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08/02/2021 07:16 CET | Actualizado 08/02/2021 07:16 CET

Furiosa hasta el fuego: los placeres del disgusto femenino

Para la mujer el límite entre lo que se puede y debe sentir parece ser una herencia cultural restringida.

Vaselena via Getty Images

Cuando era niña, a una de mis maestras le preocupaba muchísimo que me disgustara con enorme facilidad. Insistía siempre que podía en que “la rabia no era una emoción bonita” y que lo más “educado” que podía hacer era contenerme. Cuando le preguntaba por qué motivo debía reprimir una emoción que me parecía tan válida como cualquier otra, invariablemente me respondía lo mismo: “Una mujer decente no se disgusta en público”. Nunca entendí muy bien qué quería decirme o qué consideraba era una mujer decente. Con el tiempo decidí que tal vez yo no lo era, o no lo sería en un futuro próximo.

Provengo de una familia de mujeres que se disgustan, que gritan y que cuando la ocasión lo amerite  — y en algunas en que no —  dicen groserías a gritos. Que asumen la ira como una idea natural, que se encolerizan  — y lo demuestran —  con la misma naturalidad que la risa o el llanto. En mi casa, disgustarse estaba bien, era admisible sano y espontáneo. Enfurecerse, era la manera más rápida de demostrar frustración o descontento. En otras palabras, me educaron para considerar la cólera como una emoción, no como un tabú y mucho menos, algo que debiera esconder o disimular.

Pero en la sociedad donde crecí, que una mujer se disguste nunca parece ser aceptable. Desde la maestra de rostro borroso en mis primeros años de colegio hasta amigas y conocidas que se sorprenden por lo que llaman “mi impulsividad”; el disgusto, la cólera y la ira, parecen formar parte de esa serie de sentimientos que se consideran vergonzosos, incluso directamente inadecuados para una mujer. En más de una ocasión me han llamado “malcriada” por disgustarme de manera muy visible y física con frecuencia, ese rasgo de carácter mío se considera una debilidad. Sin embargo, continuó expresando la cólera de la manera más sincera que puedo, quizás por mero instinto o por esa sensación que la Ira, es de hecho, una metáfora tan válida como cualquier otra de mi identidad. Eso, a pesar que Venezuela es un país caribeño que se precia de serlo y que celebra las emociones como parte de su “idiosincrasia”. Pero para la mujer el límite entre lo que se puede y debe sentir parece ser una herencia cultural restringida y sobre todo, directa consecuencia de lo que se considera su rol social.

Y es que la ira, el mal humor y todo ese espectro de emociones no tan agradables, parecen estar sometidas a ese incómodo escrutinio público que las señala como poco menos que “inadecuadas”. En una sociedad donde hasta hace menos de cincuenta años se recomendaba a la mujer “su mejor sonrisa” incluso en las situaciones más duras y dolorosas, la cólera parece ser un elemento que no encaja muy bien en esa imagen idílica y etérea de lo femenino. Porque una mujer que se disgusta parece romper con ese estereotipo tan tradicional de la dulzura y la amabilidad femenina. Esa concepción de la mujer como una criatura que debe controlar como se expresa y sobre todo, mirarse así misma a través de cierto comedimiento emocional. 

Enfurecerse fue el primer paso para lograr un tipo de libertad que siempre había deseado y que jamás había logrado alcanzar.

Charlotte Perkins era una madre norteamericana que en el año 1880 sufrió una gravisíma crisis de nervios. Debido a eso, su familia le hizo consultar con el doctor Mitchell, por entonces el especialista más célebre de EEUU en lo que se solía llamar “histeria femenina”. Cuando le preguntó qué suponía que le había provocado el violento ataque emocional, Charlotte le explicó que todo había comenzado luego de los primeros años de casada. “Callarme lo que quiero decir, lo que necesito decir, me hace más daño que un cuchillo”, le respondió. El doctor Mitchell juzgó su caso como “una severa forma de neurosis femenina”.

El libro Por su propio bien, de Ehrenreich y English, describe con sumo detalle el tratamiento de que Mitchell recomendó a una confusa y angustiada Charlotte Perkins: “Lleve una vida lo más hogareña posible, tenga a su hija con usted todo el tiempo, no preste atención a la ira. Cuando la sienta, trabaje. Cuando se disguste sonríe. Disimule la furia. No tenga más de dos horas de vida intelectual al día”. Durante meses, Charlotte intentó seguir el tratamiento y casi enloqueció, como lo cuenta con gran detalle en el libro: “Estuve peligrosamente cerca de perder la razón. La agonía mental se hizo tan insoportable que me sentaba con la mirada vacía, moviendo mi cabeza de un lado a otro”. Finalmente, Charlotte estalló: en una tranquila comida familiar, comenzó a gritar improperios y reclamos al marido, arrojó la cena al suelo, se permitió gritar hasta quedarse sin aliento. Meses después, divorciada y aún en plena recuperación mental, se mudó al otro lado del país con su hija, se hizo escritora, pionera del activismo feminista, publicó un libro contando su historia y se describió a sí misma como “libre”. Más adelante, admitiría que ser capaz de enfurecerse fue el primer paso para lograr un tipo de libertad que siempre había deseado y que jamás había logrado alcanzar.

La historia parece tener una visión sobre la mujer profundamente limitada. Desde la dócil costilla de Adán, hasta la mitológica mujer furiosa, parece haber una grieta entre lo que se concibe como necesario y evidente en la mujer y algo más. Y no obstante, pienso en ocasiones, la ira femenina es quizás uno de esos misterios imposibles de cuantificar, aplastado bajo la losa de la historia doméstica y distorsionado bajo la idea nebulosa del deber ser.