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23/02/2018 12:16 CET | Actualizado 23/02/2018 12:16 CET

Forges, filósofo de lo cotidiano

EFE/J.L.Cereijido
Antonio Fraguas,

Cada mañana, con frío o con calor, la viñeta de Forges conseguía lo que no conseguía casi nadie: reconfortarnos. La realidad -siempre dura, siempre áspera, siempre imprevisible- se transformaba con ironía, sarcasmo, sabiduría, lucidez, crítica y un punto de acidez y otro punto de dulzura.

Sus viñetas, tan pegadas a la realidad más espantosa en ocasiones (de la dramática situación de los inmigrantes a ese machismo feroz que no cesa, por apuntar dos temas que, lamentablemente, están en nuestro paisaje cotidiano), no podían ofender a nadie con buen gusto y sentido del humor y del honor. Tan crítico era, sí, y tan delicado.

Hablaba claro de todo, con amplio conocimiento del ser humano, sin rozar nunca el mal gusto, la pedantería, la grosería o la mala educación

Hablaba claro de todo, con amplio conocimiento del ser humano, sin rozar nunca el mal gusto, la pedantería, la grosería o la mala educación. Con verdadero talento, no hace falta acercarse a esos terrenos. Como no es necesario gritar para que los demás nos escuchen. El juego consiste en estar atento. Y a Forges, como un filósofo de lo cotidiano, no se le escapaba una.

Forges era nuestra memoria, nuestra actualidad, nuestro reflejo. Para bien y para mal. Nuestras debilidades y nuestros miedos. Y todo lo absurdo que hay entre unas (debilidades) y otros (miedos). Sus posturas, incluso las más ácidas (¿las más necesarias?), nunca ofendían. Y no lo hacían porque todos sabíamos que tenía razón.

Nos pellizcaban, nos removían, nos hacían pensar y reflexionar. Porque de eso se trataba: de ver más allá del lugar donde alcanzaban nuestros cansados ojos o nuestra conciencia. Aunque su visión del mundo nos doliese en ocasiones, como duelen los defectos de aquellos a los que queremos, y sin embargo... Sin embargo, nos quitábamos el sombrero, cada mañana, con frío o con calor, o lo que hiciese falta, porque él, Forges, más que leernos la cartilla como esos maestros que aman de verdad su oficio se la leen a sus alumnos cuando corresponde, que también, lo que hacía era destapar delicadamente la caja de los truenos para que, indefectiblemente, le diésemos la razón. La que tenía, cada mañana.