Patricia Ramírez: "Vivimos bajo la tiranía de la felicidad, del 'tú puedes' y del 'yo me amo"

Hablamos con la reconocida psicóloga sobre su nuevo libro, 'Somos fuerza'.
Patricia Ramírez, psicóloga y autora de 'Somos fuerza'.
patripsicologa.com
Patricia Ramírez, psicóloga y autora de 'Somos fuerza'.

“Cuando se decretó el estado de alarma, durante la primera semana del confinamiento, por mi mente solo pasaban las palabras: ‘Coño, coño, coño!’ Sí, así, a modo de triplete. Porque un solo ‘¡Coño!’ no era suficiente para expresar lo que sentía”, reconoce la psicóloga Patricia Ramírez al inicio de su nuevo libro Somos fuerza (Ed. Aguilar).

El desconcierto, el miedo y la incertidumbre han sido las tres emociones más arraigadas en los españoles durante la pandemia. Por eso, la psicóloga pone en duda que, según la encuesta del CIS, solo uno de cada tres españoles haya llorado durante este tiempo. “Es poco, ¿verdad? Creo que a la gente le cuesta reconocerlo. Aún hay personas que creen que llorar es una debilidad. Entre el ‘no llores’, el ‘venga que podemos’, el ‘somos fuertes’… Las emociones existen, ¿por qué tenemos que anularlas?”

Aceptar que las adversidades van a acompañarnos siempre y adoptar la actitud correcta para salir adelante no es una tarea sencilla. Es por eso por lo que Patricia Ramírez decidió recopilar historias de personas —además de las las suyas propias— que han sabido vencer la adversidad para mostrar los recursos emocionales más útiles ante cualquier crisis, no sólo la derivada de la pandemia.

Primera sorpresa al abrir el libro: ¿un psicólogo hablando de sus propias crisis?

¡Hombre! Pero qué importante es eso. Es fundamental que reconozcamos nuestra parte vulnerable porque todos lo somos. Igual tenemos la suerte de haber estudiado una carrera que nos permite tener a mano una serie de herramientas que si las entrenamos y las ponemos en práctica nos ayudan. Igual que un médico: si sufre un corte en casa, tiene más recursos que yo para curarlo. Pues nosotros hacemos lo mismo, pero a veces también necesitamos la ayuda.

Dedicas algunas páginas a hablar de cómo tú también viviste tu propia crisis durante el confinamiento —y la posterior pandemia— y cómo has conseguido superar el shock en el que te dejó al principio.

Como ya tengo 50 años y he vivido varias crisis, alguna muy gorda, ya conozco mi estado de shock. Pero yo, más que quedarme paralizada, me quedo de observadora. No fuerzo salir de ese estado: lo dejo estar, dejo que las cosas fluyan… Las emociones que sentimos tienen un sentido evolutivo, tienen una razón de ser. Cuando entras en estado de shock y no te ves capaz de tomar decisiones es porque tu cuerpo y tu mente necesitan analizar lo que está pasando. Ahí, solamente observo y, cuando se me pasa, entro en la etapa resolutiva: esto es lo que hay y con esto empiezo a trabajar. Soy poco de lamentarme, victimizar, buscar culpables… Esto no me viene por ser psicóloga, me viene por ser persona.

¿Cometemos el error de querer hacer desaparecer rápido una mala emoción?

En este momento, vivimos en una tiranía de la felicidad. Nos venden que tenemos que ser felices, que tenemos que disfrutar de la vida… Le damos un protagonismo a la felicidad que anula otras emociones que tienen su porqué: si estás triste o celosa o nerviosa, hay algo debajo que lo provoca. Si no aprendemos a escuchar qué está provocando esta emoción, lo parcheamos y la sustituimos por otra que creemos positiva, ya sea con la comida, la bebida o las compras por internet. Lo que hacemos es disfrazarlo, pero en algún momento nos pasará una factura mayor.

“En el juego de la vida intervienen factores que no podemos controlar”

Insistes en el libro en la idea de que nuestras vidas van a estar llenas de momentos de crisis y de sus respectivas superaciones.

Las crisis nos acompañan toda la vida porque vamos a vivir cosas que no van a salir como nosotros deseamos. Nos va a fallar un amigo, un socio, una pareja o nos van a venir mal dadas, como ahora con la pandemia. La vida nos tiene preparados una serie de acontecimientos que tenemos que afrontar y, aunque seamos ciudadanos ejemplares, ordenados, previsores y legales, las circunstancias nos ponen mirando para otro lado. No podemos anticipar una vida perfecta porque no todo depende de nosotros. En el juego de la vida intervienen factores que no podemos controlar.

¿Qué ha tenido esta gran crisis pandémica para que se desencadene esa “pandemia mental” de la que se habla?

La palabra clave es incertidumbre. Llevamos un año conviviendo con la incertidumbre y toda una vida evitándola. Hemos crecido y educado controlando y eso nos da seguridad. Pero hay muchísimas cosas que no podemos controlar y eso nos desconcierta. Hasta ahora la incertidumbre iba y venía de nuestra vida: con el trabajo, con el amor, con los hijos... Pero ha llegado el coronavirus y nos ha llenado de incertidumbre las 24 horas del día durante 365 días, en sentido real. Cuando no tienes las cosas bajo control, aparece la ansiedad. Pero no porque tenga que generar ansiedad de por sí, más bien es porque no hemos aprendido a convivir con ella y no nos gusta la incertidumbre. Por no hablar del miedo al virus, de los duelos vividos, de los cambios en las relaciones personales y laborales, porque todo eso también genera ansiedad.

La mejor manera de manejar la ansiedad es tener bajo control lo que es controlable y dejar de atender lo que no se puede controlar. ¿Cómo lo hago? Ahí hacen su aparición la aceptación y el compromiso, terapias de tercera generación, que nos ayudan a estar más presentes, a atender lo que depende de nosotros y a poner distancia emocional de las cosas sobre las que no podemos intervenir. Se trata de trabajar la aceptación, la compasión, la tolerancia o los cambios en el ritmo de la vida.

¿Será necesaria una desescalada psicológica?

Psicológicamente vamos a necesitar un nuevo periodo de adaptación. Tendremos que adaptarnos a lo que teníamos antes, porque todos queremos volver a lo que teníamos.

“Cuando esto pase, no habrá cambios si no hemos planificado esos cambios, si no hay un compromiso”

¿Queremos volver a lo de antes?

Bueno, es verdad que durante el confinamiento nos dimos cuenta de que estábamos ante una importante crisis de valores y que habíamos perdido valores como el sentimiento de pertenencia, la generosidad, ser parte de la tribu, el respeto… ¿Los seguiremos manteniendo? En general, no. No habrá cambio si no hemos planificado ese cambio, si no hay un compromiso. Es como cuando tienes un accidente con el coche por ir hablando por el móvil. Luego dices: “Qué miedo el móvil, no vuelvo a utilizarlo nunca más”. Mentira, a los tres meses ya lo estás haciendo. Si no planificamos un cambio, lo analizamos, lo reflexionamos y lo interiorizamos, no va a existir. El hecho de asustarnos o ilusionarnos con las cosas buenas que hemos aprendido, la propia ilusión de esos valores no genera un cambio. El cambio lo genera el compromiso, la planificación y lo que haces en tu vida para que sea posible.

¿Hemos entrado en ese estado de “draque” —drama y queja— del que hablas en el libro? ¿Nos quejamos demasiado?

Es normal que tratemos de desahogarnos. Hablar y compartir es una forma de sacar fuera lo malo que llevamos dentro, pero hay que hacerlo con sentido común. Eso es una cosa y otra que yo convierta ese tema en monotema, y cada vez que me siento con una amiga solo hablo de eso, y no le hablo de las cosas bonitas, que también están pasando. Si lo convertimos en monotema, contaminamos a los demás con esas emociones y no aportamos soluciones.

Dices en el libro: “Por lo general, los errores, las crisis o los fracasos no nos proporcionan un aprendizaje. Nos dejan cicatrices”. ¿Acabas de enterrar la creencia tan extendida de que lo que no te mata te hace más fuerte?

Pero creer eso es un error que genera frustración y culpabilidad. Un fracaso no te deja un aprendizaje, te deja dolor, baja autoestima, un duelo… La propia experiencia del fracaso no te deja un aprendizaje. Sí te lo deja, el que lo cojas, lo analices y saques tus propias conclusiones. Además, hay un refrán que lo contradice: “El hombre es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra”. Si hubo un aprendizaje de un fracaso, no tropezaríamos una segunda vez.

“Que todos podamos conseguirlo todo a través de la actitud es mentira”

Hay otro lema de estos tiempos que también destierras al hablar del efecto sanador de la autocomplacencia para superar las crisis. ¡Pero si nos están ametrallando con la posibilidad de superarnos, de salir de nuestra zona de confort!

No me refiero al victimismo ni al “la vida es así, yo soy así y no puedo hacer nada”. Es un paso superior al tema de la aceptación. Es decir, esto es lo que soy aquí y ahora, y lo puedo disfrutar aunque haya decidido introducir cambios en mi vida. Pero tenemos que aprender a tratarnos sin reproches, desde el amor, sin críticas y sin juicios de valor.

A veces nos exigimos cosas imposibles, y eso ya es un imposible. Y lo hacemos bajo la bandera que hay recorriendo las redes de que la actitud lo es todo, que no no tienes techo, no tienes límite. Y eso no es verdad y es injusto. Todos partimos de un nivel socioeconómico, una educación, una inteligencia y una genética diferentes. Que todos podamos conseguirlo todo a través de la actitud es mentira.

Ahora mismo vivimos bajo tres esclavitudes: la de la felicidad, la de todo es actitud y la de la cultura del “yo me amo para poder amar a los demás”. Claro que puedes amar a los demás sin quererte a ti. Nuestras abuelas y madres, que se han desvivido por la familia sin prestarse atención a ellas mismas, se preguntarán “¿entonces, qué coño he hecho yo?, ¿es que no he sabido querer a los demás porque no me he prestado atención a mí misma?”. Ese lema de “la persona que no te va a fallar eres tú mismo”, ¡venga ya!