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31/07/2020 11:14 CEST | Actualizado 31/07/2020 11:14 CEST

Esperando a Chirbes

Rafael sabía hacer que lo terrible fluyera con la delicadeza sin bridas de las acequias de su paisaje levantino.

picture alliance via Getty Images
Imagen de archivo de Rafael Chirbes. 

Alguno de nuestros muy brillantes y eficientes cargos electos, cuyo nombre y afiliación no me interesan, ha perdido, una vez más, la oportunidad de quedarse callado tras soltar, sin pudor, que la pandemia ha demostrado la inutilidad de los bares.

Después de lograr semejante hazaña intelectual, supongo, se habrá mirado en el espejo con la satisfacción de quien se sabe salvador del mundo.

No, hombre de Dios, no me tire de esa soga. Los bares tienen todo lo que el hombre precisa para vivir con dignidad: tumulto, soledad, periódicos, juerga, melancolía, aseos, aceitunas y vasos de agua. En algunos hasta dan de comer y de beber a cambio de unas monedas.

Si no hubiera sido por el benéfico influjo de los bares, dos de mis más queridos amigos, a los que echo de menos todos los días, no habrían sido como fueron. 

No puedo imaginarme a Pepe Hierro sin su copa de chinchón y su pitillo negro, intentando maridar ritmo y adjetivos sobre el zinc de una barra, entre el olor de las patatas bravas y la música de plástico de las tragaperras.

Ni puedo imaginarme a Rafael Chirbes renunciando a ellos por inútiles. A él le daba lo mismo tasca o café, cocktail bar o taberna, sofisticado o mugriento. Tampoco le importaba el elixir que abrazaba su copa. Él, que tanto sabía de viandas y licores, buscaba en los bares las vestimentas, los modismos y las confidencias con que hilvanaba sus novelas. Prefería esos bares que están en tierra de nadie, en los que conviven el empleado y el patrón, el jornalero y el cacique; bares de polígono industrial o de carretera secundaria donde el menú del día bien puede rematarse con un café infame y un pacharán, sin otros ruidos que el abaniqueo de los naipes y el claqué del dominó.

Conocí a Rafael poco después de que él hubiera vuelto de Marruecos de enseñar español (supongo que a los pulpos pescados frente a Casablanca, a ver si pasaban por gallegos en la lonja, aunque los delataba el acento valenciano en lo aprendido). Una carambola le había hecho colaborador de Sobremesa, revista adelantada en preocuparse por lo que se comía y bebía en un país aún somnoliento tras una siesta maldita y demasiado larga. Sobremesa se contagió de la forma de ser de Chirbes: era culta, desconcertante, irónica y franca. En alguno de sus trabajos, lanzó Rafael sustanciosas alusiones acerca de mi persona, elogios que agradecí porque sentí en ellas un afecto que traspasaba con mucho la cortesía profesional.

Rafael sabía hacer que lo terrible fluyera con la delicadeza sin bridas de las acequias de su paisaje levantino.

Una noche se presentó en Viridiana. Antes de ocupar la mesa, anunció solemnemente que no venía en misión oficial, sino por el gusto de la comida y la tertulia, dispuesto a liberar al genio de las botellas. En aquella velada sin tiempo conocí al verdadero Rafael: goloso, sutil, comprometido. Alguien que disfrutaba de su plato y de su copa porque se sentía grillo saltando de mata en mata sin saber, ni importarle, cuándo le tocaría zambullirse en el charco de la penuria.

Durante la sobremesa le confesé que la revista en la que trabajaba me olía a cilicio y familia numerosa.

-Ya -me respondió aflautando la voz con ramalazo- pero de algo tengo que vivir. Además, mientras no critique la textura de las hostias o la añada del vino de consagrar, no me excomulgan –malició.

Tampoco supone mayor problema. Conozco, como casi todos, el menú de sapos al que nos convida la necesidad. A veces pienso en el gran Rafael Azcona, entregando su genio mecanografiado a manazas como Lazaga y Masó, que tanto contaminaron nuestro cine.

Las lentejas son las lentejas. Incluso las mías, con curry y leche de coco.

Ya me había comentado con anterioridad que ansiaba dedicarse a la narración a jornada completa. Yo adivinaba en él a un nuevo Cela, un Cela que hubiera puesto los pies en el suelo del siglo nuevo y se hubiera manchado el bajo de los pantalones con el barro de los nuevos negocios, de las nuevas pobrezas, de la angustia de siempre.

Su primera novela Mimoun, me dio la razón al tiempo que me contradecía. Tenía, como Camilo, el oído presto a las voces y la mente dispuesta a aceptar el absurdo; pero las callejas de aquel pueblo marroquí eran recorridas página tras página por una humanidad no impostada, por una empatía que sabía guardar las distancias, por un dolor que no empequeñecía la risa… aquel mundo tan lejano y tan a la vuelta de la esquina le pertenecía solo a Rafael.

El resto de su obra les pertenece, por suerte para todos, tanto a ustedes como a mí. Chirbes nos mostró, como casi nadie ha sido capaz, que para hacer magia es preciso crear una atmósfera previa. Cojan cualquiera de sus novelas y atrévanse con las diez primeras páginas. Tras esa inicial gradación de la luz, el mago puede mostrar sus maravillas sin violencias, sin fuegos de artificio. Rafael sabía hacer que lo terrible fluyera con la delicadeza sin bridas de las acequias de su paisaje levantino.

Ni harto de whisky me atreví a decirle que en su estilo, como en el de Galdós, al que tanto admiraba, el fondo eclipsaba a la forma.

Crematorio (no supimos entonces lo premonitorio del título), esa radiografía feroz, precisa y magistral, del desmadre urbanístico que hemos padecido y de la ruina que acechaba y que tan poco importaba a los clarividentes, no habría sido posible sin su  afición a pasar horas absorbiendo las conversaciones y los vahos que contaminan la atmósfera de los bares. El mago consiguió que sintiera la contradicción de disfrutar como un niño leyendo acerca de un asunto que me repugna.

No menos definitorio de su persona fue otro de sus títulos, En la orilla, pues él siempre vivió en los márgenes, como esas plantas que desdeñan el vergel para florecer en los eriales. En su prosa, que jamás fue cascabel. A lo sumo, esquila de hurón, para no dormirse en las fétidas guaridas del poder; o, más bien, campana de catedral que no siempre repicaba a gloria. Un halo de tristeza impregnaba sus renglones, como si hubiera escrito con los pinceles de Bacon, que no los de Solana.

Ni harto de whisky me atreví a decirle que en su estilo, como en el de Galdós, al que tanto admiraba, el fondo eclipsaba a la forma. Ambos preferían la eficacia a la exhibición.

Nunca comprendí, y nunca fue el momento de reprochárselo, su enconado desdén por Borges. Le alabé, eso sí, su profunda, y compartida admiración por Marsé.

Hace ahora cinco años, cuando los periódicos anunciaron su muerte, decidí que mentían (también han anunciado en muchas ocasiones la llegada de un gobierno de izquierdas y hasta ahora no se han retractado) y me dispuse a esperar su llegada, cualquier noche de estas, liberado ya del cuaderno de notas y del paladar en horas laborables.

Y sigo esperando, porque sé que Rafa no me fallará.