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25/04/2019 07:26 CEST | Actualizado 25/04/2019 11:46 CEST

Antonio Soler: “Los nacionalismos son de derecha siempre, reduccionistas y de derechas”

El escritor malagueño ha conseguido su segundo Premio Nacional de la Crítica por su último trabajo.

GALAXIA GUTEMBERG

La conversación con el escritor Antonio Soler (Málaga, 1956) es serena. Su voz imperturbable no se altera ni vacila aunque le preguntes por Franco. Sus manos han dibujado una docena de novelas que han ido sumando el beneplácito de los lectores y de la crítica, un doblete nada fácil en estos tiempos. Y si hablamos de dobletes, es inevitable mencionar el que el andaluz consiguió el pasado 7 de abril y que lo ha elevado a un lugar privilegiado donde solo han conseguido llegar Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Luis Mateo Díez, Ramiro Pinilla, Rafael Chirbes y Javier Marías en más de medio siglo: su segundo Premio Nacional de la Crítica.

Este reconocimiento le llega gracias a la novela Sur, de la que dice a tientas que es su mejor trabajo, aunque solo sea “por el inevitable deseo humano de superación”. Lo equipara con El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, con la mecánica de levantar los tejados de una ciudad y ver quién la habita; con la intención de explorar los deseos, los miedos y las ambiciones de las personas corrientes, esas “que siempre tienen novelas en sus espaldas”. Porque para él, “captar la esencia de la vida es uno de los desafíos de la literatura, detener eso tan intenso y al mismo tiempo tan inaprensible como es la vida”. Sur atesora más de 200 personajes y 18 horas de acción en medio millar de páginas. No es nimia la aventura. 

En esta conversación con El HuffPost, Soler sobrepasa los límites de la literatura. Habla, por ejemplo, del éxito, “algo muy relativo y caprichoso”, que se balancea entre cuestiones azarosas. O de la más ferviente actualidad. El escritor posee una voz propia. Es un progresista en el rígido campo literario que, con el tiempo, ha buceado entre la realidad y la ficción arriesgando cada vez más en el estilo, en la forma de deslizarse por las páginas. Un escritor que no enmudece ante las páginas ni ante ninguna pregunta.  

¿Qué hay que hacer hoy para ser buen escritor?

Supongo que lo mismo que siempre. Detrás de un escritor siempre hay un buen director, forma parte del aprendizaje, del mismo modo que detrás de un cirujano hay mucho estudio. En este caso no es metódico, es una voluntad de conocer cómo otras personas se han expresado por medio de la palabra. 

Pero buen escritor no es sinónimo de escritor de éxito. La disolución de las redes sociales en nuestras vidas parece que nos lleva hacia lo frívolo, por un camino que desemboca en el entretenimiento en vez de en la buena literatura. 

Sí, muchas de las cosas que nacen en las redes sociales y desembocan luego en los libros son productos de consumo inmediato, tienen que ver más con modas. Pero todo lo que se vende en formato de libro no es literatura. Lo que sí hay es mucho desconcierto, por desconocimiento, por manipulación de intereses. Un lector con trayectoria sabrá distinguir aunque, por desgracia, otros, más jóvenes, pueden caer en la confusión. 

Y también están los índices de lectura en España, cuyos datos son demoledores.

Hasta que no tengamos claro que la educación es una inversión y una riqueza para un futuro inmediato, no vamos a estar a la cabeza de los países privilegiados. Todo lo que no se haga en los colegios es cuestión de francotiradores, de que haya alguien interesado en trasmitir inquietudes. Cuando se enseña humanidades no es para que haya más escritores. El conocimiento del lenguaje garantiza que en un futuro haya mayor pensamiento abstracto, mayor inteligencia, mejores médicos, abogados, economistas.
En España, ha habido en las últimas décadas un continuo zarandeo de los planes de enseñanza desquiciante. Se ha tomado la educación como algo que dependía de un partido político y eso va en prejuicio de la enseñanza y de la sociedad. 

Para tener éxito, ¿hay que seguir las modas?

Todo lo contrario, es casi una obligación no dejarte arrastrar. Las modas pasan, la buena literatura no. Lo que tiene que hacer un escritor es abrir el mismo un camino, no seguir el camino de otros.

Hasta que no tengamos claro que la educación es una inversión y una riqueza para un futuro inmediato, no vamos a estar en la cabeza de los países privilegiados.

 

¿Tú consideras que has tenido éxito?

Sí, vivo de lo que me gusta, casi siempre confundo el trabajo con el ocio. Además cuento con el reconocimiento de personas que previamente he admirado y eso me parece un éxito enorme. Pero yo no hablaría de éxito, me parece demasiado banal asociarlo a un trabajo que tiene mucho de esfuerzo sostenido en el tiempo. Los ecos del éxito se quedan en un segundo plano cuando uno empieza a escribir de nuevo.

Háblanos de tu último trabajo, ¿qué es Sur?

Es bastante complejo de explicar. Cuando lo escribía, me preguntaban en qué estaba trabajando y contestaba que no lo podía contar. Y no porque fuera un secreto sino porque es difícil describirlo en pocas palabras. Diría que es el pulso de una ciudad tomado en un solo día. 

Un caluroso día de agosto, de esos en los que “el terral se ha hecho el amo de todo y gobierna las cabezas”, comienza el libro. Aunque no lo menciones, Sur parece que empieza y acaba en Málaga, aunque Málaga pueda ser cualquier ciudad. ¿Cuánto hay de excesivo en la capitalidad madrileña?

La literatura ha caído en algo curioso y comprensible, y absurdo: pensar que algo que ocurre en Madrid o Barcelona, y no digamos en París o en Berlín, tiene más importancia que lo que ocurre en Soria o Córdoba. Pero esto va más allá. Si alguien quiere recurrir a un médico bueno dice que va a ir a Madrid porque entiende que será mejor que el médico de Albacete. La historia de la novela contemporánea, a partir de Kafka, Joyce o Proust, es la historia de las personas normales, ya no es algo de aventuras, de gente que padecía peripecias extraordinarias. La novela contemporánea es eso que llamamos de las personas normales. Las grandes aventuras son las que se viven de mente adentro. 

Esa esencia popular que parece que se está diluyendo en todos los estratos de la vida. En los social, con las nuevas tecnologías, en lo político.

Lo que se está perdiendo de un modo voluntario es la privacidad. Estamos convirtiendo lo privado en público, como si la gente tuviera la necesidad de vivir en un escaparate. Y es en beneficio de esto por lo que la gente ha perdido el contacto personal. Ahora se comunican a través de un cristal. Es extraño y espero que se normalice porque de lo contrario nos dirigimos a alguna distopía en la que por un lado todo el mundo es espiado y por el otro todos temen comunicar lo que verdaderamente sienten a la gente que le rodea.

 

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Has dicho alguna vez que si la vida tuviera un libro de reclamaciones, lo pedirías.

La hoja la llenaría bastante, solo hay que poner un telediario para ver la cantidad de barbaridades: enfermedades, guerras, niños trabajando. Lo que ocurre es que mientras uno está en la vida tiene la obligación absoluta de sacarle el mayor jugo posible.

También has defendido que un escritor tiene un compromiso social que va más allá del de otras profesiones y parte de lo que hace tiene repercusión política. 

La influencia de un escritor, por poco que tenga mil lectores, es mayor que la de que cualquier otra persona. Pero ese compromiso no tiene que tener una significación partidista; en una democracia hay compromisos evidentes, que tienen que ver con los derechos básicos, con la libertad. Ahora puede que algunos poderes quieran beneficiarse de los escritores y el primer compromiso de este es no dejarse atrapar, decir lo que piensa les guste a unos o no.

Uno de los mayores peligros de estos tiempos es la manipulación interesada, que proviene de la ignorancia y hace que se cree un estado de confusión que acaba coartando la libertad de los ciudadanos. Si hay una invasión de información falsa, como está ocurriendo, y de manipulación de lo que se dice, se restringe la libertad del ciudadano, se le engaña.  

La novela contemporánea es eso que llamamos de las personas normales. Las grandes aventuras son las que se viven de mente adentro.

 

Diga pues lo que piensa, utilice su influencia como escritor para intentar dar luz. ¿Cómo ve la situación en Venezuela?

El comportamiento de Maduro deja mucho que desear, me parece un despotismo absoluto, aunque no me parece ideal lo que está haciendo Guaidó.

¿Debe pedir España perdón a América?

Me parece un disparate que tiene que ver con este intento de lo políticamente correcto. Ahora, según algunos, somos perfectos y tenemos que reordenar la historia y ponerla en su sitio. No dejaríamos entonces en ningún momento de pedirnos perdón los unos a los otros. Francia nos tendría que pedir perdón por la invasión napoleónica. España, a Marruecos. Los alemanes nos tendrían que pedir perdón por la Legión Cóndor. Inglaterra tendría que pedir perdón a Alemania por sus bombas incendiarias durante la Segunda Guerra Mundial. Los sucesos históricos hay que tratarlos como tal y no como material del presente, no se pueden ver los hechos de hace cinco siglos con los conocimientos y valores de la actualidad.

Lo políticamente correcto es una lanza que está tirando la derecha en España. Y la extrema derecha. ¿Cree que es lícito hablar en estos términos?

Es evidente, de hecho en Andalucía ya están en las instituciones. Ellos no se hacen llamar extrema derecha sino extrema necesidad, aunque no sé qué necesidad hay de poner sobre la mesa algunas de las cosas que dicen. Hay cosas bastante peligrosas, como la manipulación y la confusión que generan, el manejo de los hechos, de la mentira. O el intento de acabar con determinadas libertades en función de una supuesta libertad. 

¿Dónde debería estar Franco?

Franco fue, no cabe discusión por parte de quien tenga conocimiento de la Historia, un dictador que no tuvo el menor atisbo de conciliación o convivencia sino que apostó por el exterminio del contrario. Las cifras están ahí, todo está ahí para quien lo quiera leer y que no quede en el olvido. Pero me parece que tenemos cosas más importantes que convertir eso en un debate de máxima urgencia. Sí, tendría que estar fuera del Valle de los Caídos, pero sin bombo y platillo, sin que nadie se apunte un gol con esto. 

Con Apóstoles y Asesinos te metiste en la Barcelona de las primeras décadas del siglo XX, ¿lo harías de nuevo para contar lo que está pasando?

Voy mucho a Barcelona, veraneo allí y tengo buenos amigos. Es un lugar que conozco bien. No escribiría una novela sobre eso porque no me interesa como materia literaria. Aunque tengo una posición muy clara sobre lo que pasa. Europa nació como vacuna contra algo que casi la aniquila, dos guerras civiles que nacen por los nacionalismos.

Frente a eso se crea una unión democrática, para luchar contra un veneno que hay inoculado y que hay que eliminar. Ahora, pequeños nacionalismos vienen a decirnos que no, que ellos son diferentes. Lo que está ocurriendo me parece un disparate políticamente y un desastre económico. Los nacionalismos son de derecha siempre, reduccionistas y de derechas. 

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