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14/05/2021 18:35 CEST | Actualizado 14/05/2021 18:35 CEST

Esta entrevista huele muy pero que muy bien

Una conversación con Federico Kukso, autor de Odorama.

Alejandra López
Federico Kukso, autor de 'Odorama'.

Sí, la entrevista que leerá a continuación, más que pintar o sonar bien, huele bien. Para gustos, olores, que no colores. El periodista científico Feredico Kukso ha publicado Odorama (Taurus, 2021), una historia sensual de los sentidos, o mejor dicho, de un sentido: el olfato.

Kukso nos habla de los aromas y pestilencias que percibimos. ¿A qué olían los dinosaurios? ¿Y las nubes, como decía un conocido anuncio? ¿Cómo olían los romanos? En suma, y parafraseando a Descartes: Olfacio ergo cogito [huelo, luego pienso]. Reseñar un libro como Odorama es harto difícil porque contiene infinidad de reflexiones nasales y anécdotas olfativas. Lo que sí podemos hacer es entrevistar a su autor y captar el aroma de su fragante obra:

PREGUNTA: El historiador Alain Corbin escribió: “La cultura occidental se funda en un vasto proyecto de desodorización”. ¿Qué ha causado esta extinción masiva de los olores? ¿Somos, una vez más, los culpables?

RESPUESTA: Sí y no. Podríamos culpar a nuestras narices. Se trata de una desodorización física y mental. A lo largo de los siglos nuestra tolerancia y sensibilidad respecto a los malos olores ha mutado. Cada cultura y cada época tiene su propia osmología, es decir, diversas maneras de concebir y vincularse con el mundo a través de sus olores. Para nuestras narices, caminar por las callejuelas estrechas de Roma o de la Edad Media con montañas de desperdicios y agua podrida arrojada desde las ventanas sería una experiencia insoportable. Para los habitantes de aquella época, sin embargo, así era la vida. No conocían otra realidad y se adaptaban a esa situación.

Lo cierto es que a partir de los siglos XVIII y XIX se advierte un cambio radical, una revolución sensorial. Con los avances científicos, cambios en los hábitos higiénicos y transformaciones urbanas como la democratización del agua potable, la desodorización del cuerpo y de las ciudades empezó a instalarse como un mandato social, como condición fundamental para el progreso. Quien se apartaba de esa norma se volvía inmediatamente sospechoso. Somos descendientes de esas transformaciones.

En la actualidad, decir “hay olor” significa “hay mal olor”. La palabra olor tiene una carga negativa. Y el ideal moderno es la ausencia de olor: espacios parecidos a los aeropuertos, asépticos, neutros, sin amenazas odoríferas.  

P: ¿De veras podemos percibir miles y miles de olores? Si yo apenas distingo con claridad unos pocos…

R: Quizás debería hacerse ver por un especialista… el número exacto de olores que los seres humanos podemos detectar está en constante discusión. En 1927, un estudio decía que podíamos registrar unos diez mil, pero investigaciones recientes indican que eso sería solo una fracción: podríamos detectar más de un billón de moléculas olorosas diferentes.

Eso sí, no tenemos la idea de la cantidad de olores que hay allí afuera. Animales como perros, ratas y elefantes tienen un olfato más potente y huelen lo que nosotros somos incapaces de oler. Tampoco sabemos la cantidad de olores que ha habido desde el comienzo del universo. Como las especies, los olores también se extinguen. Ni hablar de los olores que aún no hemos descubierto...

P: ¿Tenemos prejuicios olfativos?

R: La olfación, es decir, el acto de oler, tiene una dimensión tanto biológica como cultural. Históricamente, nos hemos diferenciado de “los otros” (otros individuos, otras culturas, otras naciones) a partir del olor. Hemos trazado fronteras imaginarias que nos distinguen y separan. Todos tenemos prejuicios olfativos, aunque no lo sepamos.

El escritor George Orwell, por ejemplo, denunció los prejuicios de clase de la sociedad británica, aquel “hedor del pueblo” alguna vez también retratado por Honoré de Balzac. Cada época y lugar está cargado de prejuicios olfativos.  Thomas Jefferson denunciaba que los afroamericanos tenían un “olor muy fuerte y desagradable”. En el siglo XVI, lo primero que detectaron los japoneses en su contacto con los extranjeros fue su sofocante olor a queso y a leche podrida. Y el discurso nazi está lleno de referencias al foetor judaicus (olor a judío), pilar del antisemitismo durante siglos y justificación moral para encerrarlos en guetos y, eventualmente, exterminarlos.

P: ¿Podemos considerar a la perfumista Tapputi la primera química?

R: Es la primera de la que se tenga registro. ¡Hay tanto de nuestro pasado que nunca sabremos! Unas pequeñas tablillas con escritura cuneiforme de la antigua Babilonia de alrededor del año 1200 a.C. nos cuentan de la importancia de una mujer llamada Tapputi-Belatekallim, que vivió en lo que hoy es Irak y era perfumista en una época en la que las sustancias perfumadas más que amplificadores de la vanidad y del placer como son los perfumes actuales eran ingredientes fundamentales de tratamientos médicos, ceremonias políticas y rituales religiosos.

P: ¿Que las panteras huelen bien es verdad o un mito creado por Aristóteles?

R: No he tenido la oportunidad o placer de oler una pantera. ¿Y usted? En una de las obras atribuidas a Aristóteles llamada Los Problemas, el pensador griego se pregunta: “¿Por qué ningún animal huele bien excepto la pantera (esta huele bien incluso a los mismos animales, pues dicen que a los animales les resulta agradable olerla), pero muertas también huelen mal?”. Curiosamente, en los bestiarios medievales, se describe a la pantera como un animal de aliento dulce que atrae a todas las demás bestias. Es una representación simbólica de Cristo. “En el bestiario anglosajón del Código de Exeter, la Pantera es un animal solitario y suave, de melodiosa voz y aliento fragante”. Así lo recuerda Jorge Luis Borges en su fabuloso Manual de Zoología Fantástica. Se lo recomiendo.

P: Dedica una parte a hablar de los olores de otros planetas o satélites. ¿Qué bajón, no? Tener conocimiento del olor a huevos podridos de Venus y no poder estar ahí…

R: No es un olor que quiera disfrutar mucho, la verdad. Solemos embriagarnos tanto con las imágenes que nos mandan los telescopios espaciales o las sondas y robots enviados a otros mundos que nos olvidamos que el universo está lleno de olores. Los astroquímicos, es decir los científicos que estudian los elementos químicos que viajan por el espacio, por ejemplo, aseguran que si pudiéramos asomar la nariz en la atmósfera marciana oleríamos un olor similar al de la sangre debido a la abundancia de óxido de hierro en su superficie. En las nubes de Urano, un equipo de la NASA detectó moléculas de sulfuro de hidrógeno (presente en alcantarillas, pantanos y flatulencias), también detectadas en cometas como el Halley, el Austin y el 67P/Churyumov-Gerasimenko, en el que aterrizó en 2014 el módulo Philae de la sonda europea Rosetta. 

P: Kant degradó el sentido del olfato. ¿Algún filósofo que lo elogiase como se merece? Mejor no le pregunto por psicólogos porque Freud empeoró si cabe la valoración de Kant…

R: No abundan. La filosofía occidental suele ser oculocentrista. Uno que sí valoró el sentido del olfato fue el francés Maurice Merleau-Ponty, quien hablaba de la “percepción sinestésica”, la imposibilidad de separar la audición de la vista, el olfato y el tacto. Jean Paul Sartre escribió también: “Cuando olemos otro cuerpo, lo poseemos al instante, como si fuera su sustancia más secreta, su propia naturaleza”.

P: Así que “puta” tiene la raíz indoeuropea “pu”, que significa pudrirse. ¿El olor genital es un tabú todavía?

R: No solo los olores genitales. El olor del cuerpo en Occidente es un gran tabú. Lo llamo el “aroma de la vergüenza”, olores que la sociedad nos condiciona a ocultar, tapar, erradicar. La función de los antitranspirantes es justamente esa: “protegernos” contra la “amenaza” del olor (según repiten en las publicidades). Toda una industria se ha erigido para aniquilar los olores naturales propios de nuestras axilas, bocas, ingles, pies: antitranspirantes, desodorantes vaginales, jabones, enjuagues bucales. Lo interesante es que el olor corporal, como dice el antropólogo David Le Breton, nos individualiza como las huellas digitales. Cada persona tiene un olor único, un pasaporte odorífero en el que influyen no solo lo que comemos, nuestros hábitos higiénicos sino también nuestra genética.

P: Esto es un poco escatológico, pero usted habla en su libro hasta de la Batalla de pedos, así que me lanzo a hacerle la pregunta: ¿tiene sentido que las personas disfruten de la fragancia de sus propios pedos o es para hacérselo mirar?

R: Usted se refiere a un rollo japonés del siglo XVII llamado He-Gassen con comiquísimas escenas de individuos arrojándose flatulencias entre sí. No sé si hay un disfrute. Cada persona reconoce su propia sinfonía de olores. En la novela Ulises, de James Joyce, el personaje Leopold Bloom siente comodidad ante los olores propios: no puede evitar deleitarse ante el aroma de sus propias heces mientras lee el diario en el baño.

P: ¿Hay olores que colocan? Soy de esas personas que disfrutan con el olor de la gasolina.

R: En la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, para evitar desmayarse ante la pestilencia cotidiana del río Támesis, muchas mujeres llevaban un vial de sales olfativas para oler cada vez que se sentían débiles. Se aconsejaba a los policías llevar frascos para revivirlas. A estas sustancias (carbonato de amonio), Plinio el Viejo las llamó Hammoniacus sal. Su aroma inundaba los talleres de los alquimistas medievales del siglo XIII. Hoy se sabe que oler estas sales desencadena una inhalación reflejo que revierte un desmayo y mantiene los sentidos alerta.

P: Ya para terminar, ¿qué olor crees que encaja bien con el periodismo? Seamos honestos: hay medios de comunicación bienolientes y los hay putrefactos.

R: Yo empecé mi carrera en un tiempo en el que lamentablemente aún se permitía fumar en las redacciones argentinas. Pero si bien desde hace tiempo hay una gran mudanza a lo digital, para mí el periodismo siempre va a oler a tinta, a papel y a nuevo.