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09/08/2020 10:12 CEST | Actualizado 09/08/2020 10:12 CEST

Femenino y neutro

El uso mayoritario que lleva cinco siglos haciéndose en la lengua española del llamado “masculino genérico” en realidad es neutro.

itakdalee via Getty Images

I. Es obvio, el género gramatical que se usa para referirse indistintamente a varones y a mujeres, aquél que no tiene ningún tipo de marca específica, ha de dejar de llamarse “masculino”, ni siquiera “masculino genérico”, y ha de empezar a llamarse “neutro”. “Neutro” es el nombre que se corresponde con el uso que de hecho se da, y se lleva dando desde hace cinco siglos, a esta variante de género gramatical. La inmensa mayoría de las veces que los hablantes decimos “los niños”, “los de las últimas filas”, “los doscientos cuarenta fallecidos”, no nos referimos únicamente a los varones. La comunicación lleva funcionando sin equívocos quinientos años. Llamar a esas desinencias gramaticales “masculino” es incorrecto.

II. Ante el hecho de que el nombre del género gramatical no se corresponde con su uso, algunos proponen adaptar el uso al nombre, en vez de adaptar el nombre al uso. Tal es la fuerza de los nombres para atornillar nuestro pensamiento a los signos más que a la realidad. Como hemos estudiado en la escuela que al género gramatical de la palabra “trabajadores” se le llama “masculino” y al género gramatical de la palabra “trabajadoras” se le llama “femenino”, creemos que deberemos decir “trabajadores y trabajadoras” para referirnos a ambos sexos. Habrá que cambiar todos los usos que funcionan bien antes que cambiar la palabra que funciona mal para designarlos. Como si al notar que en el ascensor se asciende tanto como se desciende, se decidiera usarlo sólo para ascender, optando para descender por un segundo aparato, idéntico al primero, que llamáramos “descensor”.

El uso mayoritario que lleva cinco siglos haciéndose del llamado “masculino genérico” es neutro.

III. Todos los estudios filológicos, muchos de ellos realizados por autoras feministas, reconocen que el indoeuropeo en un principio carecía de marcas de género, y es a partir de la aparición diferenciada del género femenino que el uso previo neutro se limita a individuos varones y a grupos masculinos o mixtos. No se está usando el masculino para referirnos al neutro, se está usando el neutro para referirnos al masculino. Y esta distinción lo cambia todo.

En este sentido, la lengua española no invisibiliza a las mujeres, al revés, las destaca con un género gramatical diferenciado y propio. Pero lo hace como fruto del machismo de la sociedad en donde aparece, ya que tal realce es, en el fondo y en la forma, la marca de una anomalía, una rareza, una otredad frente a la obviedad masculina que se presupone y no es necesario marcar en el texto. La lucha por la igualdad entre mujeres y varones debería exigir que a aquéllas no se las marque en el texto, como de hecho no se marca a éstos. La lucha por la abolición del género también debería incluir a los géneros gramaticales.

IV. El refugio en el lenguaje como campo adolescente de revolución está experimentando un gran auge, especialmente por la expansión de posturas cándidas que entienden la realidad como una mera construcción social arbitraria, un juego lingüístico de voluntades y caprichos. En su posmodernismo, jurarán que cambiando el lenguaje se cambia el mundo, a pesar de que ningún estudio empírico que ha comparado sociedades cuyos idiomas tienen diferentes tipos de géneros gramaticales -el persa o el turco carecen de ellos, el español los tiene muy marcados, en el afaro es el femenino el que no se marca y el masculino el que sí- ha podido encontrar ninguna relación consistente entre tales gramáticas y el nivel de machismo de esas sociedades.

La lengua española no invisibiliza a las mujeres, al revés, las destaca con un género gramatical diferenciado y propio.

V. Necesitamos una sola palabra, una sólo, para referirnos a la vez a Irene Montero y Alberto Garzón. No puede ser que ante un toro y un caballo yo pueda decirle a un amigo “mira, dos mamíferos”, y ante Irene Montero y Alberto Garzón yo tenga que decirle a mi amigo “mira, una ministra y un ministro”. Intentar implantar esta brecha, este corte lingüístico en los usos cotidianos es conceptualmente un sinsentido y socialmente un drama si aspiramos a aumentar la igualdad, es decir, a reducir la distinción entre mujeres y varones. Y si a alguien se le está pasando por la cabeza la fórmula “ministre”, le rogaría que volviera a cursar la enseñanza primaria antes de terminar la lectura de este texto. Pero esta vez con profesores que le expliquen cómo se forman las lenguas y que le enseñen a amar la española.

VI. La RAE siempre ha acentuado que su labor no es tanto prescribir cómo ha de ser usado el idioma como recoger el uso que de hecho se da entre los hablantes. Pues bien, señores académicos, de hecho en español tenemos dos géneros gramaticales: femenino y neutro. El uso mayoritario que lleva cinco siglos haciéndose del llamado “masculino genérico” es neutro. Yo mismo hice una consulta a ustedes -a través de sus fantásticas redes sociales- preguntando por esta cuestión, y amablemente me contestaron que el motivo por el que se sigue llamando “masculino” al género neutro es que así se le ha llamado durante siglos y siglos. Quizá urge adaptar el nombre al uso -y explicarlo bien en las escuelas- antes de que ya sea tarde para frenar la disfuncional adaptación del uso al nombre.