Me hice una sesión de fotos desnuda para sorprender a mi pareja y fue un desastre

Después de la sesión de fotos, me sentí fatal, como si la fotógrafa y yo nos hubiéramos acostado en secreto.
MUSTAFAGULL VIA GETTY IMAGES

Mi pareja y yo llevábamos juntas unos pocos años cuando decidí contratar a una fotógrafa profesional para hacerme una sesión de fotos artísticas sin ropa como regalo de cumpleaños para ella.

Escogí una de las fotos y la amplié a tamaño póster: de frente y medio arrodillada, una pose en apariencia relajada pero difícil de mantener. El fondo es completamente negro. Tengo la cabeza de perfil y los labios entreabiertos como si fuera a soplar. Parece que salgo silbando o cantando. O buscando un beso.

Cuando Jen y yo nos mudamos juntas, enmarcamos la foto y la colgamos en nuestro diminuto dormitorio. Era una foto enorme a niveles absurdos y parecía que éramos tres personas en la habitación. Cada vez que el casero se pasaba por casa, descolgábamos el cuadro y hacíamos unas reparaciones con chicle y cinta aislante. El resto del tiempo, me pasé un año mirándome a mí misma, mañana y noche, como si fuera el reflejo de Dorian Gray, pero a la inversa: mi reflejo no cambiaba, aunque yo envejeciera, adelgazara y me hiciera más tatuajes.

Cuando nos volvimos a mudar, no quise volver a colgar el cuadro. Jen me dijo que me entendía y que mi comodidad era lo más importante. Rompí la foto a tiras y la tiré a la basura, por mucho que Jen insistió en que le encantaba y que no la rompiera. Pero yo no quería verla más. Era lo único que se me ocurría para mantener mi imagen bajo control.

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Creo en la necesidad del movimiento del positivismo corporal. Creo que todos los cuerpos son bonitos. A lo largo de mi vida me han gustado cuerpos de todas las formas y tamaños, con narices enormes, con cicatrices de acné, con muslos rechonchos, con asimetrías... Sin embargo, estoy en guerra con mi propio cuerpo, lo que implica que estoy en guerra conmigo misma.

Siempre he vivido con ese tira y afloja entre comer mucho y matarme de hambre, hacer ejercicio o pasármelo bien. Mi tripa, con sus capas blanditas de grasa, me pide que la espachurre. Me da miedo que crezca, que siga reclamando espacio más allá de los confines señalados por los botones y las cremalleras de mi ropa. Tengo que llevar siempre sujetador para que no se me desequilibre el torso. La celulitis que he tenido desde el instituto está siempre contenida dentro de mis medias negras junto con sus amigas las varices.

La fotógrafa a la que acudí fue una recomendación de una amiga de otra amiga. Nunca nos habíamos visto antes de la sesión de fotos. Era una mujer joven, con estilo y con un local hípster en San Francisco. Cuando llegué al local, estaba ahí su novio, un hombre atractivo. Yo estaba nerviosa y no conseguía relajarme. La presencia de este hombre tampoco ayudaba.

Me preguntó qué música quería oír de fondo, le dije lo primero que se me ocurrió y se marchó antes de que llegara la hora de desnudarme. Aun así, ya era tarde: estaba muy nerviosa y me costaba disimularlo, al igual que me había pasado en pistas de baile, en camas y en exámenes.

Si pudiera volver atrás, le habría pedido que pusiera algo de Nina Simone. Si pudiera volver atrás, le habría pedido al hombre que se fuera antes. Si pudiera volver atrás, no me habría hecho las fotos.

“No estaba preparada para ver esas fotografías. No ahí, en ese momento. No había forma de corregir mi cuerpo. Corregirme a mí”

Yo solo quería que estas fotos representaran cómo desearía sentirme con mi cuerpo, que es básicamente lo que mi pareja opina de mi cuerpo. Quería verme a través de los ojos de los demás. Quería empoderarme, no quería sentir vergüenza. Pero, en vez de eso, solo sentí incomodidad ante aquella situación y en mi cuerpo. La incomodidad de intentar fingir que todo estaba bien pese a que la fotógrafa, que nunca había hecho una sesión de fotos a una persona desnuda, me confesó sus propias inseguridades por su cuerpo. Mi desnudez la estaba incomodando. Sin quererlo, estaba analizando mis defectos y proyectándolos en su cuerpo.

Desnuda en el suelo de su estudio, intenté hacerla sentirse bien. Era muy atractiva, de verdad. Una mujer voluptuosa, joven y con curvas. Solo que ella estaba vestida y yo, desnuda. Las luces eran intensas y punzantes como un bisturí.

Veía cómo las fotos que me iba sacando se enviaban automáticamente a su portátil en la esquina de la sala, en un torrente incontrolable. Las fotos elegidas serían editadas con un fondo oscuro y sombras. En las originales, estoy expuesta y con un fondo completamente blanco. No estaba preparada para ver esas fotografías. No ahí, en ese momento. Empecé criticando mis poses. Me había hecho muchos selfis desnuda en mi vida, pero ya conocía mis ángulos para salir favorecida. El cuerpo que me mostraba la pantalla de su portátil era de un color blanco rosáceo contra un fondo sin ningún tipo de contexto. No había forma de corregir eso. No había forma de corregir mi cuerpo. Corregirme a mí.

Después de la sesión de fotos, me sentí fatal, como si la fotógrafa y yo nos hubiéramos acostado en secreto: me había visto desnuda, bajo unas luces intensas, y luego había dejado de responder a mis correos. Lo siento, estaba fuera de la ciudad, me respondió un tiempo después la fotógrafa, que al parecer no sabía configurar el autorrespondedor del correo. Al final, me envió las pruebas del pecado. La mayoría de las fotos no me convencían. Los pechos se me veían planos y flácidos. La tripa me sobresalía mucho. Yo me creía más delgada. Conseguí enterrar mis dudas y mi incomodidad y les enseñé las mejores fotos a mis amigas para elegir una. No me importa, estoy orgullosa, intenté convencerme a mí y a todo el mundo.

Y luego llegó el gran momento. Jen, mi pareja, mi futura esposa, se quedó sin palabras. Jamás había imaginado que iba a regalarle algo así por su cumpleaños. Dijo que le encantaba (evidentemente no iba a decir que no le gustaba mi cuerpo) y me preguntó si me parecía bien colgarlo en la pared. En ese momento pensé que no habría ningún problema, pese a que ya entonces me daba cuenta de que la foto y el marco eran ridículamente grandes. Yo era demasiado grande. Analicé de nuevo mi tripa y mis pechos perdiendo la batalla contra la gravedad. ”Es increíble”, me dijo mi pareja. “Estás increíble”.

″¿Qué he hecho?”, pensé.

“Supuestamente tenía que ser la expresión definitiva del amor propio, pero solo sirvió para exponer y agravar mi inseguridad”

¿Quién controla tu cuerpo? ¿Quién define tu salud y tu sexo? ¿Quién tiene derecho a acceder a tu cuerpo? ¿Quién tiene derecho a ver imágenes de tu cuerpo? Bueno, en realidad es solo carne. Pero también eres tú. Tú eres carne.

El cuerpo es sagrado, pero también es parte del día a día. Las pantallas están llenas de cuerpos. Los cuerpos no son nada de lo que avergonzarse, pero a la vez, son el origen de todas las vergüenzas. Todo el mundo tiene un cuerpo y, al mismo tiempo, quien ve tu cuerpo tiene cierto poder sobre ti.

Soy incapaz de aplicarme el cuento de la positividad corporal. Las lesiones que soporta el cuerpo, tanto las emocionales como las físicas, no desaparecen al hacerte una foto. Solo puedo empoderarme a mí misma si me siento previamente empoderada.

La experiencia de que me hagan fotos desnuda y luego colgar una de las fotos en la pared, congelada en el tiempo, supuestamente tenía que ser la expresión definitiva del amor propio, pero solo sirvió para exponer y agravar mi inseguridad.

Actualmente estoy más en forma que nunca, pese a la pandemia, o quizás gracias a la pandemia. Estoy más fuerte y me siento orgullosa de mi fuerza. Mis muslos ahora son puro músculo y mis glúteos ahora son redondos y densos. Y, aun así, me sigo mirando en el espejo con una mezcla de esperanza y desesperación. “Eres preciosa, eres muy atractiva, estás muy en forma”, me dice Jen, y no sé qué responderle. Me gustaría creérmelo cuando me lo dice. Al mismo tiempo, quiero que me dé igual si es verdad o no. Simplemente quiero vivir en mi cuerpo y que el orgullo que siento en otras facetas de mi vida se extienda a todas las demás, incluido mi cuerpo. Sigo preguntándome a quién ve Jen cuando me mira. Me pregunto si yo también llegaré a ver así a la mujer que vive en mi cuerpo.

En realidad no es verdad que no quiera volver a hacerme otra sesión de fotos desnuda, pero, si lo hago, será con una fotógrafa en la que confíe personal y profesionalmente, alguien a quien yo misma haya elegido, que ya haya hecho esta clase de fotos y que tenga más habilidad con las cámaras analógicas. Y quizás al aire libre, en un campo. Imprimiría las fotos en un tamaño muy pequeño, como los cuadros de Frida Kahlo, tan pequeñas que las colgaría por toda la casa y habría que verlas muy de cerca para saber que es un cuerpo desnudo, y aún más de cerca para descubrir que es mi cuerpo. Me habré hecho más pequeña, pero también me habré convertido en arte.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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