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25/09/2020 17:38 CEST | Actualizado 25/09/2020 17:38 CEST

Esta canción era la tuya

Fernando Trabanco Fotografía via Getty Images

Me gustaría tanto que recordaras… Dicen que a Jacques Prévert el arranque de la letra de Les feuilles mortes, una de las canciones que más se han versionado en la música popular del siglo XX, se le ocurrió en mitad de un almuerzo, sin duda el lugar y el momento más apropiados para un hedonista como él. 

Desde hacía tiempo, sin embargo, aquella melodía nostálgica, melancólica, pero nunca triste perseguía a su compositor, el húngaro József Kozma, que, empujado por el ascenso del nazismo, se había plantado en París poco antes del estallido de la II Guerra Mundial sin saber una palabra de francés.

De alguna manera, Prévert, que había crecido en la vanguardia, entre el simbolismo y el surrealismo, se convirtió en el ángel de la guarda del músico: lo mismo le ayudaba a esconderse de los alemanes que le buscaba trabajo. Así conoció Kozma al director Marcel Carné y empezó a componer bandas sonoras. Para Les portes de la Nuit escribió un tema titulado Invitación y vals, que en principio debería haber cantado Marlene Dietrich. Sin embargo, la melodía acabó en la voz de Yves Montand.

Durante el rodaje, Kozma, Prévert y Carne quedaron un día para comer. El primero improvisó varias veces al piano aquella música y mientras Prévert dejaba escapar un verso tras otro. Apenas dos años después, la cantante Cora Vaucaire grabó Les feuilles mortes. Casi al mismo tiempo, Montand la incorporó a su repertorio. El éxito fue fulminante, tanto que la Capitol adquirió los derechos para su versión en inglés.

Le encargaron la adaptación a uno de los letristas del momento, Johnny Mercer, que incluso había ganado un Oscar con In the cool, cool, cool of the evening. Al parecer, el adaptador no aceptó el trabajo con mucho entusiasmo, dejó pasar las semanas y al final terminó por escribir una letra en un rato libre que encontró mientras viajaba en un tren. De ahí surgieron las alusiones al otoño y a los besos del verano que no aparecen en el texto original. El resultado, empalagoso para muchos, se distanciaba bastante del original e incluso de futuros trabajos de Mercer, como Moon river, pero lo convirtió en millonario.

Las traducciones tampoco fueron afortunadas en español. Ben Molar firmó la que grabaron Los Cinco Latinos en 1963. Sara Montiel la cantó con otra letra y poca convicción en La dama de Beirut y hasta Junior se dejó seducir por su encanto en un disco de 1975. Todas, sin embargo, quedan muy por debajo de la que publicó siete años después Marina Rossell en Cos meu, recorda con los espléndidos arreglos de Antoni Ros Marbá. La más reciente, también excelente, es de Sandra Carrasco, Hojas de otoño.

¿Por qué tienen un revival las canciones y no los amados seres que tanto las amaron?, se pregunta Terenci Moix en un pasaje de su segundo libro de memorias, El beso de Peter Pan. A media tarde, mientras saborea un dry martini en el bar de un hotel en Atenas, el escritor escucha Las hojas muertas y recuerda a Jaime Gil de Biedma. A los dos les apasionaba la voz seca y  de Juliette Greco, la musa del existencialismo que se ha marchado antes de que nos adentráramos en este otoño pardo de confinamiento y rebrote.

¿Qué hay detrás de la letra de Prévert y de la música de Kozma que ha atrapado a más de cuatrocientos intérpretes de todos los estilos, ritmos, o idiomas durante medio siglo? El iconoclasta Serge Gainsbourg trató de explicarlo en La chanson de Prévert, uno de los pocos ejemplos de una canción que habla de una canción: las hojas muertas nunca terminan de morir. 

Como los amores muertos.

NUEVOS TIEMPOS