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15/03/2020 01:41 CET | Actualizado 15/03/2020 01:41 CET

Entre el miedo y el sentido común

Como sociedad adulta y responsable, no necesitamos que durante todo el día nos intoxiquen con más miedo del necesario.

Powerofflowers via Getty Images

Los virus que actualmente asolan a la sociedad, especialmente el coronavirus (Covid-19), remueven los cimientos de la relación personal que cada uno mantiene con su propio miedo -a la enfermedad, al contagio, a la posible muerte, a la pérdida...-. Desde que somos concebidos, el miedo es una reacción emocional que acompaña a todas nuestras necesidades instintivas cuando son frustradas o agredidas. A lo largo del desarrollo necesitamos que nuestro padre y nuestra madre nos acompañen cuando sentimos miedo para que se pueda procesar de la mejor manera. Sobre todo en escenarios donde por alguna razón nos sentimos en peligro, si no fuimos acompañados, el miedo infantil se registró a fuego en nuestra estructura psico-corporal. En edad adulta, se observan sus consecuencias en cuadros de ansiedad o angustia, por ejemplo, o en estructuraciones paranoicas de diferente índole. Desde esos registros tan personales filtramos la realidad adulta, sintiendo la realidad externa desde esa percepción alterada por la realidad interna. 

Ciertamente, el miedo es necesario para vivir, por alguna buena razón nos acompaña desde el principio de la evolución. Ahora bien, una cosa es el miedo, y otra bien distinta es la ansiedad, la angustia, el alarmismo, el pánico o el terror. Si tengo miedo, lo reconozco, y lo siento, puedo permanecer en contacto conmigo mismo y desde ahí tomar una acción responsable; si tengo miedo pero aprendí a esconderlo, a pensarlo, y a actuar desde ahí, lo más probable es que se acentúe y mis acciones, además de apresuradas, carezcan de sentido. Por otro lado, el miedo también puede ser negado, anestesiado; niego el miedo, niego también la realidad y actúo como si no pasara nada. En ese sentido, cada uno es responsable de transformar la relación personal que mantiene con su miedo para adecuarlo de la mejor forma posible a la realidad de lo que está pasando. 

En estos días en que el miedo se transmite tanto como el virus, más allá de las opiniones que cada cual se formula desde su filtro personal, conviene escuchar a los profesionales de la epidemiología, que por algo dedican y entregan su vida a ello, más que nada para no crear ni más ni menos alarma social de la necesaria. Ciertamente, si no acudes a fuentes fiables que te transmitan la realidad tal cual es, podrías ser un depósito de confusión que acentúa el miedo que albergas. Si además lees o escuchas determinados medios de desinformación que nutren sus arcas del morbo y del miedo ajeno, lo más probable es que te quedes enganchado a la pantalla, en buena medida enajenado.

El miedo es necesario para vivir, por alguna buena razón nos acompaña desde el principio de la evolución.

Como sociedad adulta y responsable, no necesitamos que durante todo el día nos intoxiquen con más miedo del necesario. Debiera existir algún código ético que frenara determinadas prácticas, porque esto nos perjudica a todos. No puede ser que un asunto tan serio sea tratado con el sensacionalismo y el morbo con que se aborda a diario desde determinados medios. Asimismo, seguramente hay noticias que también son importantes y no se están atendiendo. Por ejemplo, ¿qué está pasando con los refugiados sirios que hace pocos días escapaban de su país en guerra, y que estaban siendo aislados, incluso tiroteados en la frontera, sin ropa y sin comida? ¿Es así como nos gustaría ser acogidos en el hipotético caso de tener que pedir asilo fuera de Europa para escapar del virus o de cualquier otra causa? En ambos casos estaríamos ante una cuestión de supervivencia, y en ambos casos las vidas de uno y otro lado son igual de importantes. 

Si algo positivo nos aporta la expansión del coronavirus es que no vamos a tener más opción que parar y bajarnos de la noria de hiperactividad y sobreestimulación en que vivimos, asumida como parte de la normalidad. Si el contagio se consigue ralentizar ralentizando al máximo el país, bienvenido sea el parón. Quizá así, de alguna forma vislumbremos que otra forma de vivir es posible. El sentido común, a pesar de ser el menos común de los sentidos, es un sentido común a todos. Hagamos uso de él o de quien lo tenga más a mano, por el bien de todos. Es momento de recogerse, de modificar hábitos cotidianos, de plantearnos, quizá, si la vida que llevamos es la que queremos, o si la queremos modificar en alguna medida; es momento de cooperar, de tomar medidas de prevención y protección para actuar con prudencia y responsabilidad: no podemos asumir que el sistema sanitario se colapse. Cuando todo esto pase, tendremos el derecho y la responsabilidad de reclamar que desde los estamentos políticos se aborden, con la misma determinación y contundencia, otras cuestiones tan o más urgentes que la actual crisis del coronavirus.

 

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