Estamos destrozando a los niños

Esta generación de la pandemia un día nos podrá mirar a la cara y decirnos que fuimos unos miserables.

Voy a un gimnasio en el que no llevo mascarilla, pero mis hijos Hugo (11) y Martina (7) tienen que llevarla en sus clases de baloncesto y gimnasia rítmica. Cuando voy a un bar puedo quitármela para tomar algo. A ellos le han cerrado los parques de bolas y los normales no aguantarán mucho abiertos. Puedo viajar por trabajo o haciendo una trampa a otro sitio pero a ellos les han cancelado los campamentos scout y saben ya que no tendrán viaje de estudios.

A la distancia de un metro y medio decenas de niños esperan en la calle a las 9 de la mañana. Hablo allí con Mari Carmen, directora del colegio María Maroto de Murcia al que van mis hijos. Es uno de esos centros ejemplares que han conseguido que los niños entiendan la situación como no hemos sido capaces de entenderla los adultos. Forman con mascarillas que no se van a quitar ya hasta que salgan del comedor, donde se sientan siempre en equipos predeterminados. Nosotros nos las quitamos en nuestros despachos cuando no hay nadie. Ellos salen de clase con la cara irritada. No se la quitan ni un. segundo.

En este colegio solo recuerdo un contagio, en mi pandilla van ya tres. En el colegio hay 470 niños. En mi pandilla seremos unos 20. En el colegio los niños juegan separados porque les han dicho que tiene que ser así y nunca ninguno se ha quejado. En mi pandilla las conversaciones de chat incluyen a cuatro o cinco que dicen que les están robando la libertad imponiéndole la mascarilla, dos de ellos incluso salieron a manifestarse en un coche con una bandera y el “Que viva España” de Manolo Escobar a todo trapo.

“Miles de niños han visto llorar a sus padres, han sufrido sus malos humores o sus desvelos, algo que en muchos casos no hubiera ocurrido.”

Los niños lo están haciendo ejemplarmente bien y no transmiten el virus gracias a su esfuerzo, disciplina y generosidad mientras nosotros hemos sido unos irresponsables. Nosotros hemos convertido el virus en un amenaza contra la vida y la economía... ¿por qué los estamos castigando a ellos?

Esta generación será totalmente distinta a las anteriores. Son víctimas de una especie de guerra silenciosa que los encerró en casa durante meses y los ha sometido a un cambio radical en su forma de vida. No hablo de modificaciones de conducta, hablo de una forma distinta de vivir para personas que están construyendo su manera de ser. En ese sentido ellos son víctimas nuestras, de los padres, antes que de nadie. Se ha escrito mucho sobre las diferencias socioeconómicas. Es un hecho cruel que llevará a cientos de miles de niños a una diferencia formativa porque sus padres no manejan herramientas digitales o, simplemente, porque no pueden pagarlas. Es la economía, estúpido, pero también la forma de ser de cada padre o madre. Este será el factor que de forma más dolorosa marcará un escalón entre los niños de la pandemia. Intentaré explicarme.

Los hijos no son del todo como los padres, afortunadamente en muchos casos. Les damos lo mejor que tenemos pero no todos tenemos cosas buenas que dar o no sabemos transmitirlas, pero es que no es del todo nuestra obligación. Si en una casa se escucha música y se ve cine hay probabilidades de que los niños tomen el gusto por ese tipo de cosas, igual que en una casa en que se lee los niños leerán. No todo el mundo tiene esas inquietudes pero el colegio y la normalidad de la vida con los demás ha llevado siempre a muchos niños que crecían en casas sin posibilidades culturales a profundizar en el conocimiento. Nosotros les damos educación, el colegio les da formación y entre todos les generamos las inquietudes culturales. Si el colegio ha desaparecido durante algún tiempo (y podría desaparecer otra vez), los amigos están aislados y nosotros no tenemos inquietudes a ellos les costará mucho más adquirirlas. Es cruel pero es así. El tiempo perdido dejará un escalón.

“Esta generación de la pandemia un día nos podrá mirar a la cara y decirnos que fuimos unos miserables.”

Por otra parte ellos son siempre víctimas de nuestra estabilidad o inestabilidad emocional. Estos meses hemos sufrido mucho, especialmente los empleados más precarios. Los niños han estado con nosotros y no siempre les hemos podido ocultar nuestros miedos. Miles de niños han visto llorar a sus padres, han sufrido sus malos humores o sus desvelos, algo que en muchos casos no hubiera ocurrido. Los niños han madurado antes en algunos casos, pero en otros el proceso ha sido al revés, me refiero a los padres que han entregado a sus hijos a las máquinas, a la vida digital y a la distracción hiperestimuladora de los juegos. Muchos han considerado que esa era la forma de pasar el tiempo, tapar los dolores o, simplemente, sobrevivir, pero el daño está ahí. Esa estimulación en exceso hará a los críos más aislados en mundos tipo Matrix que miles llevaban ya tiempo creando.

Todo eso y mucho más hemos hecho con los niños, que son los que menos contagian, son los que de forma más clara han trabajado para la comunidad y por el bien de todos. La forma de pagarles su bondad ha sido tratarlos peor que a los perros, que sí podían salir a pasear cuando ellos veían desde sus ventanas cómo jugaban alegremente en los jardines y corrían con una libertad que a ellos les habíamos quitado. Todo sin la menor evidencia médica.

Esta generación de la pandemia un día nos podrá mirar a la cara y decirnos que fuimos unos miserables. Les diremos entonces que fueron los políticos y les tendremos que explicar que ellos fueron los perdedores porque no votaban. Eran, son, la parte más frágil, la que menos afecta al trabajo de nuestros políticos, los que no se quejan ni les retiran el voto del que viven. Así de triste. Ellos son los que menos contagian, los que mejor se han portado y a los que peor hemos tratado por la simple y miserable razón de que su queja no tiene efectos reales en los que gobiernan. Y nosotros lo hemos visto todo bien.

Vaya ejemplo somos.