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21/04/2020 10:32 CEST | Actualizado 21/04/2020 10:32 CEST

España: Un horizonte económico pesimista y repleto de dudas

drical via Getty Images

La semana pasada nos hacíamos eco de las previsiones que arrojaba el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre la economía mundial, así como sobre el desglose de las economías que la integran. Unas previsiones que se encontraban dentro de ese reajuste, necesario por otra parte, de las previsiones que el mismo organismo publicaba meses antes, en la 50 edición del Foro Económico Mundial de Davos. Un informe que, ya en enero, arrojaba unas previsiones nada optimistas.

Sin embargo, cuando uno observa este documento, pese al pesimismo que ya de por sí arroja, con contracciones para la economía mundial del -3%, la peor desde la Gran Recesión de 2008, así como una contracción para la economía española del -8% para este ejercicio, sigo en mi postura de que seguimos hablando de unas previsiones optimistas. Unas previsiones optimistas que ya lo refleja la base de cálculo adoptada por el propio organismo multilateral, que da por reanudada la economía en el segundo semestre del año; prolongando el confinamiento, junto con la desescalada, hasta el mes de junio.

Y es que, pese a que el FMI ya arroja ese escenario pesimista que a priori se prevé, estamos hablando de una serie de incertidumbres que no permiten vislumbrar el escenario que se avecina por el horizonte. El propio organismo reconocía las variables que, como la trayectoria de la pandemia, la intensidad y eficacia de los esfuerzos de contención, el grado de las perturbaciones en la oferta, las repercusiones del endurecimiento drástico de las condiciones en los mercados financieros mundiales, variaciones de los patrones de gasto, cambios de comportamiento, efectos en la confianza y volatilidad de los precios de las materias primas, son variables que siguen siendo incógnitas pendientes de resolver.

Una serie de incógnitas que, como vemos, gozan de gran importancia. Pues, pese a que la base de cálculo seleccionada afecta al primer semestre del año, nadie, ningún economista, puede descontar posibles recaídas futuras de la población, así como una prolongación en las medidas de distanciamiento social que podrían paralizar esa reanudación económica, tan esperada por los agentes socioeconómicos. Como dijeron varios economistas de diversas agencias de research esta mañana, el FMI, al igual que otros muchos economistas, está dando palos de ciego, a la espera de ver cómo transcurre el curso de la pandemia.

Los pronósticos, tanto los del FMI como los del Banco de España, no arrojan un escenario optimista para la economía española.

Pero la guinda del pastel la ponía esta semana el Banco de España, publicando su previsión para el próximo ejercicio en base al ajuste pronosticado con los efectos del coronavirus ya presente. Unas previsiones que arrojan un descenso en el PIB para el 2020 que podría llegar, incluso, a contracciones del 13,6%. En este sentido, descensos que empequeñecen las pesimistas previsiones del organismo. Y es que, esta volatilidad que precisamente observamos entre los distintos pronósticos que recoge este artículo, es producto de los comportamientos proyectados sobre esas variables que, como decía, no pueden medirse de forma objetiva en estos momentos.

De acuerdo con el Banco de España, un deterioro de la economía española a la que añade unos niveles de deuda que podrían dispararse hasta alcanzar el 120% en el ratio deuda/PIB, así como unos niveles de déficit público que podrían alcanzar el 11% del PIB. Unos datos que no dejan indiferentes a nadie, menos cuando también se recogen unas cifras de paro que, cerca de ese 20% proyectado, se sitúan en el 21,7%; es decir, para hacernos una idea, una quinta parte de la población activa de este país que quedaría, de acuerdo con los pronósticos, en situación de desempleo.

Como vemos, los pronósticos, tanto los del FMI como los del Banco de España, no arrojan un escenario optimista para la economía española. Y poco optimista puede ser un pronóstico sobre un país que tantas vulnerabilidades y desequilibrios presenta en su tejido económico. Desde una tasa media de paro en la serie histórica del 17%, hasta unos niveles de endeudamiento y de déficit que no hemos sido capaces de reducir en años de políticas económicas expansivas continuadas como las aplicadas en los años que nos preceden. Vulnerabilidades que ya nos situaban en un escenario complicado, pero que se agravan ante los nuevos pronósticos.

El duro shock de oferta que está viviendo la economía va a dejar secuelas que, de no solventarse con reformas estructurales, serán irreparables para la economía.

Una situación que, a la luz de estos datos, debería, como poco, preocupar a un Gobierno que, por el momento, sigue siendo excesivamente optimista y autocomplaciente con unas medidas que poco se ajustan a un tejido empresarial que lleva luchando con el coronavirus desde el primer día. Un tejido empresarial en el que las principales características que definen a sus empresas es un 99,88% del total del tejido que se compone de PyMEs; un 89% del tejido con 10 o menos empleados, así como una caja media (tiempo que puede contener los gastos fijos una empresa sin generar ingresos) de 57 días, a la cola de Europa con un 3% de la liquidez en el cómputo empresarial europeo (Francia cuenta con el 20%).

En resumen, los datos que muestran los distintos organismos, pese a sus diferencias, muestran un pesimismo como denominador común que proyecta ese mal comportamiento que prevé mostrar la economía española en los próximos meses. El duro shock de oferta que está viviendo la economía va a dejar secuelas que, de no solventarse con reformas estructurales, serán irreparables para la economía. Unas secuelas de las que Europa lleva advirtiendo muchos años, pero que, ante la incapacidad de prever cisnes negros en el horizonte próximo, los gobiernos evitaron a cambio de un puñado de votos que, ahora, para poco sirven.