'Germen', 'Las uñas rojas' y 'Transformación': visibilización

Tres obras llenas de historias protagonizadas por componentes de la comunidad LGTBI+.
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Si hace no muchos años una de las principales reivindicaciones de la comunidad LGTBI+ era su visibilización, hoy es fácil encontrar este tipo de personajes en el teatro. Desde la sutil pareja homosexual de Timón y Pumba de El Rey León, apta para todos los públicos, hasta las tres obras que han sido recientemente estrenadas en Madrid. Germen de Laura Garmo en el Teatro Lagrada, Las uñas rojas de Emilio Gómez dirigida por Jacinto Bobo en Nave 73, las dos estrenadas en el Festival Surge Madrid, y Transformación de Paloma Pedrero en la Sala de la Princesa del Centro Dramático Nacional. Las tres llenas de historias protagonizadas por componentes de dicha comunidad, cuyas reacciones no difieren de las de otras personas que luchan por ser lo que son en un mundo que es hostil para todos, aunque mucho más hostil para unEs que para otrEs.

Transformación es la que va más al grano. Su objetivo claramente es visibilizar las historias de los transexuales hombres. Es decir, de aquellas personas que nacen con cuerpo de mujer pero que sienten y quieren vivir como hombres. Las dificultades a las que se enfrentan para dar el paso. Desde el rechazo social y familiar, hasta los propios miedos e inseguridades y la decisión clave de quitarse los pechos o no.

Historia estructurada y contada con la amabilidad de las películas de sobremesa que vienen del norte de Europa. En la que no hay ningún personaje malo en sí mismo. Sí con miedos e inseguridades que los llevan a hacer(se) daño, a lesionar y lesionarse sin quererlo. El que más, un abuelo con dificultades para moverse (¿metáfora de todos los inmovilistas que hay en la sociedad?), pero con armas para defenderse, de grito en el cielo y gatillo fácil, que siempre está fuera de escena, pero presente en la misma como una amenaza.

Una obra que recurre a tres actores que son hombres trans para protagonizarla. Condición que cuando comienza la representación parece que va a lastrar la obra por sus características interpretativas pero que Paloma Pedrero juega a favor de sus actores. Potenciando sus cualidades para contar la historia, quizás no de muchos, pero sí de unos cuantos, suficientes para ser escuchada, vista, entendida, pensada y aceptada, incluso, reída por momentos.

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Las uñas rojas no tiene como objetivo visibilizar la homosexualidad, aunque su personaje protagonista es marica (como se decía en su pueblo). Sí habla de la dificultad para serlo en un pueblo de una España. Un mundo que exigía, y posiblemente sigue exigiendo, interpretar un papel o, si no, someterse al insulto y al acoso de los otros. Fantástica esa escena en la que anima al público a insultarle, llamarle maricón, sarasa, julandrón y todos aquellos sinónimos vejatorios que se le pueda ocurrir al respetable. Momento catártico donde los haya en el que se descubre lo fácil que es esconderse en la masa, en las normas y las costumbres (bien razonadas y bien razonables), para insultar, vejar, señalar, incluso, apartarse y marginar.

Sin embargo, y a pesar de la escena anterior y otras sobre el rechazo, esta obra habla de la necesidad que tiene un actor de estar en el escenario. La necesidad de hacer, por ejemplo, Hamlet vestido de astronauta, como el protagonista de esta propuesta teatral. Y desde ahí preguntarse qué es interpretar(se), qué es el oficio de actor, para qué se somete a castings, a los caprichos de la dirección, a un texto, qué le llevó a ser lo que es. Un discurso lleno de chistes o humoradas, en su justa medida, que reirán con ganas todos aquellos aficionados que conozcan el mundillo teatral español y, más concretamente, el madrileño.

Las preguntas que se hace el personaje no son muy distintas a las que seguramente se hagan muchas personas sobre su profesión, y, por ende, sobre su vida. Sobre todo, si son profesiones vocacionales y liberales como esta, de personas no sujetas a una nómina. De dónde nace esa necesidad de seguir levantándose, continuar luchando por lo que quieren y les gusta, incluso en entornos de dificultad, y en la que cumplir años sin haber tenido ningún papel de relumbrón cuenta a la baja. Un entorno y una vida sobre la que ironizar, de los que reírse, con los que enfadarse y por los que luchar por la que Emilio Gómez, el autor y actor que la protagoniza, se bate el cobre en escena. Un trabajo con el que suda la camiseta y se lleva un largo aplauso y los corazones del público.

En Germen la normalización del personaje trans es completa. Realmente su transexualidad es un elemento más como la heterosexualidad del resto de los personajes para contar una historia. No se trata de visibilizar, sino de contar soledades construidas a base de ausencias. Y de cómo esas ausencias solo pueden ser llenadas por otros, pero no por cualquiera. Cualquiera no sirve.

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Es esa búsqueda desesperada de los ausentes la que Laura Garmo ha sabido poner en escena de una forma muy imaginativa y contemporánea. Una manera muy bien acompañada y llevada a cabo por un elenco de la obra al que da gusto verlos jugar en escena. Unos personajes llenos de vulnerabilidad para los que Laura crea situaciones y circunstancias en los que se pueden mostrar, desnudarse sin hacer porno emocional.

Es cierto que, los personajes viven circunstancias excepcionales, quizás demasiado trágicas, pero con los que resulta difícil no empatizar, reconocerse en sus anhelos, en su baile. Como esa pareja del público que viendo la obra se acurruca y se abraza, como esa parte de los espectadores que hacen amago de bailar cuando lo hacen los personajes. Los mismos que se congratulan de haber asistido. De haber visto algo que merece la pena verse.

Puede que la coincidencia de estas tres obras en la cartelera teatral madrileña sea un espejismo. Una anécdota. Pero también puede que no. Que las historias LGTBI+ hayan dejado de ser tan solo un ejemplo para las personas que pertenecen a dicho colectivo, la posibilidad de tener referentes en los escenarios. Puede que su relato tenga algo que contar y hacer sentir y pensar a todEs, porque son, simplemente, historias interesantemente humanas.