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Cómo engañar a tu cerebro para que le gusten las verduras

Si a una persona le obligan a comer brócoli de niño, es posible que de adulto tampoco quiera debido a la asociación traumática que tiene con ese alimento.

A mi padre de 67 años solo le gustan tres tipos de vegetales: zanahorias crudas, lechuga iceberg y maíz en mazorca con mantequilla.

Aunque sabe que las verduras están repletas de nutrientes y de niño se las daban para comer con frecuencia, no desea que le gusten más. El motivo por el que no le gustan tiene más que ver con la textura que con el sabor, ya que, según comentó hace poco, “no saben a nada”.

De las cinco porciones diarias de fruta y verdura que habría que comer, en España se consumen, de media, menos de tres, un 40% menos que hace 50 años, según la Fundación Española de la Nutrición.

La edición estadounidense del HuffPost se ha puesto en contacto con diversos expertos para descubrir si hay algún modo de entrenar un paladar adulto para que le gusten más las verduras (o para tolerarlas mejor) y qué formas hay de enseñar a los niños a cogerle el gusto a estos alimentos.

Muchas personas ven poco práctico consumir frutas y verduras frescas

Cynthia Stadd, experta en nutrición holística especializada en las relaciones con los alimentos y la psicología de la alimentación, atribuye la falta de verdura en muchas dietas a la ocupada agenda de la gente.

“Lo que más me dice la gente es: ’Ya sé que debería comer más verdura, me parece bien y quiero hacerlo, pero no sé cómo. No tengo tiempo de ir a comprarlas. No tengo tiempo de prepararlas. No tengo tiempo de cocinarlas”, comenta Stadd.

En cuanto a las frutas y hortalizas, no hay excusa, ya que se comen crudas. En lo que respecta a las verduras, existen otras opciones. Jill Patterson, dietista, nutricionista, asesora especializada en nutrición escolar y trabajadora en programas de bienestar de empleados, propone recurrir a conservas en botes (judías verdes, acelgas...) o a bolsas ultracongeladas. Estas últimas tienen los mismos nutrientes que las verduras frescas y se conservan durante mucho más tiempo.

El rechazo a las verduras también tiene motivos genéticos y psicológicos

La genética es capaz de predisponer a una persona para que no le gusten las verduras, sostiene Patterson. Las personas con genes de supercatadores de sabores tienen más papilas gustativas y perciben el sabor de forma más intensa, sobre todo los sabores amargos. Los supercatadores de sabores, que se estima que son el 25% de la población, tienden a ser comedores quisquillosos y no les suelen gustar verduras como las espinacas, el brócoli y las coles de Bruselas.

Pero hay más factores implicados. Por ejemplo, si a una persona le obligan a comer brócoli de niño a la fuerza, es posible que de adulto tampoco quiera debido a la asociación traumática que tiene con ese alimento.

Pese a que la reacción es subconsciente, los alimentos pueden provocar sentimientos negativos, asegura Stadd.

El cerebro sabe adaptarse a comer más verduras

Tal vez no te gusten todas las verduras, pero puedes entrenarte para comer más. Lo único que hace falta es fuerza de voluntad para adoptar nuevos hábitos y estilos de vida.

Pensar en positivo al incorporar más verduras a la dieta puede ayudarte a engañar al cerebro para que tenga más ganas de probarlas, añade Stadd.

Las investigaciones demuestran que las personas están más dispuestas a tomar verduras cuando el alimento en cuestión les es descrito de un modo estimulante e indulgente y no se mencionan aspectos como la salud. En un estudio, las judías verdes cuya descripción mencionaba su “dulce crujido” eran escogidas un 25% más que otras judías verdes con descripciones convencionales.

También es más probable que te empiecen a gustar las verduras si notas que te sientan bien y tu salud ha mejorado desde que aumentaste la proporción de verduras en tu dieta, según los estudios. El concepto conocido como aprendizaje asociativo sabor-nutriente ayuda a que la gente perciba las verduras de un modo más positivo.

Patterson sugiere que pruebes diversas verduras y que experimentes con distintas recetas, sabores y modos de prepararlas: “Tal vez te gusten más las verduras cocinadas, tal vez las prefieras crudas o tal vez solo te gusten determinadas recetas. Encuentra lo que más te guste y sigue incorporando novedades a tu menú”.

Tus hijos comerán más verduras si también tú lo haces

La actitud de los adultos con las verduras desempeña un papel fundamental en la conducta alimentaria de sus hijos, explica la dietista Tabitha Prater, del Hospital Infantil de Arkansas.

Los estudios demuestran que la exposición continuada a las verduras aumenta la predisposición a comerlas. Prater insiste en que los padres deberían ofrecerles verduras a sus hijos y cocinarlas de formas diferentes para que los niños tengan más ilusión, pero que nunca hay que obligarles a comer algo si no quieren.

“Como padres, escogemos nuestras batallas, pero si siempre les das permiso para comer galletas y toda esa clase de alimentos calóricos pobres en nutrientes, se van a acostumbrar”, advierte.

Tener más frutas y verduras y menos comida basura a mano ayudará a los padres a ganar algunas de esas batallas.

A los padres no siempre les gustan los alimentos sanos, pero proyectar el rechazo hacia las verduras o hacia cualquier alimento sano es una muy mala idea. Prater asegura que los niños pueden interiorizar esos comentarios, adoptar conductas similares y empezar a rechazar o preferir ciertos alimentos.

Comer juntos en familia de forma habitual les da a los padres la ocasión de dar a probar a los hijos nuevas comidas y moldear sus hábitos alimentarios. Las investigaciones demuestran que cuando las familias comen juntas con frecuencia, los alimentos son de mayor calidad y contienen más frutas y verduras. Por otro lado, hacer que los niños se involucren en la compra y en la cocina aumenta las probabilidades de que acepten las verduras y las tomen más a menudo.

Es normal que los niños sean quisquillosos, pero muchos lo superan con la edad. Por eso muchos padres esconden las verduras en platos que les gustan a sus hijos para asegurarse de que obtienen los nutrientes que necesitan, pero esta práctica puede ser contraproducente, opina Prater.

“[Si se enteran] pueden dejar de confiar en ti y quizás ya no quieran probar nada”, explica. “Simplemente se trata de conocer a tus hijos y saber que no con todos los niños va a funcionar lo mismo”.

En general, los padres no deberían obsesionarse si sus hijos no comen verduras a no ser que afecte a su salud o a su crecimiento, en cuyo caso sí que deberían llevarlo al pediatra. “Creo que lo más importante para los padres es tener paciencia y perseverancia, seguir intentándolo”, concluye Prater.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido y adaptado del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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