, además de tratar otras indispensables cuestiones, es un nítido y lúcido alegato contra la guerra y la incompetencia política y militar y, en consecuencia, de como la generosísima juventud de la autora fue derrochada y con ella la de toda una generación. También muestra que ahora no estamos en una guerra, que el coronavirus no es un «enemigo a vencer, a aniquilar, a aplastar, a derrotar, a destruir...», sino una enfermedad que se tiene que curar, que se tiene que tratar, que hay que vigilar, en unos cuerpos como más fortalecidos mejor.

Si estuviéramos en una guerra caerían bombas sobre hospitales y clínicas, habría gente ejerciendo de francotiradora en la calle.

Y esto se conseguirá no con el miedo que genera la palabra «guerra», no con la obediencia ciega de quien batalla en ella, sino desde la inteligencia, el cálculo, la transacción de la medicina, y la reflexión y el ensayo y error de la investigación, sumadas a unas políticas que, lejos del autoritarismo y el temor que promueve el belicismo, no busquen que obedezcamos ciegamente sino que actuemos responsablemente; es decir, desde la coordinación, el entendimiento y la colaboración.

También lo muestra que cuando más se valora eso que se ha convenido en denominar «cuerpos y fuerzas de seguridad»; cuando más se aplaude a soldados, Guardia Civil, la Urbana... es cuando deponen las armas y hacen de enfermeras y lo que cuelga.

Si estuviéramos en una guerra caerían bombas sobre hospitales y clínicas, habría gente ejerciendo de francotiradora en la calle. Si estuviéramos en una guerra no nos quejaríamos porque hemos ido al mercado y los ajos tiernos se han terminado, o no tenían exactamente la clase de manzana que queríamos. Seguramente el suministro de gas, electricidad y agua no sería como el de ahora. Probablemente, como Brittain, deberíamos ducharse (si es que lo hiciéramos) con agua fría.

Ahora que ya estaba más que acostumbrada a vivir y trabajar de pie; sólo alguna «oleada» excepcional de enfermos me provocaba dolores óseos y similares musculares a los que padecí después de la batalla del Somme. En cuanto a las heridas, también iba curtiéndome; a esas alturas, la mayoría de nosotras contaba con una suerte de persiana psicológica que bajábamos con firmeza sobre el recuerdo de las agonías cotidianas cada vez que disponíamos de algo de tiempo para pensar. Ni se nos pasaba por la cabeza que, en los años de sensibilidad renovada posteriores a la guerra, esas socorridas persianas se negarían a funcionar, o a permitirnos idealizar la mugre y la truculencia eternas.

Vera Brittain. Testamento de juventud

Uno de los mayores elogios que puede hacerse a enfermeras (y enfermeros), a auxiliares y etc., es que en todas las películas y series de médicos (casi nunca las protagonizan médicas), cuando más nos gustan y nos llegan sus tan conspicuos médicos, cuando más se aprecia su tarea, es cuando hacen todos aquellos trabajos y cuidados que en la realidad y cotidianamente siempre realizan las enfermeras y enfermeros y que ellos no han prodigado nunca. En hospital alguno, nunca ningún médico, por ejemplo, me ha abierto una vía, me ha puesto un gotero, me ha administrado un muy agradecido calmante.

Hago votos para que las enfermeras y todo lo que cuelga, toda la abnegada y poco épica heroica gente que mantiene la vida y los cuidados en pie, cada noche pueda «bajar la persiana» un rato y, contrariamente a Brittain, pueda bajarla también cuando lleguen tiempos mejores.

Hago votos para que, cuando vayamos a votar, recordemos qué partidos están por la salud pública (esta que siempre ha pagado la gente y nunca el sector privado), es decir, por la salud, y qué partidos están por aniquilarla, cuales le han declarado —en este caso sí es justo decirlo— la guerra. Ese sí sería un buen y gran aplauso.