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09/05/2019 07:29 CEST | Actualizado 09/05/2019 09:30 CEST

Antes de que prenda la llama

Rawf8 via Getty Images

Todos los años, el jueves de la Ascensión, la sala de la Coronación del Ayuntamiento de Aquisgrán se viste de gala para otorgar el premio Carlomagno a una personalidad que haya contribuido de manera significativa a la unidad europea. Medio en broma medio en serio, pienso a veces que tan preciado galardón debería recaer algún día en David Cameron, quien paradójicamente, al haber provocado el triste culebrón del Brexit, ha sido uno de los principales responsables de que la Unión Europea esté logrando en estos últimos meses un grado de aceptación entre los ciudadanos que ya nadie recordaba.

Lo dicen las encuestas, el apoyo ciudadano va en aumento: casi siete de cada diez europeos piensa hoy que ser miembro de la UE ha beneficiado a su país. Una gran mayoría de ellos quiere además que la UE juegue un papel más relevante a la hora de hacer frente a los retos de hoy y de los próximos años, ya sean el cambio climático, el desempleo o la gestión de los flujos migratorios. Desafíos que son comunes y a los que no tendría sentido enfrentarse por separado.

Se da una especie de paradoja en la que los populismos existen, sí, y hacen mucho ruido, pero también vivimos una suerte de primavera europea: la gente no quiere renunciar a su pasaporte europeo y vemos como muchos de los que agitaban discursos prometiendo el paraíso una vez estuvieran fuera de la UE han tenido que adaptarse a la realidad: ya no hablan de marcharse sino de transformar la UE desde dentro. 

Las complicadas negociaciones del Brexit, a pesar de lo que algunos auguraban, han auspiciado una unidad de criterio y de acción en el seno de la UE que no se vivía desde hacía mucho tiempo y han puesto de manifiesto que fuera de la Unión la vida es más dura, que hay beneficios reales cuando formas parte del club y que fuera de él los derechos son menos y las ventajas, más escasas.

Pero no debemos confiarnos. El desafío del auge del populismo es real y supone una amenaza seria no solo para Europa, sino también para la democracia, pues ambos conceptos van de la mano. Cuando se ponen en duda los valores que nos unen se pone en duda un modelo que, a pesar de sus problemas, nos ha aportado el más largo periodo de paz, prosperidad y calidad democrática que ha conocido Europa.

Los populismos existen, sí, y hacen mucho ruido, pero también vivimos una suerte de primavera europea: la gente no quiere dejar la UE.

Hace unas semanas, Greta Thunberg, la joven activista sueca, pidió a los eurodiputados que ante el reto climático actuasen “como si su casa estuviese en llamas”. Pues bien, quizá es hora de actuar también como si Europa estuviese en llamas. Antes incluso de que prenda la chispa.

En un momento en el que son muchos los que elevan sus cantos de sirena clamando que cualquier tiempo pasado fue mejor y pidiendo volver a un sistema de estados-nación donde los desencuentros se resolvían por la ley del más fuerte, cuando no a tiros, y no haciendo política, quizá es hora de valorar lo que hemos construido en estos sesenta años de historia común.

Hoy, 9 de mayo de 2019, el contexto es, por suerte, muy diferente al de aquella Europa de posguerra en la que se empezó a forjar la idea de la integración europea. Sin embargo, el mundo sigue siendo muy complejo, y los retos, numerosos. En 2019 el discurso post-guerra queda lejos, sobre todo para las generaciones más jóvenes, pero es necesario que no olvidemos de dónde venimos y lo que hemos construido, porque no ha sido poco. 

Frente al pesimismo reciente y el constante foco en lo que no funciona, a veces hay que centrar la mirada y decir las cosas como son: en ninguna otra región del planeta ni en ningún otro momento de la historia sus habitantes han vivido mejor de lo que lo hemos hecho los europeos desde que se puso en marcha la UE. Nadie que se preocupe en serio del futuro de las próximas generaciones tiene derecho a tirar eso por la borda. 

En ninguna otra región del planeta ni en ningún otro momento de la historia sus habitantes han vivido mejor que los europeos desde que se puso en marcha la UE.

La UE es una potencia comercial de primer orden y el mayor donante de ayuda al desarrollo. Es garantía de paz en un mundo cada día más volátil, donde los equilibrios de poder están cambiando y las alianzas internacionales no son las mismas ni tan fiables como hace unas décadas. Ante los Estados Unidos de un Trump impredecible y los Putin y los Erdogan a este lado del Atlántico, ese paraguas común europeo se hace más necesario que nunca.

Dentro de quince días tendrán lugar las que serán seguramente las elecciones europeas más importantes de estos últimos 40 años. Nos jugamos nada más y nada menos que el modelo de Unión: una UE dotada para hacer frente a los retos del futuro o una Europa que eche el freno, languidezca y se repliegue ante los desafíos.

El filósofo alemán Jürgen Habermas apuntaba hace poco en una de sus acertadas reflexiones sobre la situación de Europa y la amenaza de los populismos que “el punto en el que no hay vuelta atrás no se ve hasta que es demasiado tarde”. Asegurémonos de que ese punto no es el 26 de mayo.

Sería una tragedia imperdonable que justo cuando la mayor parte de los ciudadanos europeos han entendido el valor añadido que supone pertenecer a una de las sociedades más avanzadas, justas y garantistas del mundo, se dejaran arrancar de las manos el instrumento que lo hace posible, ya fuese por desinformación, por desidia o, peor, por sucumbir a los cantos de sirena de quienes ante los problemas complejos del siglo XXI se limitan a recetar soluciones vacías y aparentemente simples, escondiéndose tras las promesas del pasado y tras identidades que ya no tienen mucho sentido en una Europa cada día más diversa.

Reaccionemos antes de que prenda la llama, tenemos una gran oportunidad el próximo 26 de mayo.

 

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