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22/12/2019 09:16 CET | Actualizado 22/12/2019 09:16 CET

'Esperando a Godot', nuestro sentido sin sentido

El caso es que parece que no pasa nada, pero la historia interesa. No pasa nada, pero pasa el tiempo.

Pepe Viyuela en 'Esperando a Godot', de Beckett.

Esperando a Godot es un clásico del siglo XX escrito por Samuel Beckett. Un hito cultural. Una obra compleja y extraña que, aunque se repone mucho, es difícil de montar. Un reto para los equipos artísticos que vuelven una y otra vez a ella porque les ofrece muchas posibilidades de jugar en escena.  Jugar para contar el misterio humano, nuestro sentido sin sentido. Es ese juego el que se puede ver en este montaje que ahora se encuentra en el Teatro Bellas Artes.  Un juego hecho de buenos actores que apayasados dotan de interés y de humor esta historia de dos personajes que esperan. ¿A quién? No se sabe. ¿Dónde? Tampoco. ¿Quiénes son? Aún menos. 

La historia es sencilla. Dos personajes se encuentran en un cruce de vías de tren. Una de ellas cortada, bloqueada, por un árbol. Se saludan y se hablan como si fueran viejos conocidos. Se conocen no solo de nombre. También sus dolencias. Sus molestias. Su halitosis. Su olor a pies. Seres solitarios que buscan en el objetivo común, la compañía del otro, con el que entretener su espera. 

El caso es que parece que no pasa nada, pero la historia interesa. No pasa nada, pero pasa el tiempo. No pasa nada, pero se suceden los diálogos. No pasa nada, excepto el día que precede a la noche. Y en ese no pasar, en ese no suceder, curiosamente pasa de todo. Y todo lo que pasa es humano. Desde la fragilidad de los cuerpos a la de los sentimientos y los pensamientos. Los humanos como seres necesarios y necesitados que se encuentran en un mundo extraño.

Para que ese pasar atraiga, divierta y entretenga al público necesita en escena buenos equipos artísticos. Este montaje los tiene. Empezando por su actor protagonista, Pepe Viyuela. Actor popular. Querido por el público desde que fuera uno de los protagonistas de la serie Aida. Apreciado y alabado por la crítica. En un papel que parece hecho a su medida pues necesitando un actor de fuste, necesita también un payaso que no se apayase. Y, como se sabe, este actor es un clown extraordinario.

No le van a la zaga el resto del elenco. Destacando Alberto Jiménez. Fascinante en la composición de su personaje. En la complejidad humana con la que lo hace. La vulnerabilidad con la que se mueve, mira y habla en escena. Es realmente difícil no sentirse concernido por su trabajo. Un trabajo que él sabe que solo puede construirse con el resto del elenco, por lo que se pone a disposición de sus compañeros y del texto. También del público.

Ambos forman una pareja tragicómica, como la vida. Llena de sobreentendidos, malentendidos, conversaciones ocultas no resueltas. Una pareja cuyo referente se mueve entre los clásicos del cine mudo en blanco y negro, referencia fácil a la que suelen acudir la mayor parte de los montajes, y las parejas cómicas que triunfaron en los noventa. Como fueron Faemino y Cansado, que siguen triunfando, o Pedro Reyes y Pablo Carbonell. Incluso Martes y Trece en su lado más surrealista, más extraño. Y, para los más viejos del lugar, también esa pareja que formaron Tip y Coll.

Todo este despliegue actoral sucede en una escenografía de Paco Azorín también extraña, como un interrogante. Simple, pues no deja de ser un cruce de unas vías de tren y un árbol que bloquea un desvío, pero no austera y, desde luego, no es pobre. Es bella, como un cuadro o una foto artística. Una escenografía que uno no se cansa de mirar, como una obra de arte, a pesar de ese semáforo, que, tal vez, sobre. Escenografía llena de utilidad escénica para que la obra suceda, pueda ocurrir. Para crear imágenes, imaginar.

El caso es que parece que no pasa nada, pero la historia interesa. No pasa nada, pero pasa el tiempo.

También hace falta un director que sepa leer un texto críptico como este y convertirlo en materia humana. Que sepa ponerlo en escena de una manera que se entienda desde lo sensual. Ser sutil para no perder(se) un texto tan conocido como este mientras de alguna manera lo personaliza, en el sentido, de que es capaz de leerlo con criterio para el público que ocupa las butacas. En este sentido, Antonio Simón se muestra como un director a seguir, porque, si bien es cierto que de vez en cuando se deja llevar por los hallazgos o repetir las intuiciones, la constante es que se ponga al servicio de todos los elementos de la función y mostrar el misterio extraño, absurdo, melancólico y divertido de esta obra.

Al final, lo que queda es un producto que partiendo de un planteamiento comercial, pues estamos hablando de una producción privada en un teatro privado y que necesita ser rentable, ofrece un hito cultural. Curiosamente lo hace sin aspavientos, sin grandes gestos. El por qué funciona moviéndose entre ambos polos, manteniendo el equilibrio, es un interesante y bello misterio. El mismo misterio humano de esta historia. El que desde la extrañeza, lo raro, apela al espectador sentado en la butaca que reconoce que la historia humana es una historia dramática que esconde unas risas y algo de comedia, más de las que se piensa, mientras (se) pasa.

 

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