INTERNACIONAL
24/05/2019 09:45 CEST

Nico Cué: "Me presento a la presidencia de la Comisión Europea, pero soy hijo de ilegal"

El candidato de la Izquierda Europea defiende una unión progresista para hacer frente a la extrema derecha: "La entrada de Vox en Andalucía fue una hostia".

EMMANUEL DUNAND/AFP/Getty Images
Nico Cué

Ni una larga trayectoria política ni unos orígenes privilegiados avalan la candidatura de Nico Cué (Asturias, 1956). Y, sin embargo, parece que estaba escrito que este “hijo de ilegales” españoles criado en Bélgica, convertido después en obrero sindicalista del metal, seguiría con la tradición familiar del compromiso político. Mientras que su padre y su tío lucharon contra la dictadura franquista, él, a sus 62 años, ha decidido que no puede quedarse “tranquilo en casa, jubilado, sin luchar contra la subida de la extrema derecha”.

Por eso Cué, tras hablarlo bien con su compañera, se presenta como candidato a presidir la Comisión Europea por el Partido de la Izquierda Europea. Consciente de que el suyo no es el perfil clásico de los candidatos, asegura que, después de unos meses recorriendo Europa, se ha dado cuenta de que “la gente se identifica más” con él que con el estilo de sus contrincantes.

¿Ha cambiado mucho su vida al pasar de ser sindicalista jubilado del metal a ser candidato a presidir la Comisión Europea?

Sí, sí, es bastante movido. He viajado por todos los lugares de Europa con conferencias, debates...

¿Le sorprendió a su entorno que se presentara?

A mi compañera, bastante. Siempre he hecho mucho sindicalismo y poca política y esta propuesta del Partido de la Izquierda Europea ha perturbado los planes que teníamos para mi jubilación. Tuve que hablarlo bien con mi compañera para ver cómo nos arreglábamos para llevar este compromiso adelante.

Definitivamente, su perfil (como obrero sindicalista) no es el que alguien se imagina cuando se habla de un comisario europeo.

No lo es, pero, sobre todo después del debate del pasado miércoles, siento que la gente se identifica más con mi perfil que con el de los co-candidatos a presidir la Comisión. Estuve en Francia, en Bélgica, ahora estoy en Grecia, y veo que la gente aprueba mi forma de hablar y de llevar los problemas del pueblo a ese nivel. La gente tiene la impresión de que los políticos están muy alejados de las preocupaciones cotidianas.

A mis compañeros belgas nunca les ha importado que sea de nacionalidad española, sino cómo luchábamos juntos. Esa es mi Europa.

¿Hasta qué punto le ha marcado a usted ser hijo de refugiados?

Muchísimo. Soy hijo de ilegal y con todo el debate sobre la inmigración me siento muy cerca de esos miles de millones de personas que buscan vivir mejor y escapan de las bombas que les están rompiendo la vida, ya sea en Líbano, en Siria o en Yemen. Ahora que todo el entorno del Mediterráneo está tan desestabilizado, tenemos que acoger a esa gente y darles las mismas oportunidades que yo he tenido.

A los 62 años, me presento a la presidencia de la Comisión Europea, pero soy hijo de ilegal. En una generación, hemos logrado formar una familia, tener vidas normales, poder estudiar sin que los compañeros belgas me vean como un enemigo, como un extranjero. En mi carrera sindical he tenido casi siempre el apoyo unánime de mis compañeros. A ellos nunca les ha importado que sea de nacionalidad española. A ellos lo que les ha importado era cómo me comportaba con ellos y cómo luchábamos juntos. Esa es mi Europa, la de la solidaridad de unos con otros.

La entrada de Vox en Andalucía fue una hostia.

¿Viene mucho por España?

He ido a algunas reuniones con los sindicatos europeos y todavía tengo familia en Asturias, en Mieres, a la que voy a ver de vez en cuando.

¿Y conoce el panorama político actual aquí?

Sí, sí. Tuve la oportunidad de hablarlo con Alberto Garzón hace dos semanas en Madrid, donde hablamos sobre la situación europea y sobre la situación española después de las elecciones del 28A. Pero tampoco soy especialista.

Cuenta en una entrevista que le afectó mucho la entrada de Vox en Andalucía.  

Ah, sí. El 2 de diciembre estuve siguiendo las elecciones y para mí fue… [busca la palabra] bueno, voy a decirlo como sé, fue una hostia. No tengo bastante vocabulario como para expresarlo de otra manera. Para mí fue un momento muy duro. Y tiene que ver con el hecho de haber aceptado este reto con el partido de la Izquierda Europea estando jubilado.

Está pasando en Francia, en Italia, en Austria, pero que ocurra en España es un choque, por mi vida y por mi historia personal. En Flandes, donde vivo, el Vlaams Belang, un partido de extrema derecha muy duro, está subiendo en los sondeos. Todo esto hace que no pueda quedarme tranquilo sentado en casa, jubilado, y no seguir luchando contra la subida de la extrema derecha.

La subida de la extrema derecha en Europa sería interesante si diera lugar a un frente progresista lo más amplio posible.

¿Le da miedo que el resultado de la extrema derecha en las europeas sea lo suficientemente fuerte como para superar a las fuerzas progresistas?

Los sondeos son sondeos, pero es verdad que anuncian unos resultados bastante altos para la extrema derecha. Les dan 100 diputados como mínimo. El problema es ver si se forman alianzas con Orbán, Salvini y toda la extrema derecha de los de la reunión de Milán. Da angustia. Además están las declaraciones de Steve Bannon, que dice que va a haber una sorpresa muy grande el día 26. Y la verdad es que ya tuvimos sorpresa con la elección de Trump. Puede ser el principio del fin del modelo europeo que conocemos.

Para nosotros sería interesante si eso diera lugar a un frente progresista lo más amplio posible para oponerse a ese tipo de fuerzas. Pero habrá que ver si el señor Manfred Weber no se cambia de camisa para formar alianzas un poco extrañas, como en Andalucía.

ARIS OIKONOMOU/AFP
Nico Cué y Ska Keller (Los Verdes), durante el debate de los candidatos a presidir la Comisión Europea.

Habla de un frente progresista, pero a la izquierda le suele costar entenderse entre sí. No sé si en algún momento se podrán superar estas divisiones. 

No puedo ver el futuro, pero es una tontería estar tan divididos. Cuando se habla individualmente con unos y otros, por ejemplo sobre el fin de la austeridad en Europa, casi todas las fuerzas progresistas están de acuerdo en que hay que acabar con eso. O sobre el Banco Central Europeo (BCE), muchísimas personas [de diferentes partidos] dicen que no puede haber un BCE que está financiando con unos 3.000 millones de euros las bancas y no hay nada para la gente, para el tema social, para el cambio climático.

No hemos podido unirnos antes de las elecciones. Espero con mucha confianza que el día 27 nos sentemos alrededor de una mesa y dialoguemos sobre estos dos temas para crear ese frente común progresista en el Parlamento Europeo. 

Es una tontería que la izquierda esté tan dividida. No hemos podido unirnos antes de las elecciones, pero espero que el día 27 nos sentemos.

Uno de los puntos centrales de su programa es llevar a cabo una “transición ecológica justa”. ¿Cómo tiene que ser esa transición para que sea justa?

Aunque todo el mundo hable de ello, el concepto ‘transición ecológica justa’ no tiene mucho significado para la gente. Pero los jóvenes empezaron a salir a las calles y ellos han definido mejor la idea: hay que ligar el clima y el fin de mes. Esto ya es más completo y creo que el modelo productivo que tenemos hoy en Europa se puede cambiar. Europa siempre ha tenido retos industriales muy fuertes. Por ejemplo, la regulación del carbón y el acero, que es la iniciativa base de la creación de Europa, o proyectos más avanzados tecnológicamente, como Ariane o Galileo. Todo es iniciativa de los poderes públicos, de los Gobiernos. Está habiendo avances, pero tenemos que volver a pensar el conjunto de los productos que se pone a disposición del consumidor (teléfonos, televisores…), para estudiar la obsolescencia programada y ver si se pueden hacer evolutivos, que sigan la evolución de la tecnología, que puedan durar toda la vida. Europa podría tomárselo como reto. También que los productos que usamos sean reutilizables al cien por cien, que no causen impacto sobre el medio ambiente. Por ejemplo, el acero que no necesita ser lavado se podría utilizar para electrodomésticos, coches, trenes… y se ahorrarían millones y millones de metros cúbicos de agua, normalmente potable, que se tira a las alcantarillas, además de detergente. Hay una serie de posibilidades e iniciativas que, si fueran lideradas por Europa y por los Gobiernos, saldrían adelante, igual que hemos sobrellevado los antiguos procesos industriales.

Para eso se necesita mucha fuerza a nivel europeo y creo que la gente se acerca a nuestros puntos de vista, porque por lo menos ofrecemos propuestas concretas que cambien el día a día y repercutan en el bienestar de los europeos. Se podría hacer una Agencia Europea financiada por el Banco Central Europeo y por el Banco Europeo de Inversiones para que se lleven a cabo los estudios necesarios para llegar a transformar la industria a corto plazo. Porque las multinacionales no lo van a hacer. Estas empresas tienen la mirada puesta a tres meses vista, para ver cómo sube o baja su cotización en las Bolsas europeas. Las multinacionales no van a tener la iniciativa de transformar de forma radical el modelo productivo. Nosotros, los responsables políticos, sí que podemos, como hemos hecho en el pasado.

Los Verdes están cogiendo un camino que me extraña. Un coche eléctrico son 35.000 euros y la gente no se puede gastar eso.

¿En qué se diferencia su programa del de Los Verdes en materia ecológica?

Los Verdes están cogiendo un camino que me extraña. Es un poco lo que está pasando en Francia [con los chalecos amarillos]. Tienen una visión presupuestaria, de impedir a la gente que consuma productos negativos para el medio ambiente. La idea de Francia de poner impuestos a la gasolina no creo que sea la buena vía para cambiar, para que esa transformación sea justa. Cuando en algunos lugares de Francia, de Italia y de España se han quitado los servicios públicos, la Administración, la Policía, la escuela, Correos, el banco, el transporte público… no se puede decir a esa gente que les van a subir los impuestos al combustible o, “si no, cambiad de coche, coged un coche eléctrico”. A la gente ya le cuesta llegar a fin de mes. Un coche eléctrico son 35.000 euros y la gente no se puede gastar eso.

Esa es la diferencia que hay entre nosotros [y Los Verdes]. Nosotros creemos que la contaminación medioambiental es por las multinacionales, que provocan el 70% del total, y preferimos atacar esto antes que llevar más dificultades a la vida cotidiana de la gente. Eso no significa que haya que seguir con motores térmicos y demás, pero a lo mejor si volvemos a invertir en lo social y hacemos que algunos pueblos vuelvan a tener escuela, Administración, Policía, banco, Correos… La gente no utilizaría tanto el coche, que es casi una necesidad. En Francia se están cerrando vías de ferrocarril, se están cerrando estaciones, y la gente no puede prescindir del coche.

¿Esto también sería una medida contra el despoblamiento rural?

Absolutamente. Los testimonios que he oído en Francia y en Grecia son bastante espantosos. Hay lugares donde la gente tiene que desplazarse 50 kilómetros para hacerse una prueba, es totalmente loco. Hay que volver a tener una vida social correcta. Que no todo se concentre en los centros urbanos para que las regiones más alejadas tengan también una serie de servicios y una vida tranquila.

Por curiosidad, ¿qué medio de transporte utiliza normalmente?

En Bélgica el coche, porque es un país pequeño, pero también el tren cuando voy a Bruselas o a otra ciudad, porque lo tienes todo muy cerca.

Tendríamos que aprender de las feministas en lugar de dar lecciones a las compañeras.

Dice que “el movimiento feminista está dando una lección magistral al movimiento obrero”. ¿Qué podría aprender el movimiento obrero del feminismo?

Podría aprender de las manifestaciones que está habiendo año tras año el 8 de marzo, o las huelgas. Ese llamamiento se hace a nivel mundial. Nosotros, los sindicalistas, todavía no hemos llegado a hacer llamamientos a nivel europeo para una huelga de empresas sobre el salario mínimo, por ejemplo. En eso el movimiento feminista nos está dando una lección de actitud internacional sobre temas importantísimos. Tendríamos que aprender de ellas en lugar de dar lecciones a las compañeras.

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¿Cómo convence a la gente de que votar por el feminismo es votar a la Izquierda Europea? 

Porque consideramos que todos los seres humanos tienen que ser iguales, independientemente de cuál sea su color, su género, su orientación sexual, su altura. Para nosotros, todos somos seres humanos iguales. La batalla del feminismo contribuye a esa visión de un mundo igualitario. Para la izquierda es muy importante, y más cuando se ve que la extrema derecha se está cerrando en las identidades nacionales y en el odio a los otros. 

O sobrevivimos todos juntos o vamos a morir todos juntos.

Hay gente que sostiene que los ideales tradicionales de la izquierda, como combatir el capitalismo, son irrealizables o utópicos. ¿Qué diría a esa gente?

Muchos trabajadores piensan que no se puede luchar contra el capitalismo, igual que millones de esclavos pensaban que los faraones eran dioses y que no se podían combatir, e igual que millones de agricultores pensaban que el Gobierno feudal no se podía combatir. Creo que después de la Segunda Guerra Mundial se han hecho avances muy importantes sobre la forma de vivir de la gente, la enseñanza obligatoria y una serie de temas que han liberado a mujeres y hombres de la esclavitud del trabajo. Pienso que el interés común, el debate sobre el clima, es cada vez más fuerte para decir que o sobrevivimos todos juntos o vamos a morir todos juntos.

En esta situación, no tiene sentido la acumulación del capital. El 1% de la población tiene fortunas inmensas frente al trabajo de millones y millones de personas. Cada vez hay retos sociales y ambientales más fuertes y las contradicciones con la acumulación del capital van a aumentar. Y aunque la izquierda no esté en muy buen estado hoy en día, veo en Europa esa sensación de que vamos a tener que ponernos todos juntos, hablar los unos con los otros, avanzar en los retos, sobrevivir como civilización. Se ve en el movimiento feminista, en los jóvenes que están luchando por el clima, se ve en las contradicciones que hay en el movimiento de los chalecos amarillos, en la lucha antifascista de los compañeros italianos y húngaros. Hay gente que está saliendo a la calle a decir que esto no funciona, que no podemos seguir en ese sentido. No niego las fuerzas financieras que nos dominan, pero cada día hay avances más importantes en favor del sentido común, de vivir juntos, de proteger lo que es nuestro: el agua, el aire, la salud, la educación, lo que no tiene que ser privatizado.

¿Ve posibilidades de que la UE regule el salario mínimo en Europa?

Creo que sí. Hay unos cuantos Gobiernos que ya han ido en esa dirección. Ahora también tienen mucho peso los sindicatos europeos, la campaña de un salario mínimo a 14 euros la hora. Hay que modularlo en función del nivel de vida de cada país, pero el objetivo de llegar a ese salario mínimo ya es parte de la campaña de la Confederación Europea de Sindicatos. También el Sindicato Internacional de la Industria apunta a la reducción colectiva del tiempo de trabajo. Hay que atacar con fuerza los contratos basura que se dan a muchos jóvenes en España, pero también en Inglaterra, en Italia, en Grecia; esos contratos de una hora o de cero horas por los que tienes que estar pendiente de si te llaman o no para trabajar; la lucha contra la uberización del trabajo.

Hay un trabajo interno colosal en el Parlamento Europeo.

¿Cree que cuando los eurodiputados pasan de ser gente de a pie a ser eurodiputados pierden el pulso de la calle?

No. He sido responsable sindical durante casi 40 años, y 12 como secretario general de la metalurgia en Valonia y en Bruselas. He participado en muchas luchas europeas y he ido viendo Europa por partes muy pequeñas. Cuando se ve el trabajo extraordinario que hacen algunos eurodiputados (otros no) sobre los paraísos fiscales, sobre la deslocalización de empresas ligadas al dumping fiscal, con la batalla sobre los servicios… Hay un trabajo interno colosal en el Parlamento Europeo. Particularmente los parlamentarios del grupo de Izquierda Europea, pero también muchísimos compañeros socialistas y ecologistas, hacen un trabajo de proposiciones, de resoluciones y orientación extraordinario. Por eso no hay que abstenerse en las elecciones europeas, porque las directivas que salen de la UE afectan al 70% de la vida de la gente. Y los eurodiputados hacen un trabajo colosal con el contenido de esas directivas que tocan directamente a la gente. Hay que valorar su trabajo.

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