BLOGS
11/02/2020 06:45 CET | Actualizado 11/02/2020 19:15 CET

¿Es malo el arte español?

Tal vez el problema empiece en nosotros.

Amaia Arozena & Gotzon Iraola via Getty Images
Esculturas de Oteiza en el Santuario de la Virgen de Aranzazu, Gipuzkoa. 

Partamos de que el arte es universal, que las fronteras no importan y que no existen artes nacionales desde hace un siglo. Sobre estas máximas lapidarias hay un mantra, una frase que se repite en el arte español: la falta de visibilidad internacional. Se ha debatido en foros estériles buscando el origen del problema y las posibles soluciones, pero nada. De alguna manera en la facción más esnob de este sistema ha calado la idea de que el arte español es peor que “lo internacional”, es decir; el arte español es una otredad. Somos “lo otro”.

En esa creencia los estudiantes de bellas artes, a los que no se les imparte Historia del Arte Español, devoran los libros de Phaidon y Taschen en los que rara vez hay un español. Ni aún teniendo en los consejos editoriales a curadores españoles aparecen, como no aparecen en las exposiciones internacionales que esos curadores montan en otros países o cuando trabajan para otros museos. Corriendo detrás de esos libros extranjeros y esas exposiciones nos hemos olvidado de conocer y estudiar el arte español. Lo hemos considerado una cosa local.

El arte español es Picasso enterrando el siglo XIX en su viaje a París, es Zuloaga domesticando el fauvismo para la alta burguesía cosmopolita europea, es Alberto y Benjamín Palencia subiendo al cerro testigo para gritar ¡vivan los campos libres de España!, es Valle Inclán escribiéndole a Rusiñol que debía haberse muerto antes de pintar los jardines de Aranjuez. El arte español es el salón del crimen en el que encerraron a Vázquez Díaz, Regoyos y Solana para que en las demás salas de las Exposiciones Nacionales campase la rancia pintura de historia. El arte español es Solana porque en ningún sitio pasó nada que se parezca a Solana.

El arte español es la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos de 1925 en la que un ejército de creadores abrazó una modernidad que a veces miraba a París y otras a los campos libres de España. Es el ultraísmo y es Sonia Delaunay cosiendo vestidos en Madrid, es Romero de Torres, considerado un pintor franquista cuando murió seis años antes de la guerra. Es Darío de Regoyos ante un paisaje con la luz demasiado fuerte diciendo “esto que lo pinte Sorolla”. El arte español son Julio González y Gargallo inventando el vacío. 

El arte español es otro ejército de artistas pintando carteles para denunciar la destrucción del patrimonio histórico, es Picasso viendo el bombardeo de Guernica en un cine, es Juan Gris muriendo demasiado pronto, como María Blanchard, como Julio Antonio, como tantos. El arte español es una causa perdida, es el pabellón de París en el 37, uno de los pocos momentos de la historia en que la guerra fue el género propio de casi todos los artistas de un país. Es el exilio, es Gaya viendo morir a su mujer en un bombardeo, es Pedro Flores caminando de Murcia a París, es México y Octavio Paz, y Neruda, y la cárcel y el miedo.

El arte español es un relato inmenso, universal, lleno de drama, porque es español, y de discursos imprescindibles.

El arte español es estar dentro o fuera. Es Ramón Gómez de la Serna en Buenos Aires, abandonado por unos que lo consideraban desafecto y por otros que lo creyeron poco desafecto. Es 40 años de paz, purgas y tallas de iglesias, es una modernidad sospechosa y la escuela de Madrid, y Oteiza. Y Oteiza.

El arte español es Tápies frente al muro y Saura frente a la Leyenda Negra, es Chillida leyendo a San Juan de la Cruz y otro ejército de artistas pensando en la materia y su ausencia. Es un montón de cajas llenas de cuadros de todos ellos camino de la Bienal de Venecia con carteles en los que se leía “Material de propaganda”. Es Equipo Crónica pervirtiendo el sentido capitalista del pop y pintando otros muros, los de los últimos fusilamientos del franquismo, y es Gordillo descubriendo territorios que no son de nadie más que de él. Es el coño de Esther Ferrer y la polla de Juan Hidalgo. Y Valcárcel Medina, siempre. Es Francesc Torres poniendo voz en castellano al San Juan de la Cruz (otra vez él) de Bill Viola después de que ambos participasen en el nacimiento de la videoinstalación, cambiando esto para siempre. Es la democracia y una nueva modernidad y los 80, cuando fuimos los mejores, y Rudi Fuchs visitando ARCO y llevándose a Barceló a Documenta. Muchas veces es ARCO, los años del entusiasmo y Rosina Gómez Baeza luchando contra los poderes más reaccionarios mientras María Corral levantaba el MNCARS. Es tiempo de mujeres: Juana Mordó, Juana de Aizpuru, Soledad Lorenzo, Helga de Alvear, Magda Bellottii, Oliva Arauna… hubo un momento en el que el arte español fue la posibilidad de revertir el poder omnímodo de los hombres.

El arte español es hoy y es mañana. Es Santiago Sierra cerrando el pabellón de Venecia, es Daniel García Andujar quemando una falla en Kassel, Ángela de la Cruz inventando algo que parece haber existido siempre y es Nave Oporto. Es futuro y potencia, es incomprensión y silencios, es una permanente trinchera en la que unos son héroes y otros se limitan a no levantar la cabeza para que no se la vuelen. 

Esta lista es incompleta, faltan decenas, cientos de nombres pero cada uno tiene una mitología personal y esta es la mía, o parte de ella. Puede parecer nacionalismo pero no lo es. El arte español es un relato inmenso, universal, lleno de drama, porque es español, y de discursos imprescindibles. Antes de pensar en cuestiones secundarias, como la visibilidad, pensemos si lo estamos visibilizando, si lo conocemos, si lo amamos. 

Tal vez el problema empiece en nosotros.

 

EL HUFFPOST PARA JOYCLUB