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21/01/2020 07:06 CET | Actualizado 23/01/2020 09:45 CET

Garzón, Montero y la ruleta de los morfemas

Por primera vez en la historia una regla gramatical tiene como precepto su uso al tuntún.

Irene Montero y Alberto Garzón. 

Desde hace unos años, cuando doy a mis alumnos universitarios las indicaciones antes de iniciar el examen escrito, les comento que pueden elegir entre usar el lenguaje tradicional -en donde morfemas como “-o” y “-os” no tienen marca de género- y usar el lenguaje llamado “inclusivo” -en donde morfemas como “-o” y “-os” sí tienen marca de género masculino-.

Muchos alumnos sonríen aprobando mi tolerancia lingüística. Eso sí, aunque resulte obvio, les indico que aquéllos que elijan el lenguaje inclusivo deben saber que cada vez que usen las partículas marcadas con género masculino entenderé que se están refiriendo únicamente a varones.

Así, si escribieran “los psicólogos y las psicólogas muestran mayor satisfacción laboral que los médicos” asumiré que afirman que los profesionales de la psicología, con independencia de su sexo, muestran mayor satisfacción laboral que los profesionales de la medicina varones. En ese momento se borran todas las sonrisas y, hasta el día de hoy, ningún alumno ha elegido contestar el examen en lenguaje inclusivo.

No sé con qué tipo de lenguaje hubiera elegido contestar a mi examen Alberto Garzón. Este fin de semana, en vísperas del informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y la Constitución encargado por Carmen Calvo, el ministro de Consumo declaró que “a lo que la ministra de Educación se refería no es a que los hijos no sean de los padres biológicamente, sino a que los niños y las niñas pueden y deben aprender en el marco de la educación pública a amar a quien quieran, incluso aunque sus padres y sus madres sean homófobos”.

Nótese que el ministro comienza usando lenguaje tradicional -“los hijos no sean de los padres”-, en la oración subordinada cambia a lenguaje inclusivo -“los niños y las niñas”-, y en la oración subordinada de la subordinada mezcla los dos tipos en un aquelarre sintáctico -“sus padres y sus madres sean homófobos”-. Todas las posibilidades de la combinatoria caótica en sólo tres líneas.

La ministra de Igualdad, un par de días antes, hizo unas declaraciones que hace muy pocos años podrían haber sido el guion de un gag de José Mota, que la propia Irene Montero hubiera criticado por ridiculizar el uso del lenguaje inclusivo: “los hijos e hijas de padres o madres machistas tienen el mismo derecho que cualquier otro niño o cualquier otra niña a ser educados en libertad”. A pesar del celo que sin duda la ministra puso en su inquebrantable adhesión al lenguaje inclusivo, el “educados” final cometió el pecadillo de quitarle marca de género al morfema “-os”.

Se cogen los morfemas de género, se lanzan a una ruleta y se salpica azarosamente con ellos el discurso. Como caigan.

Y es que, en la práctica, el lenguaje inclusivo está suponiendo una verdadera revolución en el lenguaje, sí, pero no porque visibilice a las mujeres o porque sea el primer uso no machista de una lengua desde el neolítico, sino porque por primera vez en la historia una regla gramatical tiene como precepto su uso al tuntún. Eso sí que no había ocurrido nunca anteriormente.

Arbitrariedad, ésa es la única norma. Se lanza una moneda al aire que decida qué términos se van a desdoblar y cuáles no. A continuación, se cogen los morfemas de género, se lanzan a una ruleta y se salpica azarosamente con ellos el discurso. Como caigan. “Los niños y niñas están contentos con sus profesores”, vale. “Los niños están contentos y contentas con sus profesores y profesoras”, perfecto. “Los niños y las niñas están contentos y contentas con sus profesores”, genial. El sufijo “-o” tiene marca de género en las palabras pares y no la tiene en las palabras impares. Al fin y al cabo, la concordancia gramatical siempre ha estado sobrevalorada. ¿Se imagina lo divertidos que serían unos uso semejantes de los morfemas de número?

Y que nadie se preocupe por los problemas en la comunicación: el lenguaje inclusivo no añade ni quita información al texto, sino que funciona como un mero recurso estilístico, un timbre que, fingiendo hablar del contenido, habla del hablante. Ésa es su función, no la de evitar que las madres se sientan invisibilizadas en la expresión “padres homófobos”.

De hecho, el día en el que todos los hablantes dupliquen cada artículo, pronombre, sustantivo y adjetivo sin excepción, y hacerlo no indique nada acerca del hablante, el lenguaje inclusivo perderá todo sentido y aparecerán nuevas variantes políticamente hipercorrectas, defendidas por aquellos que son incapaces de no usar el lenguaje para demostrar que están muy por encima de la media moral de los mortales. A pesar de su caos sintáctico, todos entendemos perfectamente las declaraciones de Alberto Garzón, y su “añadido inclusivo” sólo hace que algunos simpaticen con la ética de la estética del ministro, y otros neguemos con la cabeza, incapaces de apreciar el sutil encanto de la arbitrariedad lingüística.

 

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