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03/12/2019 04:56 CET | Actualizado 03/12/2019 04:56 CET

Esto pinta muy mal

Convertir en socios, siquiera sea por omisión, a los organizadores de la rebelión, tiene difícil acomodo.

Europa Press News via Getty Images
El presidente en funciones, Pedro Sánchez. 

Llevamos –los españoles– enredados en la madeja catalana desde el momento en que Artur Mas decidió apretar el acelerador del soberanismo para llegar a ninguna parte cuanto antes. 

Carles Puigdemont, con su efímera presidencia colapsada cuando quiso declarar unilateralmente la república regional catalana y engancharla al tren de los ‘grandes expresos europeos’, y tras la aplicación tardía y timorata por parte del Estado del famoso articulo 155 de la Constitución de 1978, se dio a la fuga en el maletero de un coche. Fue sucedido por la de un presidente títere, llamado con condescendencia presidente vicario, que acabó de liarla por su tic activista. 

Todo eso ocurría y sigue ocurriendo en el peor momento del mejor momento. Coincide con una coyuntura de grave debilidad del Estado, que no consigue superar la crisis del bloqueo. Con el Gobierno de Sánchez en funciones prorrogadas, sin que aparezcan señales de vida inteligente en los partidos políticos de izquierda o derecha de ámbito nacional, el PSOE, jugando al pierde con los independentistas catalanes. Aplica, con altas dosis de ‘ingenuinamicina’, la tantas veces fracasada estrategia de calmar el hambre de un tigre con una hamburguesa.

Por su parte, Ciudadanos, una nave desarbolada y en astillero, pero con daños muy severos en sus cuadernas, un proyecto nacido para el centro pero encallado en un derechismo caprichoso y soberbio, perdió la gran oportunidad de convertirse en bisagra para la investidura del candidato más votado, con un programa de Gobierno trabajosamente elaborado, y de camino hacerle un servicio a esa España que resultó ser un compendio de tópicos y folklores, y una inquina inexplicable .

Parece, en este contexto, que el Partido Popular busca una nueva oportunidad con unas terceras elecciones que conviertan el agua en vino, con un vademécum insuperable de tonterías y añagazas pueblerinas, faltas de todo sentido de Estado. ¿O está observando sin gastarse demasiado para en el último minuto dar un paso adelante con condiciones?

Podemos, cooptado por Sánchez, es tan poco de fiar como en sus mejores tiempos, y mientras habla de moderación y contención, sigue tonteando con declaraciones contra la monarquía parlamentaria, ‘agua de fuego’ como era el whisky adulterado que los conquistadores del far west le daban a los nativos; o con sus lenguas de doble filo recordándole a Sánchez la plurinacionalidad y la condición nacional de Cataluña; o a la ambigua Colau, echándole gasolina al incendio… ¿O es sólo una ‘amenaza’ sanchista, as en la manga, para meter miedo y provocar una reacción ‘patriótica’ del centro derecha, presionado para ello desde todos los flancos? 

Una de las obsesiones de ambos nacionalismos españoles (vasco y catalán) ha sido la de debilitar poco a poco la presencia del Estado en sus territorios.

Aquí nadie parece ni tener en cuenta la Constitución, ni aprender de la historia reciente. La clase política no ha aprobado ninguna de las asignaturas troncales. No ha aprendido ninguna lección. La CE78 ya define el carácter plural de la Nación Española: habla de que integra a ‘nacionalidades y regiones’. 

Igualmente, es importante la incapacidad de aprender del pasado: cuando las Cortes Constituyentes terminaron su trabajo y la Constitución fue sometida a referéndum, dirigentes nacionalistas catalanes de buena fe (esto es importante) consideraron que, por fin, ya se había solucionado el encaje de Cataluña en el Estado gracias a la Autonomía y a un Estatut que recuperaba oficialmente la Generalitat, ya repuesta por el acuerdo entre Suárez y Tarradellas, y la dotaba de mayor contenido que las precedentes. 

Fue un sueño, y los sueños sueños son, como decía Segismundo en La vida es sueño, de Calderón. A partir de ahí, cada paso que se ha dado hacía arriba, ha sido como un chuletón para un león. 

La historia reciente tras el fin de la dictadura demuestra que ni era verdad que ETA fuera una banda nacida para luchar contra el franquismo, porque su mayor actividad criminal fue precisamente contra la democracia, ni que los nacionalistas catalanes acaudillados por Jordi Pujol (qué tiempos) se iban a conformar con todo lo conseguido. 

Felipe González y José María Aznar creyeron que la fórmula integradora en la gobernación –negociar sus apoyos a la investiduras y a los presupuestos con sustanciosas contrapartidas económicas o políticas de calado– les iba a ir acercando al proyecto común. Además se contaba con que los nacionalismos irían disolviéndose como un azucarillo en el proceso de unidad europea.

El europeísmo era el bálsamo milagroso, la vacuna decisiva, para ahuyentar a los jinetes del Apocalipsis: nacionalismo, racismo, populismo, extremismos de derecha e izquierda… “Los nacionalismos –reflexionaba un político isleño en plena euforia europeísta– están condenados a desaparecer por anacrónicos. En su código de barras tienen fecha de caducidad”.

Convertir en socios, siquiera sea por omisión, a los organizadores de la rebelión, tiene difícil acomodo.

Al cabo de los años, la verdad es que la Unión Europea tiene serios problemas, y la resurrección del nacionalismo es uno de los más corrosivos y contaminantes. 

Una de las obsesiones de ambos nacionalismos españoles (vasco y catalán) ha sido la de debilitar poco a poco la presencia del Estado en sus territorios. Un Estado se mantiene sano como tal cuando llega a todos los rincones. Cuando vertebra a la totalidad de la nación, social y geográfica. La táctica, pues, ha consistido en ir sustituyendo progresivamente la presencia estatal a la menor oportunidad y con cualquier cínica disculpa. Son escalones que han ido subiendo uno a uno.

La aparición de los nuevos partidos (Ciudadanos, Podemos, Vox) no ha mejorado el funcionamiento de la democracia: el bloquismo es un mal presagio. Tampoco los pasos dados por Pedro Sánchez para buscar apoyos a su investidura, y los pasos dados por Pablo Casado y Albert Rivera para impedirlo. Rivera ha muerto como San Lorenzo: a la parilla, por los bandazos que tiraron por la borda el cargamento de ilusión liberal y centrista con unas gotas de socialdemocracia con que iniciaron la travesía.

El presidente en funciones ‘parece’ que ha elegido a los separatistas para partenaires en la investidura, junto con Pablo Iglesias, que ya va con aires vicepresidenciales. Pero negociar con alguien que está condenado y preso por sedición como Oriol Junqueras, líder de ERC, no parece compatible con la lógica más elemental. No cuadra. 

Convertir en socios, siquiera sea por omisión, a los organizadores de la rebelión que se activó con la Declaración Unilateral de Independencia (DUI), tiene difícil acomodo. Lo cual no significa que no se exploren caminos políticos por parte del Gobierno, pero no es sensato hacerlo con un Gobierno débil e inseguro, porque una cosa debería quedar clara, buenismos y arcangelismos aparte: los líderes y conglomerados separatistas no van a dar ningún paso atrás que no les asegure dos adelante. 

Es lo que han hecho hasta ahora. Y en el caso catalán hay un factor que no se puede dejar de lado: el arrastre al caos de la comunidades valenciana y balear, parte del fantasmagórico imperio de los Països Catalans. Claro que los nacionalistas vascos tienen su propio sueño, del que no les despierta ni la próstata: tragarse a Navarra.

La clave está en conseguir que los votantes sobrevenidos en los últimos diez años le retiren la confianza al frente nacionalista, si caen en la cuenta de que han sido víctimas de un sofisticado lavado cerebral al cloroformo; como estafados han sido los británicos que creyeron a los defensores del Brexit. 

La mejor alternativa: un acuerdo de abstención con el PP y Ciudadanos, con un programa para afrontar los tiempos difíciles que se avecinan.

Por esto la ‘cosa’ tiene mala pinta. ¿Unas terceras elecciones? Los políticos ya son el segundo problema para los españoles tras el paro, según el CIS y San Lucas si viviera. Al borde del precipicio, pues, y mientras el reloj corre, la mejor alternativa según el modelo europeo sigue siendo la que defienden cada vez más  intelectuales progresistas y liberales o parlamentarios constituyentes del PSOE y el PP en dos manifiestos consecutivos: un acuerdo de abstención con el PP y Ciudadanos, con un programa para afrontar los tiempos difíciles que se avecinan. 

Por cierto, bien harían Iglesias, Colau y compañía y otros estetas del izquierdismo apolillado en tomar nota de unas declaraciones de Evo Morales (uno de sus ídolos) a Ricard Ustrell, de TV3. Con respecto a una hipotética independencia de una región boliviana, el expresidente contestó: “¿Independencia? ¡Jamás! La diferente modalidad de la autonomía se respeta. (Pero) la independencia es división. ¿Qué país del mundo podría aceptar división?”.

Por las mismas fechas el embajador de Alemania en España Wolfgang Dold fue preguntado por una periodista del diario canario La Provincia sobre qué ocurriría si unos länder montaran un referéndum de autodeterminación. “Más o menos lo mismo que aquí”, fue la tajante respuesta.

En esas estamos. 

 

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